Arnaldo Otegi (Elgóibar, 1958), líder EH Bildu, ha protagonizado la semana en la que se celebraba el décimo aniversario del fin de la violencia de ETA. Lo hizo, en primer lugar, con una declaración en la que reconocía el daño causado a las víctimas, afirmando que ese dolor nunca debería haberse producido, lo que causó el alborozo del líder del PSE, Patxi López, quien saludó el gesto del dirigente de la izquierda abertzale como un paso en la buena dirección. Pero, cuando todavía resonaban sus palabras, echó un jarro de agua fría a los que veían en ese movimiento un arrepentimiento sincero, una especie de revisión histórica, aunque sin condenar a ETA. Ante una reunión con militantes de su formación, mantenida sólo siete horas después de su alocución en Ayete, aseguró que si para sacar de la cárcel a los doscientos presos de la banda había que aprobar los presupuestos, lo haría; es más, aseveró que es con un gobierno del PSOE con el que se pueden conseguir más cosas.

Pedro Sánchez, que en la mañana del martes conocía el contenido del vídeo (publicado el miércoles por El Correo) en el que Otegi hacía esas manifestaciones, ordenó a la portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, que marcara claramente distancias, a sabiendas de que ese iba a ser uno de los temas estrella de la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros. El enfado del presidente era ostensible y comprensible. Las palabras del coordinador de EH Bildu no sólo ponían en evidencia que, tras sus cinco votos a favor de los presupuestos, había algo más que sintonía con las cuentas públicas, sino, que, además, le daban al PP un arma de largo alcance: los proetarras prefieren que gobierne Sánchez porque con él pueden llegar a lograr sus objetivos.

La pataleta del presidente no ha alterado en nada al jefe de EH Bildu, que el sábado encabezó la manifestación en favor de los presos celebrada en San Sebastián, en la que estuvo acompañado de Oriol Junqueras y dirigentes de Podemos, socio en la coalición del gobierno. Ha sido su semana grande. Otegi le ha quitado todo el protagonismo a las víctimas y ha demostrado que la izquierda abertzale está más fuerte que nunca.

El 30 de marzo de 2006, en entrevista con Pedro Piqueras, el entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero definió así al jefe del brazo político de ETA: «Arnaldo Otegi ha hecho un discurso por la paz, por una etapa distinta en Euskadi». Habían pasado tan sólo siete días desde que ETA anunciara en un comunicado el establecimiento de un «alto el fuego permanente». Llevado tal vez por su ingenuidad, Zapatero bautizó a Otegi como hombre de paz, cuando, en realidad, no era más que un vicario de ETA (de hecho fue un activo terrorista, como demuestran los hecho que llevaron a su primera condena en 1989 por el secuestro del industrial vasco Luis Federico Abaitua).

Como adelantó Ángeles Escrivá en El Mundo, el Gobierno ya llevaba meses negociando en secreto con ETA. La delegación designada por el presidente estaba compuesta por el socialista vasco Jesús (Chusito) Eguiguren -natural de Elgóibar, como Otegi-; el ex ministro de la Presidencia Javier Moscoso, y el abogado cercano al PSOE José Manuel Gómez Benítez. La delegación etarra, en un principio, estuvo capitaneada por José Antonio Urritokoetxea (el histórico Josu Ternera).

Como pudo demostrarse a través de las actas de la negociación (también publicadas por Ángeles Escrivá), la representación del Gobierno no tuvo inconveniente en tratar el tema de los presos y otros más políticos como la incorporación de Navarra a las instituciones del País Vasco.

En una reunión de la mesa de negociación, Thierry le dijo a los representantes del Gobierno: «Vais a tener que compraros corbatas negras. Se nota que no habéis asistido a muchos entierros». Semanas después se produjo el atentado de la T-4

Tras el verano de 2006 la delegación etarra sufrió un cambio significativo. La dirección en la negociación pasó de Ternera a un desconocido con sobrepeso y que rompió abruptamente con las formas más o menos educadas de su antecesor. Gritaba y amenazaba sin ningún recato. Según relata una persona que entonces conoció de cerca la negociación: «ETA se dio cuenta de que podía conseguir incluso más de lo que pensaba, a pesar de que ya no atravesaba por su mejor momento y, en un momento dado, decidió apretar las tuercas para poner de rodillas al Gobierno».

En una reunión celebrada a finales de 2006, El Gordo, como le conocían ya en el reducido círculo de Interior que pilotaba la negociación, amenazó: «Os vais a tener que comprar corbatas negras. Se nota que no habéis estado en muchos entierros».

Semanas después, el 30 de diciembre de 2006 se producía el atentado de la T-4 que causó dos muertos. Zapatero dio por rotas las negociaciones con ETA, aunque mantuvo una vía de contacto a través de la Fundación Henry Dunant.

El ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, ordenó a las fuerzas de seguridad pegar duro a la banda. La misma fuente aclara: «Fue un error táctico de ETA. Pensaba que el Estado estaba débil y se equivocó».

A la Guardia Civil, sin embargo, le costó meses detectar al Gordo que, obviamente, dirigía en esos momentos a la banda y que no aparecía por ningún lado en los archivos de los cuerpos de seguridad del Estado. Hasta que, por fin, el entonces jefe de Operaciones Antiterroristas, Manuel Sánchez Corbí, se presentó en la sede de Interior con una fotografía captada por uno de sus hombres en el sur de Francia. Se trataba de un miembro de ETA cuya descripción se correspondía con la que habían dado del jefe de la delegación etarra los miembros del equipo negociador. Rubalcaba convocó en su despacho a Gómez Benítez para corroborarlo y este no dudó en identificarlo: «Es él». Se trataba de Javier López Peña, alias Thierry.

Thierry cayó en mayo de 2008. Después, en noviembre, fue detenido el hombre que le sustituyó al frente de ETA, Mikel Garikoitz Azpiazu (alias Txeroki). Después, en diciembre, cayó Aitzol Iriondo. En abril de 2009 fue detenido Jurdan Martiegui. En marzo de 2010 cayó Ibon Gagoscoetxea y, en mayo de 2010, Mikel Kabikoitz Karrera Sarobe (alias Ata). En sólo dos años, la banda fue descabezada seis veces. Los pocos dirigentes que quedaban en la banda -ya de poco peso y experiencia- pensaron que la organización estaba infiltrada por miembros de la Guardia Civil y ya nadie se fiaba de nadie.

¿Qué hacía mientras tanto Otegi? Un alto mando de las fuerzas de seguridad aclara: «En el MNLV (Movimiento Nacional de Liberación Vasco) el núcleo dirigente era ETA. Las demás organizaciones, Batasuna, LAB, etc, eran meros instrumentos de la organización armada. Otegi estaba al frente del brazo político porque seguía fielmente las instrucciones de ETA. Si no hubiera sido así, habría sido apartado… o algo peor».

Otegi siempre se mantuvo fiel a las directrices de ETA hasta que percibió que el fin de la banda estaba cerca. Rubalcaba era partidario de emplear con él mano dura, mientras que Zapatero se inclinaba por tender puentes con el líder abertzale

Cuando se produjo el atentado de la T-4 el líder de Batasuna tuvo una oportunidad de oro para desmarcarse de ETA que, al fin y al cabo, había roto de forma unilateral el «alto el fuego permanente». Pero, en lugar de hacer eso, se limitó a decir: «El proceso no está roto».

En realidad, Otegi, como el resto de los dirigentes de Batasuna, no comenzó a distanciarse de ETA hasta que no percibió que su derrota estaba al caer. Es tras los sucesivos descabezamientos de la banda llevados a cabo por el ministro Rubalcaba cuando decide romper para que el desastre de la organización terroristas no se lo lleve por delante.

En julio de 2010 asistí, junto al entonces director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, y al periodista Antonio Rubio a una reunión, a instancias de la izquierda abertzale, a la que asistieron Rufi Etxeberría (miembro de la mesa nacional de Herri Batasuna y ahora líder de Sortu); el dirigente de LAB Rafael Díez Usabiaga, y el abogado Iñigo Iruin. Etxeberría, que llevó la voz cantante, nos quería transmitir un mensaje: «La táctica político militar ha quedado atrás».

Meses después de aquella confesión, la Fundación Henry Dunant le hizo llegar un recado al Gobierno: «ETA está muy débil, quiere volver a sentarse a la mesa de negociación».

Rubalcaba no lo veía claro. Era partidario de continuar con la mano dura. De hecho, se produjo una divergencia importante entre el ministro del Interior y el presidente Zapatero cuando se discutió si había que apretar o aflojar con Otegi en el sumario Bateragune (en el que se le acusaba de intentar reconstruir Batasuna). Zapatero, que ya conocía el mensaje de la Henry Dunant, quería tender un puente al líder abertzale. Rubalcaba creía que lo mejor era mantener la vía del palo. Se salió con la suya. En enero de 2011 la Fiscalía pidió 10 años de cárcel para Otegi.

Los hechos demostraron que el ministro había elegido la vía correcta. En su turno de última palabra ante la Audiencia Nacional, que le terminaría condenando, Otegi, por primera vez, declaró: «La izquierda abertzale se ha separado de la estrategia militar de ETA».

Mientras tanto, y con el escepticismo más absoluto por parte de Rubalcaba, se retomaron los contactos secretos con ETA. El partidario de hacerlo fue su jefe de Gabinete, Gregorio Martínez, que creía, y estaba en lo cierto, que esa vez sí era la buena.

El empeño de Martínez, y así se lo transmitió a la dirección de la banda, era que en su comunicado ETA de cese de la violencia incluyera el término «definitivo».

Para dejar de matar, el Gobierno se comprometió a colocar una «pista de aterrizaje» para establecer que la izquierda abertzale pudiera vender ante los suyos que el fin de la violencia se había producido a través del diálogo. Esa pista dio lugar a la famosa Conferencia de Paz de Ayete, una reunión que se celebró el 17 de octubre de 2011 en el Palacio situado a las afueras de San Sebastián. La mesa estuvo formada, entre otros, por Kofi Annan (ex secretario general de la ONU); Bertie Ahern (ex primer ministro de Irlanda que participó en las conversaciones de paz con el IRA); Jonathan Powell (ex jefe de Gabinete de Tony Blair), o Gro Harlem (ex primera ministra de Noruega). La presencia de Harlem era muy significativa ya que otra de las condiciones del acuerdo con ETA era que la dirección de la organización podía buscar refugio seguro en el país nórdico, tras haberlo acordado previamente el Gobierno español con el de Noruega. La tercera condición era la liberación de los presos, pero eso se decidió que había que dejarlo para después del anuncio del fin de la violencia.

Dos días antes de que ETA hiciera público su comunicado (20 de octubre de 2011), la Henry Dunant le trasmitió al jefe de Gabinete de Rubalcaba que ETA estaba de acuerdo en decir en su comunicado que el cese de la violencia sería «definitivo». Goyo Martínez llamó al ministro Rubalcaba y le comunicó con lágrimas la buena noticia. ETA iba a dejar de matar para siempre.

Todo ello con Otegi en la cárcel, de la que no saldría hasta el mes de marzo de 2016 tras haber cumplido seis años y medio de condena.

Zapatero, que pecó de ingenuo en su creencia de que el diálogo lo puede todo, fue, sin embargo, leal al entonces líder de la oposición Mariano Rajoy, que estuvo informado de las grandes líneas del proceso.

Cuando ETA declaró el fin de su actividad terrorista se sabía ya que el PSOE no tenía prácticamente ninguna posibilidad de volver a ganar las elecciones. En efecto, el 30 de noviembre de 2011 el PP ganó por mayoría absoluta. ¿Qué ocurrió con la negociación sobre los presos? El presidente Rajoy metió aquel compromiso en un cajón y lo cerró con siete llaves. Martínez había actuado con mucha inteligencia. Cuando ETA le había preguntado si el PP estaba al tanto de las contrapartidas, él dijo que sí. Pero una cosa era que Rajoy lo supiera y otra que se hubiera comprometido a cumplirlas. Esta vez, quien había caído en la trampa, había sido ETA. Claro que, para llegar a ese punto, previamente tuvo que producirse la victoria del Estado de Derecho, fundamentalmente, las fuerzas de seguridad y la Justicia.

El papel del llamado hombre de paz en el final de ETA había sido nulo.