En el libro de familia la fotografía permaneció velada durante muchos años. A ratos asomaba desdibujada, a ratos recortada, en ocasiones difusa y siempre incompleta. Han sido necesarios 44 años para que el encuadre sea el adecuado y el enfoque nítido. La escena en la que sentirse reflejado comenzó a componerse una noche de fin de año de 1974, la misma Nochevieja en la que la alegría por un nuevo embarazo se hizo añicos horas después con la muerte en accidente del padre que jamás conocería a su segundo hijo. Entonces todo comenzó a oscurecerse, la tristeza invadió la casa y poco después daría el relevo a la incomprensión, la distancia y la frialdad de parte de su familia. Todo por intentar levantar cabeza, por querer volver a empezar. Javi no era Luis y papá no era aquel hombre al que recordaban con crueldad su condición: padrastro. En los 80 los padrastros salían siempre desenfocados en las ‘fotos de familia’.  

La dedicatoria no incluye al padre desconocido, “no, está muerto, no lo va a leer”, justifica su autor. Tampoco al padre vivido, a él sólo le concedió la autorización de revisar antes de publicar. El ‘padre del cielo’ y ‘el de la tierra’, tal y como siempre les recordó mamá a él y a su hermano. Galder creció con esa dicotomía que nunca le gustó, la que le llevaba a rechazar a quien le dio la vida y amar a quien ocupó su lugar. Y sobre ambos, su madre, la heroína de su vida a la que sí dedica la novela.

La firma lleva el apellido del padre que no pudo conocer, Reguera. Es el de Luis, un padre biológico al que evita referirse por su nombre. Sólo Javi, el que accedió a ejercer como tal, el que aceptó hacerlo sin casarse en los 80 y dedicándose, junto a su madre, al ‘artisteo’, se puso los preceptos sociales por montera y siguió adelante.  

De niño sentía que de no haber muerto Luis, mi padre biológico, no hubiera existido Javi, que era a quien yo quería»

Aquel hijo que Luis sólo pudo imaginar unas horas y Javi educó durante décadas, ha decidido ahora cerrar de nuevo una herida que creía cicatrizada. No lo estaba tanto. Lo ha hecho contando su historia, que es la de su familia, parte de la de su madre, su ‘padre en la tierra’ y sus hermanos. De fondo, un viaje por la familia que pudo haber sido, del padre que pudo haber conocido y por una vida que otros quizá añoran y que él simplemente es incapaz de echar de menos. “Nunca he tenido sentimiento de ausencia de padre”, reconoce, “mi padre de facto es y será Javi”.

Una familia feliz

Lo hace sin obviar nada. Ni la ausencia de relación con su familia paterna, los Reguera, ni la falta de deseo de forzar una relación con ellos. Tampoco los problemas familiares posteriores, algunos de los cuales relata, y que contribuyeron a hacer más alto el muro y la distancia con ‘los Reguera’. En realidad, fue gracias a uno de sus primos desconocidos como nació ‘Libro de familia’ (Ediciones Seix Barral). Entre los muchos tíos y primos que jamás conoció, una mañana Peter, “un chico muy simpático del que no sabía nada”, se puso en contacto con él para revelarle que era su primo. También para contarle cosas de Luis, su padre. Como había hecho durante décadas, todo lo relacionado con aquel desconocido que había sobrevolado su vida en forma de fotografías en blanco y negro, recuerdos y reproches por sentir como único padre a la nueva pareja de su madre, no prestó mucha atención, “solía desconectar”. Lo hacía desde niño. Sentía que de no haber muerto Luis jamás hubiera “existido Javi, mi padre de facto, un padre maravilloso”.

Pero Galder ya no es un niño. El día que descubrió a Peter tenía 43 años y dos hijos. De noche, el desvelo de uno de ellos le hizo pensar: “Me entró cierta angustia al imaginar que mis hijos, lo que más quiero, el día de mañana no se interesaran por mí. Sería triste. Por eso decidí empezar a investigar sobre mi padre, sobre su vida”.

Tengo dos familias, la que pudo haber sido y la que fue, que no puede entenderse sin la anterior»

Y descubrió quién era Luis, aquel padre feliz de 23 años que jamás pensó que moriría poco después de saber que sería padre por segunda vez. Galder acababa de empezar a enfocar la imagen de su libro de familia, a escribir parte de los episodios vacíos o no leídos. Ignorados. A través de conversaciones con su madre, con Javi, y con parte de la familia ignorada durante años, incluso con el autor del accidente que lo mató, su padre regresaba a su vida. Las fotografías y películas familiares lo hicieron más fácil. No era la primera vez que alguien le decía que tenía parecidos con su padre biológico. Ahora lo descubría por sí mismo; mismos gestos, mismos gustos musicales. El puzzle de su vida empezaba a completarse con la última pieza, la de Luis, el padre desconocido: “He descubierto que en realidad tengo dos familias, la que pudo haber sido y otra, la que fue, que no puede entenderse sin la anterior”.

Asegura que el viaje por el pasado le ha permitido completar el ‘libro de familia’. Lo ha hecho con la autorización de su madre y Javi, a los únicos a los que permitió modificar su contenido. No lo hicieron, “sólo lloraron mucho leyéndolo”. Casi tanto como sus hermanos, el mayor, hijo de Luis, y los dos pequeños, de Javier: “A los que no les dejé cambiar nada, les gustó y descubrieron muchas cosas que desconocían”.

Galder subraya que en realidad se trata del relato “de una familia feliz” que comienza con una cena de Nochevieja dramática y concluye con otra cena de fin de año feliz. Una novela que dejará en herencia a sus hijos “para explicarles muchas cosas, para que conozcan de dónde venimos”.