La noches anteriores al referéndum, Patrice Mathieu recuerda que Quebec se llenó de gente con banderitas canadienses que venían de todas las regiones en autobuses a pedirles que se quedaran. “Todo el mundo en la facultad hablaba de la independencia”, dice el quebequés, que entonces tenía 19 años y estudiaba en la Universidad de Montreal. Corría 1995.

“Mis compañeros de piso, mis amigos, todo el mundo apoyaba el “. En aquellos años, el apoyo a la independencia llegó a rondar el 65%. Ahora se ha desplomado a la mitad. Mathieu, 20 años más tarde, votaría no a la independencia. “Ya ni siquiera se habla de ello”, añade. ¿Qué sucede para que el independentismo de Quebec, en auge en los 90, haya pasado de moda? ¿Podría pasar en Cataluña?

El último referéndum de independencia en Quebec, que los independentistas catalanes suelen poner de ejemplo, fue hace 20 años y lo ganó el no por los pelos. Los separatistas perdieron por apenas 54.228 votos: un 50,58% dijo no y el 49,42% .

¿Por qué en Quebec el independentismo, en auge en los 90, ha pasado de moda? ¿Podría pasar en Cataluña?

A Lino Tremblay, que vive en Montreal y ahora tiene 46 años, perder en 1995 le partió el corazón. “Estaba convencido de que esta vez ganaríamos”. También tiene grabado en la memoria el primer referéndum, el de 1980, cuando tenía 10 años. “Recuerdo los carteles por la calle y la sensación de que se iba a cambiar el mundo y se iba a liberar el pueblo francófono de la opresión”, comenta. “Con el no llegó una profunda decepción”.

En 1995, Tremblay votó a favor. Es analista financiero, y aunque reconoce los riesgos económicos que supondría una eventual independencia, “volvería a votar a favor porque tengo el corazón quebequés”. Su sentir ha pasado a ser minoritario. El apoyo a la independencia no ha dejado de caer desde que Tremblay estaba en la facultad. Los que menos la apoyan son, precisamente, los estudiantes menores de 25 años. “Lo ven como una reivindicación anacrónica”, se lamenta.

¿Palo o zanahoria?

La clave del descenso al apoyo soberanista hay que buscarla en una curiosa combinación de diálogo y mano dura por parte del Gobierno de Otawa. En 1995, los federalistas organizaron el conocido como meeting d’amour para que miles de canadienses de todas las regiones viajaran a Montreal a hacer campaña por las calles por el . Tanto empresas como el Gobierno financiaron viajes gratuitos a tres días del referéndum para decirle a los quebequeses aquello de “Ne me quitte pas” (No me dejes) que cantaba Jacques Brel.

“El Gobierno Federal seguía la estrategia del reconocimiento y del amor, del we love you“, explica Simon Langlois, profesor emérito de Sociología de la Universidad de Laval (Quebec), que lleva más de 40 años estudiando este movimiento. “Tras el referéndum, Otawa cambió de postura y adoptó un gesto más duro”.

En 1998, Canadá adoptó la llamada Ley de la Claridad. Ésta exige que, si se repite el referéndum (algo que no se ha vuelto a proponer desde entonces), la pregunta sea muy clara (nada de soberanía asociada, o dentro o fuera) y haya una mayoría neta. Hasta entonces los nacionalistas siempre habían planteado la pregunta con una conexión ambigua con el Estado central. “Y las encuestas muestran claramente que, cuanto más clara es la pregunta sobre una escisión pura y dura, menos apoyo recibe”, explica Langlois.

La Ley de la Claridad exige que si hay otro referéndum la pregunta sea clara: o dentro, o fuera

“Una vez que esto fue regulado, acabó con la munición política de los independentistas que decían que no eran libres para decidir sobre su futuro”, afirma Alain G. Gagnon, titular de la Cátedra de Investigación de Canadá en Estudios Quebequenses y catedrático del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Quebec en Montreal. “La Ley de la Claridad acabó con ese argumento porque la Constitución canadiense se dejó de ver como una chaqueta metálica que constreñía su identidad. Después, se siguió avanzando poco a poco en nuevas políticas públicas, negociando entre Gobierno central y regional”.

La estrategia de negociación más agresiva se parece a lo que está haciendo ahora la UE con el Brexit. Busca poner en evidencia las pérdidas económicas que tendría que afrontar la población. “El tono más duro ha tenido más efecto porque ha disuadido a importantes partes de la población”, opina Langlois.

No sólo hubo palo. La zanahoria se la dio el anterior Gobierno conservador de Stephen Harper reconociendo la nación de Quebec con el término de “sociedad distinta”. “Fue un gesto simbólico importante”, dice Langlois.

El tono más duro ha disuadido a importantes partes de la población, pero también los gestos simbólicos con los nacionalistas

El Gobierno regional dispone de la mitad de los impuestos que recauda y tiene todo el poder para controlar la cultura y la educación. También su propio fondo de pensiones. “El independentismo ha perdido fuerza, en parte, porque ha sido víctima de su éxito: una vez que han logrado la mayoría de las reivindicaciones, dejó de tener sentido pedir la escisión”, dice Langlois.

En los años 60, los abuelos de los jóvenes que ahora se sienten ajenos a este movimiento independentista reivindicaban que el francés fuera oficial en las instituciones. Ahora está tan asentado que los estudiantes ya no consideran una amenaza el inglés, sino una lengua funcional. Tampoco sería imaginable un primer ministro que no sea bilingüe.

“La mayoría de francófonos dice que su nación es Quebec y la segunda es Canadá”, explica André Lecours, profesor de la Escuela de Estudios Políticos de Otawa. “Aunque casi todo el mundo en Quebec es nacionalista, la mayoría ya no quiere independentismo (32%) y, entre los que lo desean, ni siquiera es una de sus preocupaciones principales”, añade.

Las posiciones en contra de la independencia empiezan a ser claramente mayoría a partir de 2001 y se sitúan al 55% entre enero de 2012 y junio 2015. Los que son claramente partidarios del , por el contrario, pasan del 43,9% en 2001 al 34% en 2015. Han aumentado mucho los indecisos. En los 90, llegó al 65%. Ahora los que como él se definen como independentistas son, sobre todo, mayores de 45 años.

Aunque casi todo el mundo en Quebec se define como nacionalista, la mayoría ya no quiere el independentismo

“Las cosas cambiaron profundamente en 1999”, recuerda Langlois. “Los nacionalistas seguían en el Gobierno y seguían el objetivo del déficit cero. Los recortes provocaron una huelga de enfermeras ese invierno que marcó un antes y un después. El apoyo de la opinión pública cayó desde entonces por los problemas económicos”. También les ha quitado a los independentistas un argumento importante para la movilización colectiva el desarrollo económico de Quebec de los últimos años.

Ahora el partido independentista, que en las últimas elecciones cosechó su mayor derrota en 40 años, está muy debilitado. Por otro lado, en el Gobierno Federal está desde hace un año el liberal Justin Trudeau, con unos índices de popularidad muy altos a nivel nacional y un hábil manejo de las redes sociales que además le conecta con los más jóvenes. A su vez, su política de acogida a más de 30.000 refugiados sirios ha dado a Canadá una visibilidad en la prensa internacional que hace décadas no tenía.

“En Escocia también pasa que el Gobierno conservador alimenta el independentismo escocés y con los laboristas se enfría”, observa Nacho Molina, investigador principal del Real Instituto Elcano de Ciencia Política… Y añade: “En Cataluña, el nacionalismo ha utilizado la crisis y la corrupción en España como argumento separatista. Un gobierno del Partido Popular es buena noticia para el independentismo porque alimenta su lógica de enfrentamiento”.

Los ‘millenials’ son globales, no independentistas

Desde que empezó a extenderse el sentimiento independentista de esta región francófona a finales de 1960, los más jóvenes siempre habían sido los más favorables a la escisión. Sin embargo, esta reivindicación ha pasado de moda entre los menores de 25 años.

Muchos expertos concluyen que el independentismo ha muerto de éxito. “Las nuevas generaciones no tienen necesidad de independencia, no perciben ninguna amenaza a la identidad francófona”, dice Nacho Molina. Para ellos el inglés no es considerado un peligro, sino una lengua funcional.

El independentismo ha muerto de éxito y los menores de 25 años ya no consideran el inglés una amenaza

En 1995, los jóvenes apoyaban más el independentismo que los mayores de 55 años. “Eran más conservadores porque temían más que un cambio pudiera poner en riesgo, entre otras cosas, sus pensiones”, recuerda Langlois. Según sus estudios, el apoyo de los quebequeses de entre 18 y 24 años se desplomó del 55% en 2001 al 32% en 2015.

“Los independentistas creían que las nuevas generaciones serían nacionalistas de manera natural, pero no lo son”, afirma André Lecours desde Otawa. “No han vivido el conflicto ni tienen interiorizada la sensación de rechazo de sus padres y abuelos, que es lo que alimentaba el independentismo”. No es que los jóvenes se sientan menos quebequeses que sus mayores, de hecho, el vínculo a la región es mayor que para generaciones anteriores. El 66% de los jóvenes entre 18 y 34 se sienten “principalmente de Quebec”, una proporción más alta que sus mayores (55%). Pero también se sienten más propensos a decir que Canadá es parte de su identidad. Para ellos, una cosa no excluye la otra, según un sondeo de la consultora Crop y la Universidad de Montreal.

“Los canadienses más jóvenes definen su identidad política en las luchas globales como el cambio climático, la ayuda a refugiados, el tratado TTIP, etc”, observa Gagnon. “En cierto modo, ya tienen interiorizada la independencia y no les interesa”.

Los universitarios definen su identidad política en las luchas globales como el cambio climático o la ayuda a refugiados

Otro factor importante para entender el descenso del apoyo al movimiento independentista es el aumento de la población inmigrante. “Sienten que han sido acogidos por Canadá, no por Montreal”, comenta Langlois. “El Parti Quebécois ha reducido sus esfuerzos a partir de 1995 en convencer a los miembros de otras comunidades culturales, y eso ha repercutido en una pérdida de identidad”.

Además, hay un tercer factor externo: el contexto internacional adverso. “Al movimiento independentista le desgastó no haber contado ni con el apoyo de su vecino estadounidense, ni siquiera de Francia, ya que animando a la soberanía de un movimiento independentista podría acrecentar tensiones internas con Córcega”, recuerda Langlois.

 

¿Y Cataluña?

El independentismo catalán ha mirado mucho en el espejo canadiense. “Todos los días escuchas a políticos catalanes hablar de la vía canadiense, pero en realidad allí nunca hubo un referéndum pactado entre Quebec y Otawa”, dice Ángel Rivero, profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid. “El poder provincial permite convocar referéndum en Canadá, pero son consultivos, no vinculantes. No hay tanta diferencia legal. La mayor diferencia es que allí el Gobierno Federal vio el órdago, jugó la partida y la ganó”.

“Las concesiones constantes no calman el problema, lo exacerban”, opina Rivero. “Los federalistas se focalizaron en los costes de secesión. Una cosa es reconocer su identidad diferencial y otra darles todas las cesiones que pidan. La política de la claridad no fue una política de cesiones, sino de visibilizar los riesgos reales”.

A diferencia del referéndum escocés, que sí contaba con la autorización del Gobierno británico, el canadiense no se convocó con el consentimiento del Gobierno Federal. Sin embargo, éste no se llegó a oponer a su convocatoria como pasó en España.

En un eventual tercer referéndum en Quebec, además de una pregunta clara en la que se especifique o dentro o fuera, sin medias tintas, también debería necesariamente contar con más implicación de Otawa. Sin embargo, aunque no estuviera clara su legalidad, el Gobierno de Canadá se implicó tanto en el 80 como en el 95 para que saliera que no.

Un 44,9% de los catalanes votarían ‘Sí’ a la independencia y el 45,1% votarían ‘No’

“La clave está en hasta qué punto Madrid es capaz de generar un marco de debate que deje de estar congelado”, dice Gagnon. “En Canadá hubo muchas negociaciones, y eso ayudó a crear la sensación de que trabajando juntos se podía encontrar una solución. Si no, a los independentistas no se le da otra opción que enfrentarse al Gobierno central”. Y añade: “En España es al revés, porque el Gobierno central está apostando por la idea de que sólo la ley, y no el debate, puede regular la demanda de independentismo. Eso genera más conflicto con los que dicen que no se sienten libres en el marco legal español”, opina.

Según la última oleada del CEO, la encuesta de la Generalitat, en Cataluña retrocede el apoyo a la independencia, que cae dos puntos respecto al sondeo del mes de julio. Un 44,9% de los catalanes votarían ‘Sí’ a la independencia y el 45,1% votarían ‘No’. En la anterior oleada, el «sí» llegaba hasta el 47,7%, mientras que el ‘no’ se quedaba en un 42,4%.

En lo que se refiere al modelo territorial, sin embargo, hay una clara mayoría de catalanes que reclama un cambio:  un 38,9% de los encuestados apuesta por un estado catalán independiente, un 24,1% aboga por mantener el sistema actual actual, un 23,2% por un Estado dentro de un modelo federal y sólo un 5,7% se decanta por una región de España.

Si no hay negociación y todo se limita a la ley, se incrementa la frustración

“Es trabajo de los políticos crear marcos legales que ayuden a resolver problemas, no crearlos”, prosigue Gagnon, que ha estudiado también el caso catalán. En opinión de este politólogo de 62 años, “lo primero que debería hacer el Gobierno español es aceptar que la ley no tiene que ser necesariamente el único camino. Madrid necesita demostrar reciprocidad. Si no se muestra acercamiento de las posturas, se incrementa la frustración”. Y recuerda: “En Canadá el sentimiento independentista decreció cuando ambas partes sintieron que tenían un marco flexible para negociar”.

“En nuestra experiencia, la clave que llevó a un descenso de las tensiones en Canadá fue la flexibilidad”, dice Lecours. “Igual que en Cataluña, es más importante la voluntad política que los marcos constitucionales”.

En Quebec el nacionalismo moderado es el que más frutos ha recogido de la negociación con Otawa. “Llegaron a la conclusión de que no les compensaba dividir”, dice Molina. “En Cataluña, la solución también tiene que venir de dentro. Vendrá por hartazgo, cuando los catalanes decidan que no les compensa dividir así a la sociedad catalana y a Madrid, que no sirve de nada alimentar la confrontación desde Madrid”.

“Cataluña ha creado un callejón sin salida y tiene que surgir alguien en la sociedad catalana que lidere el cambio de política a la conciliación”, opina Ángel Rivero. “No me queda duda de que aparecerá ese alguien, pero esto va para muchos años”.

Eso no quiere decir que el problema esté resuelto en Canadá. “Tampoco hay que idealizar la situación en Quebec”, dice Lecours. “Muchos ya no se sienten canadienses, aunque acepten que la independencia sea muy improbable. Eso está pasando en Cataluña también. En 20 años puede que los jóvenes catalanes no sean independentistas. Pero ¿cuánto de españoles van a sentirse?”.

En 20 años puede que los jóvenes catalanes no sean independentistas. Pero ¿cuánto de españoles van a sentirse?

La división de la sociedad quebequesa se palpa entre las posturas de Mathieu y Tremblay. Aquél ha enterrado cualquier pulsión independentista, pero el último sigue esperando otro referéndum 20 años después del último.

En lo único que coinciden Mathieu y Tremblay es que los jóvenes ya ni siquiera se planean estas cosas. “Se manifiestan por las tasas universitarias o para legalizar Uber, pero la independencia les da igual”, dice con amargura el independentista quebequés. Y añade para terminar: “No puedes apagar un sentimiento. Y hay una generación entera que siempre llevaremos esta cicatriz”.