Sabes por qué voy despacio en Twin Peaks? Porque eso es lo que haces en un pueblo en la que una luz ámbar significa ir más despacio en vez de acelerar”. Solo por frases como esta, que de vez en cuando suelta el agente especial Cooper como que no quiere la cosa mientras se come otro donuts, merece la pena volver a ver Twin Peaks más de 25 años después de su estreno.

Porque Cooper no es como la mayoría de los protagonistas de series de la época. Ni atractivo ni empático ni cómico. Es una especie de Sheldon Cooper de los 90, un genio excéntrico que disfruta haciendo su trabajo sin preocuparse por caerle bien a nadie. Y si acompañarle en la investigación de quién mató a Laura Palmer sigue teniendo interés cinco lustros más tarde es porque el protagonista aguanta el paso del tiempo sorprendentemente bien.

Merece la pena volver a ver la primera temporada de ‘Twin Peaks’ más de 25 años después

Así que a la espera de saber qué tal estará el regreso de la obra de culto de David Lynch, cuyo estreno mundial llega a Movistar Series Xtra la madrugada del 21 al 22 de mayo, es buen momento para revisitar la serie original que transformó la televisión. Al menos, la primera temporada. Antes de que este cluedo paranormal se volviera demasiado delirante.

Twin Peaks cambió el modo en el que vemos la televisión porque a un espectador acostumbrado a Se ha escrito un crimen, David Lynch no le da una historia en la que un audaz detective desenmascara al asesino para que el espectador pueda ir a la nevera con la sensación del deber cumplido.

“Es como una droga. Para mí, esa es la belleza de Twin Peaks“, decía Lynch en 1990 en una entrevista en Los Angeles Times en la que el diario se preguntaba si el mundo de la televisión estaba listo para alguien como él. “Tan pronto como un show tiene un cierre, te da una excusa para olvidar que has visto la maldita cosa”.

Y los que tenemos edad para recordar lo que supuso Twin Peaks en los 90, aunque sea vagamente, nos hemos olvidado del final de la historia es porque aquello era más bien un universo. Es difícil saber cómo acabó porque, en realidad, no lo ha hecho todavía. 

Con Twin Peaks la audiencia perdió su inocencia. Hasta entonces todavía estábamos acostumbrados a que los enredos de familia acabasen bien y los asesinos en la cárcel.

‘Twin Peaks’ era más realista que ‘Cheers’. Porque las cosas no siempre acaban bien. A veces ni siquiera acaban

Lynch descubrió al prime time que los malos no siempre se atrapan y las víctimas a veces han roto muchos platos. Que hay niñas modelo que toman cocaína, padres de familia bien asiduos al prostíbulo y hasta un enano, por qué no, que baila jazz en sueños.

Por onírico que resultara el universo del director de Mulholande Drive, en el fondo era más realista que su coetáenea Cheers. Porque las cosas no siempre acaban bien. Es más, a veces ni siquiera acaban.

Cómo no va a ser realista una serie en la que a veces los personajes no pueden contestar porque tienen la boca llena cuando alguien les pregunta cualquier cosa o el protagonista interrumpe lo que está diciendo porque le urge ir al baño.

¿Quién mató a Laura Palmer? ¿Acaso importa? Ella siempre será un cadáver pálido envuelto en una bolsa de plástico a la orilla del lago. Eso sí, lo va a tener difícil en su regreso para volver a enganchar como lo hizo entonces, cuando hasta Mijail Gorvachov le pidió ayuda a George Bush para que le adelantara quién era el asesino.

No es lo mismo deslumbrar a una audiencia acostumbrada a ver La hora de Bill Cosby que a la que puede elegir entre la quinta de House of Cards y la tercera de Fargo.

La ventaja con la que cuenta Twin Peaks es el nuevo filón de lo retro y la nostalgia. Si vuelven los cassetes y las Polaroid, tal vez también guste a los millenials la serie con la que la tele se hizo mayor.

Aunque verla nunca será para los que se asomen por primera vez a ella como abrir un viejo álbum de fotos olvidado. Aquel pueblo aparentemente apacible rodeado de bosques, donde sirven tortitas de sirope de arce para desayunar, siempre tendrá más encanto para quienes de antemano sabemos lo peligroso que es perderse en él.

Y allí siguen la habitación roja, los donuts del agente Cooper, las linternas en el bosque… Y las cascadas, el aserradero y más donuts. Y el búho del bosque que todo lo veía, el manco misterioso y la tuerta que colecciona figuritas de porcelana encima de la chimenea.

Y las pisadas, los gritos y el reloj de cuco. Cuidado con los relojes de cuco. Sobre todo si de fondo suena la música de Angelo Badalamenti.

Cierto que la segunda temporada, también disponible en Movistar Series, sí que se resiente del paso del tiempo, inflada de los desvaríos oníricos que Lynch perpetró en la cima de su carrera solo para dejar claro que podía permitírselo. Aun así, tiene suficientes destellos de brillantez para que merezca la pena revisitarla, al menos, cada 25 años. Aunque cayera en la tentación de convertirse en un culebrón de ciencia ficción.

Más importante que quién mató realmente a Laura Palmer es, en realidad, darse cuenta de cuánta gente pudo haberlo hecho. Ya ni siquiera me atrevo a descartar que no fuéramos nosotros.

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Quién mató a Laura Palmer