No nos vamos a poner filosóficos, aunque podríamos… que conste. Este martes 10 de enero nuestros ordenadores se llenarán de titulares que recen: “Un año sin Bowie”. Y nunca algo tan literalmente cierto ha sido menos verdad. Ese día será el primer aniversario de la muerte de David Bowie, pero ha sido uno de los años en los que ha estado más presente. La trayectoria de un artista no se limita a su vida. Y, aunque oficialmente 2016 ha sido el Año Shakespeare y el Año Cervantes, reconozcamos que en realidad ha sido el Año David Bowie.

Prácticamente en todos los pueblos del mundo occidental se ha hecho un concierto homenaje, una mesa redonda dedicada a su figura o una conferencia sobre él. Pero dejando a un lado esa omnipresencia de andar por casa, lo cierto es que el último año la influencia de, probablemente ,la rock star más emulada de la historia de la música ha sido especialmente significativa.

Blackstar, su último disco, dejó un legado esencial. Fue un testamento en toda regla que ha tenido sus consecuencias. Nada más salir, poco antes de su muerte, esto se intuía, pero ahora el tiempo lo ha demostrado. En la era de las escuchas de un minuto de canción, en la época en la que el consumo de la música se limita a temas sueltos, David Bowie con Blackstar y con su Lazarus, nos dice: “Atención, se puede hacer un disco conceptual”.

Bowie, siempre en la vanguardia, hizo un disco casi póstumo al que hay que prestarle atención

Una vez que la industria musical ha tocado fondo y que todo el mundo habla de las maravillas de poder acceder a un millón de discos pero no escuchar ninguno, os traigo, con dos narices, un disco conceptual, que habla sobre la muerte –mi muerte- y cuyo single dura 10 minutos. Efectivamente, Bowie, siempre en la vanguardia, hizo un disco casi póstumo difícil, oscuro, incómodo y al que hay que prestar atención. Y para colmo, como segunda bofetada, ya una vez convertido en ceniza, va y se pone en el número uno de las listas de ventas de vinilos.

Ajá, lo que muchos llevaban intuyendo desde el comienzo de la crisis de la industria, David Bowie lo ha conseguido, como El Cid, una vez muerto, y logrando la que probablemente es su mayor conquista. La calidad y apostar por un objeto interesante, bonito, que uno tenga ganas de poseer es el mejor antídoto posible contra la piratería, la ignorancia musical, la bulimia sonora, el síndrome de Diógenes de discos descargados y la banalidad de la música popular.

El vinilo lleva unos años de moda, alguien que ama la música paga por ella, porque la valora

De acuerdo, el vinilo lleva unos años volviendo a estar de moda, por estas razones y porque alguien que ama la música paga por ella, porque la valora. Que el vinilo se iba a imponer era algo que estaba claro, pero este último año lo ha hecho con una fuerza inmensa en Gran Bretaña, donde podemos medir el baremo de Bowie.

Allí se han vendido 3,2 millones de unidades, el 53% más que el año anterior. Y el número uno ha sido Bowie, con 54.000 vinilos, el doble que la que encabezó el ranking en 2015, Adele. Y lo curioso del tema es que, además, ha conseguido que sus discos antiguos en formato de Lp, reeditados sabiamente por su compañía, vuelvan a estar entre los 20 más vendidos. Hablamos de los históricos The Rise and Fall of Ziggy Stardust, que está en el puesto 13 o Hunky Dory (16). Los cuales, no dejemos a un lado el dato, no son precisamente los más comerciales de su carrera.

Es decir, Bowie, de nuevo, revoluciona la industria musical. Ése es, sin duda, su gran mérito de este año y abre una estela que, como ocurrió cuando hizo su Ziggy Stardust o cuando se fue a Berlín con Iggy Pop y Brian Eno, está claro que va a tener continuidad. Discos largos, probablemente con un concepto, en absoluto hechos a la medida de la gran masa, en un formato que uno prefiere tener en casa a guardar en unos cuantos megas de ordenador y con un poso filosófico. Porque sí, podríamos ponernos filosóficos, pero no vamos a hacerlo. Ya está Bowie, con su Blackstar y su vinilo, negro, para hacerlo.