¿Sería posible salir todos los días un par de horas antes del trabajo? La buena noticia es que no sólo es posible sino que, además, es más rentable para las empresas.  La mala, que dejaría sin excusas a quienes en este nuevo año se han propuesto ir al gimnasio y aprender inglés, que de 2017 no pasa.

La ministra de Empleo, Fátima Báñez, sugirió la posibilidad de sellar un pacto nacional para la racionalización de horarios que, entre otras cosas, fije como hora de cierre para las empresas las seis de la tarde. Expertos y empresarios alegan, sin embargo, que sería como poner cercas al campo.

Hay otras formas de racionalizar los horarios. Pasan por organizarse mejor el tiempo, tanto las empresas como los trabajadores.

No faltan leyes, sobran reuniones

El primer paso es convencer a las empresas de que reduciendo las jornadas laborales, pueden ganar más dinero. Según un estudio del International Center for Work & Family de IESE, realizado entre 5.500 personas de 45 países, las empresas que facilitan la conciliación llegan a ser 10 puntos más productivas.

Que con mayor flexibilidad aumenta la productividad  lo demuestra el caso de Iberdrola. En la eléctrica del Ibex, hace una década, lo normal era que muchos de sus empleados trabajaran hasta las nueve de la noche. Al negociar el convenio, se hizo el estudio de qué pasaría si todos se fueran antes. Cuando introdujeron el horario flexible (de 7.15 a 15.30 horas, con un margen de hora y media de entrada y salida), “el cambio fue drástico”, explica Álvaro Murga, director de Recursos Humanos de Iberdrola España. Desde que cerca del 80% de sus 9.000 empleados tiene este horario, la productividad ha aumentado hasta un 19% más, hay un 43% menos de absentismo y, según la compañía, Iberdrola ha ahorrado 500.000 horas anuales de productividad.

Sin embargo, el caso de Iberdrola sigue siendo la excepción. A la jornada de trabajo en España le sobran horas y le falta flexibilidad. Comenzamos más tarde que la media europea –en torno a las 9.00 horas—y la mañana se alarga hasta las 14.00. Después de una parada para comer, que puede prolongarse hasta dos horas, continúa la jornada hasta las 19.00 horas. Poco tiempo de ocio le queda a un español de a pie después de trabajar, y mucho sueño al día siguiente si quiere acostarse tarde para ver en la televisión los programas de máxima audiencia en un prime time que ronda las 23.00 horas, el más tardío de la UE.

Los ladrones de tiempo

Una de las soluciones es aprovechar mejor la jornada luchando contra los ladrones de tiempo. Esto podría permitir adelantar la hora de cierre sin ley mediante.

“Los ladrones del tiempo nos tienen rodeados en el trabajo y eso evita que podamos salir antes”, afirma Nuria Chinchilla, profesora de IESE, miembro del consejo asesor de la reforma horaria del Gobierno de la Generalitat. “Nos atacan a diario por todas partes: por teléfono, email, en Whatsapp, las visitas del jefe cuando uno está concentrado o los colegas que interrumpen para invitarte a un café”. ¿Es en España el trabajo parte de nuestra vida social porque nos gusta relacionarnos con los colegas o porque salimos tan tarde que no queda espacio para tenerla fuera del trabajo?

No debemos caer, sin embargo, en la tentación de echarle siempre la culpa a los demás. En realidad, más allá de los factores externos, “los mayores ladrones del tiempo somos nosotros mismos, cometiendo errores como no tener las prioridades claras para seguir la agenda que te has marcado, siendo poco realistas al marcar objetivos y creyendo que llegas a todo con agendas que requerirían jornadas de 27 horas al día”.

También se pierde mucho el tiempo navegando en internet para usos privados, ya sea en páginas de entretenimiento o gestionando cuestiones familiares. “Es frecuente llamar al médico o hacer la compra online en horas de trabajo”, explica Begoña Puente profesora del Departamento de Dirección de Personas y Organizaciones de Esade. “Se dedica también mucho tiempo a hablar por hablar con los compañeros, alargando los momentos de fumar un cigarro, alargando llamadas de teléfonos… Y si hubiera una motivación para salir antes, se ahorrarían muchas de esas pérdidas de tiempo”.

La reunionitis y la multiplicación innecesaria de correos electrónicos son otros dos de los males más extendidos. Según Juan Carlos Cubeiro, consejero delegado de la consultora de liderazgo Right Management: “lo peor son los jefes tóxicos a los que les gusta que la gente esté hasta que se ellos se van. Esta cultura es la que hace que seamos uno de los países con más horas en la oficina y menos productivo”.

Según el III Informe de Adecco sobre presentismo laboral, el 97% de esas empresas reconoce que sus empleados dedican tiempo de trabajo a internet, email o redes sociales con fines personales. El 20% lo identifica en la mayoría de sus trabajadores o incluso en todos ellos. Las pausas para el café, los desayunos o los almuerzos y la entrada tardía en el puesto de trabajo son la segunda práctica más habitual en España de perder el tiempo en el trabajo.

Ahora la duda está en si perdemos mucho tiempo en el trabajo porque queremos, o si en realidad estamos mucho tiempo en la oficina porque perdemos demasiado el tiempo.

¿Y la ley?

El portavoz del Gobierno, Íñigo Méndez de Vigo, se sumaba a estas llamadas de los expertos: “Mucha gente dedica mucho tiempo a desayunar en el trabajo“, decía, al tiempo que sostenía también que la racionalización de los horarios funciona cuando es el jefe el primero que se va antes a casa. Y, sobre todo, en su papel de legislador, admitía que en estas cuestiones no puede haber imposiciones.

Y en efecto, las leyes poco o nada han hecho al respecto hasta ahora. Poco ha cambiado desde que en 2013 se creara una subcomisión de racionalización de los horarios  y conciliación en el Congreso de los Diputados. Nada se sabe de sus efectos cuatro años después. Aquella subcomisión concluía que “las normas laborales deben fomentar un cambio en el trabajo por resultados y en la organización laboral, con el fin de emplear más racionalmente el tiempo de trabajo”. Pero de poco sirve si no hay voluntad de las empresas de cambiarlo.

En primer lugar, el Estatuto de los Trabajadores no abordó en 1980 las cuestiones específicas relacionadas con la conciliación de la vida laboral y el tiempo libre. Cuando las últimas reformas laborales han introducido mayor flexibilidad, se ha hecho desde la perspectiva de la productividad, pero no pensando en facilitar más tiempo libre a los ciudadanos.

Tanto sindicatos como patronal reclaman para sí la decisión última sobre estas cuestiones en el ámbito de la negociación colectiva. Algo que depende, en todo caso, de las condiciones económicas en las que se encuentre la empresa y el equilibrio de fuerzas entre las partes.

Según Murga, en Iberdrola lo solucionaron negociando el convenio con voluntad de ceder desde ambas partes: “Todo lo que sea avanzar en conciliación es necesario para trabajadores y empresas. Hay turnos que no pueden tener esa jornada, así que les añadimos días de vacaciones para compensar. Siempre hay un modo si hay voluntad”.

Lo realmente útil para la racionalización de los horarios es que las empresas se convenzan de que les sale rentable organizar el trabajo de modo que sus trabajadores tengan más tiempo libre.

Cómo organizarse mejor el tiempo

El primer paso es cuantificar:  “Medir y trabajar sobre la manera de gestionar el tiempo para intentar organizarnos mejor, porque siempre hay margen de mejora”, dice Javier Blasco, director jurídico de Adecco, autor del Informe de presentismo y absentismo.

“La solución pasa por marcarse claros objetivos de trabajo al día, a la semana y al mes”, señala Puente. “Cuando uno tiene una lista de tareas concretas es más fácil organizarse y motivarse una vez que lo consigues”, añade Puente, que tiene un consejo para el último día de la semana: “Cada viernes, antes de terminar la jornada, hay que hacer una lista con las tareas que se han completado en la semana y otra con los asuntos pendientes para la semana que empieza el lunes. Eso ayuda a ser más productivo y, lo más importante, desconectas mejor el fin de semana para no tener el trabajo  rondando en la cabeza”.

Y está el caso de los trabajos en los que no tiene sentido imponer un horario de salida. La contrapartida es la flexibilidad.  Todas las recetas de los expertos pasan por aumentarla.  “Creo más en la flexibilidad que en las restricciones horarias”, apunta Blasco. “A lo mejor yo valoro tener dos horas a mediodía para ir a comer o ir al gimnasio. O prefiero salir antes, depende. Hay para quien tener pausas a menudo le ayuda a ser más productivo”, recalca.

Queda la duda de si damos en España más importancia a la vida social en el trabajo que en los países vecinos porque con estos horarios no tenemos tiempo de disfrutarla fuera.

En cualquier caso, es todavía esta libertad para decidir sobre los horarios laborales un bien escaso en las empresas españolas. Según Adecco, solamente el 34% de ellas ofrecen flexibilidad horaria a más del 25% de la plantilla. Las pymes son las que se llevan la peor parte. Otra recomendación es evitar generalizar. “Los jefes tienen que tener claro el estilo de trabajo de las personas, porque no a todo el mundo se le motiva igual”, afirma Puente.

No hay panacea legislativa para cuestiones como éstas, en todo caso espacios para el pacto entre empresas y trabajadores, sobre todo, aprendiendo a gestionar mejor el tiempo. ¿Tiene sentido que sea el Estado el que imponga los horarios? “Los cambios deberían partir de las direcciones de las empresas”, dice Puente.  “Lo triste es que como no sale de las empresas, sea el gobierno el que tiene que regular”, añade.

“Las empresas que creen que no se pueden permitir reducir horarios les recomiendo que lo prueben”, dice Murga, convencido del éxito de las flexibilidad tras el éxito en Iberdrola. “No se imaginan lo contenta que llega la gente y lo a gusto que trabaja. Tener una hora de margen para entrar a trabajar y otro tanto para elegir tu horario de salida te cambia la vida… evitas los atascos, llegas a casa antes para estar con la familia…”

Y también se puede aprovechar ese rato para ir al gimnasio o mejorar el inglés. Que de 2017 no pasa.