Soraya Sáenz de Santamaría es el escaparate del PP. Lejos de la vida del partido, la ex vicepresidenta del Ejecutivo ha preferido reforzar su imagen de puertas para afuera, tratando de ganarse las simpatías del electorado y proyectando una imagen transversal de gestión y de buen gobierno. Es la favorita entre los españoles, pero no entre los votantes populares, y este jueves tendrá que pasar la prueba del censo y las urnas. Si los afiliados tienden a defender las raíces de su organización -la ‘izquierda’ de Pedro Sánchez se alzó en las primarias del PSOE y la radicalidad de Pablo Iglesias ganó en Podemos-, está por ver si los simpatizantes populares dan su visto bueno a una dirigente se ha puesto de perfil ante las vergüenzas del partido para encarnar, de cara al gran público, la línea progresista del PP. Y todo ello, además, desde primera línea del poder.

La jurista y abogada del Estado tiene un verbo prodigioso. Sus intervenciones en el Congreso, siempre implacables, le convierten en una de las mejores parlamentarias de la última década; un mérito que le reconocen incluso desde la oposición. Y ésa es una de sus grandes bazas. Su capacidad despierta admiración entre sus rivales políticos más íntimos, y desde otros grupos la definen como alguien que tiene “todo el Derecho en la cabeza”, en referencia a su inteligencia y sus conocimientos legales. Esto, unido a su ironía y a un punto de descaro, le ha permitido protagonizar los mejores rifirrafes parlamentarios de los últimos años y ser la protagonista indiscutible de las sesiones de control del Gobierno de Mariano Rajoy.

Y sin embargo, esa faceta no está presente en su vida de partido. Soraya Sáenz de Santamaría tiene numerosos apoyos y grandes feudos como Andalucía. Su principal valor político, precisamente, es su acción de Gobierno, y en esa faceta ha pavimentado su campaña. “Solvencia” a la hora de gobernar y un “perfil fuerte” para dejar de ocupar el banquillo de la oposición es lo que ofrece en campaña, además de un partido “en positivo”. Pero la simpatía que desprende hacia afuera contrasta con su pública enemistad con la número dos del partido, la secretaria general del PP María Dolores de Cospedal. Las sospechas de que ha emprendido juego sucio contra sus rivales internos del partido también le hacen en parte responsable de un cisma que, en pleno proceso de primarias, amenaza con fragmentar las filas populares.

El contrapunto del PP

La extrema ambición de Sáenz de Santamaría alimentó las rivalidades internas y llevó a ocupar los mayores puestos de responsabilidad del Estado. Responsable última del CNI y bien relacionada con los grandes medios de comunicación, la dirigente popular dispone de una ingente cantidad de información, muy valiosa también para sus intereses. Hace unos meses Rajoy también le confió la llamada Operación Cataluña, unas negociaciones cruciales con el Govern catalán que supusieron uno de sus grandes fracasos en política, con la llegada del referéndum ilegal endel 1 de octubre y la declaración unilateral de independencia.

La entonces vicepresidenta se sacudió las críticas y evitó asumir ningún tipo de responsabilidad, aunque este episodio fue clave en el desgaste del Ejecutivo de Mariano Rajoy. Nunca se ha caracterizado Soraya por los grandes golpes de pecho, sino más bien por los giros dialécticos y los cambios de foco. Si Cospedal tuvo que salir a dar todas las explicaciones y responder todas las preguntas de periodistas por el caso de Luis Bárcenas, con quien mantenía una fuerte animadversión, Sáenz de Santamaría evitó las referencias a los asuntos espinosos del partido y seleccionaba con cuidado las preguntas que iba responder en cada rueda de prensa. Si alguna se salía del tiesto, sabía encontrar una salida elocuente para el importunio.

Sáenz de Santamaría, en el cierre de campaña del PP el 26J.

La ex ‘vice’ se esfuerza por caer bien, y las hemerotecas dan buena muestra. La diputada de Valladolid ha acudido a programas de prime-time, ocupado portadas envuelta en un vestido de Rosa Clará o cantado en karaokes con sus compañeros de partido. Sorprendió en enero de 2015, cuando se marcó una coreografía en El Hormiguero de Pablo Motos al ritmo de La Gozadera; su imagen retumbó cuando, en el cierre de campaña del  26J, se animó a hacer de DJ, brazos en alto, ante la atónita mirada de los suyos.

Entretanto no ha dudado en dar la campanada y ser el contrapunto de un partido tradicional, estrenando unas gafas retro que dieron mucho que hablar. Ese perfil singular se completa con una escalada de gestos. El último fue hace unas semanas, en junio, cuando se le pudo ver cantando un karaoke junto al ex ministro  Iñigo Méndez de Vigo. Facetas que le bajan de las altas esferas y le sitúan en el plano más humano, acercándole al ciudadano de a pie. Este jueves noche comprobará si los inscritos del PP dan su visto bueno a quien mira más hacia fuera  dejando en segundo plano la imagen clásica del partido.