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La boda de Harry y Meghan cuatro años después: el sueño no cumplido

Boda de príncipe Harry y Meghan Markle

Europa Press

Después de tomar el té con la reina de Inglaterra en el castillo de Windsor, la actriz estadounidense Meghan Markle llegó la tarde anterior a su boda acompañada por su madre, Doria Ragland, a Cliveden House, un suntuoso hotel con espectaculares jardines situado a media hora en coche de Windsor y que había sido diseñado por Sir Charles Barry, el mismo arquitecto del Palacio de Westminster, sede del parlamento británico.

A muchos estadounidenses que seguían cada detalle del enlace las imágenes de aquel elegante edificio les recordaron a los episodios de Downton Abbey, pero para los británicos que veían las imágenes por televisión, aquello fue un mal presagio, el primero de muchos. Cliveden House, al fin y al cabo, había sido el escenario de muchos escándalos, incluso de una gran polémica que estuvo a punto de hacer caer un gobierno: el famoso Profumo Affair, en donde las aventuras extramatrimoniales del entonces Secretary of State (Ministro de Asuntos Exteriores), el conservador John Profumo, con la escort Christine Keeler llenaron todas las portadas de los tabloides ingleses.

Demasiados escándalos previos

No se sabe si Meghan Markle era muy consciente de que aquel hotel –precioso, por otra parte– tenía una historia horrible, aunque lo más probable es no dedicara ni un segundo a ella. Desde luego, tenía cosas más urgentes en las que centrarse, comenzando porque al día siguiente se iba a casar con uno de los nietos de la reina de Inglaterra y, lo que estaba dando incluso más que hablar, su propio padre no iba a acudir al enlace. Desde hacía días, Thomas Markle venía protagonizando escándalos sonados que eran la comidilla de toda Inglaterra (y gran parte del mundo) y, harta de tanta polémica, Meghan había hecho un comunicado oficial para decir que su padre no iba a estar presente en su boda. Oficialmente, se hizo público que su padre no podía viajar por motivos médicos (problemas graves de corazón, se puntualizó), pero nadie se lo creyó.

Cuando se bajó del coche con su madre a las puertas de Cliveden House, unos cuantos periodistas le preguntaron al respecto. Ella contestó con evasivas. Luego entró con una gran sonrisa al hotel y se instaló en una gran suite que iba a costar la friolera de 1.500 libras esterlinas por noche. Pero el precio era lo de menos ahora que se iba a unir a la realeza. O eso, al menos, es lo que debió pensar ella.

Un equipo de Hollywood

Meghan Markle saludó al equipo que la prepararía al día siguiente. Daniel Martin, el famoso maquillador que ha trabajado con actrices de la talla de Jessica Alba y Chrissy Teigan, ya estaba en el hotel preparando los productos de Dior y Honest Beauty que usaría. También estaban los dos peluqueros que la atenderían: George Northwood, que la prepararía para la ceremonia religiosa, y el neoyorquino Serge Normant, que se encargaría del peinado de la fiesta posterior. La diseñadora de Givenchy, la británica Clare Waight Keller, se aseguraba de que el vestido –un sencillo y elegante traje recto de seda y organza con escote redondo y mangas francesas– estuviera perfecto. También el velo: era de cinco metros y estaba bordado con flores que representaban a todos los países de la Commonwealth.

No se sabe si Meghan Markle pudo pegar ojo o no aquella noche, pero al día siguiente apareció radiante en el coche que la transportaría al castillo de Windsor. Se habían desvelado por fin los dos secretos mejor guardados del enlace: el vestido de la novia y también la tiara que le había dejado la reina, un bandeau de diamantes estilo Art Decó de 1932 que había pertenecido a la reina María, abuela de la actual soberana. Meses más tarde se supo que no había sido la primera opción de Meghan –hubiese preferido la Greville Emerald Kokoshnik–, pero la mano derecha de la reina Isabel II, Angela Kelly, recomendó que no era apropiada porque no se sabía exactamente de dónde habían salido las esmeraldas que llevaba la diadema y se temía que el origen no fuera muy políticamente correcto. Por lo que publicaron los tabloides, Meghan habría montado en cólera al saber que no podría llevarla, e incluso el príncipe Harry habría presionado para que los deseos de su amada se cumplieran, pero finalmente Isabel II dijo basta. Para muchos en la prensa, aquello fue un preludio de lo que vendría más tarde.

La gran película de Meghan Markle

El coche se detuvo a las puertas de la capilla de San Jorge, en Windsor, alrededor de las doce de la mañana. Ya estaban todos los invitados dentro, incluidos la reina de Inglaterra y el duque de Edimburgo, que habían llegado a las 11.52 horas. No había, sin embargo, demasiados miembros de la familia real, ni políticos ni diplomáticos, ni nadie que suela protagonizar este tipo de eventos. Sí que estuvo en cambio Oprah Winfrey, el matrimonio Clooney, la tenista Serena Williams y un sinfín de actores de Hollywood y Netflix. La alfombra hacia la capilla parecía más un desfile de los Globos de Oro que una boda de la realeza.

Seguramente, era lo que Meghan quería: coronarse como la nueva reina del celuloide, alzarse como la nueva Grace Kelly del siglo XIX. En cuanto pisó la iglesia, debió saber que estaba protagonizando el gran papel de su vida.

En el primer tramo de la iglesia, la novia anduvo sola bajo los acordes de «Eternal source of light divine«, de Handel, interpretados por la soprano Elin Manahan Thomas. En el segundo tramo, la acompañó el príncipe de Gales, su futuro suegro.

Harry la esperaba junto al altar vestido con el uniforme de los Blues and Royals. A su lado estaba su hermano y padrino, Guillermo. Poco después los tabloides publicaron que Guillermo no había estado de acuerdo con cómo se había sucedido todo: creía que su hermano se estaba precipitando, que Meghan y él apenas se conocían.

Un sueño irrealizable

En el fondo, tenía razón: Harry y Meghan se habían conocido a través de una cita a ciegas. Surgió la chispa, desde luego, y se vieron al día siguiente, y también al otro. Al cabo de unas semanas ya estaban veraneando juntos en África. Al cabo de unos meses, cuando los periodistas publicaron la historia, Harry hizo público un comunicado reconociendo que Meghan era su novia y pidiendo que la dejaran en paz. A partir de ahí, el anillo llegó rápido: él le pidió matrimonio en la pequeña cottage donde vivía dentro del recinto del palacio de Kensington. Era una noche en que estaban friendo pechugas de pollo. Entre vuelta y vuelta de fogones, él hincó una rodilla en el suelo y, mostrándole un anillo de diamantes que él mismo había diseñado, le dijo aquello de «Will you marry me?«. Ella, al ver el pedrusco, no le dejó ni acabar la frase: «¿Puedo decir que sí? ¿Puedo decir que sí?», le preguntó con lágrimas en los ojos.

Harry, desde luego, estaba muy enamorado de aquella mujer tres años mayor que él que estaba dispuesta a compartir su vida con él. Por fin había encontrado a alguien que no se espantara por los fotógrafos o la prensa, y con la cual parecía compartir miles de cosas. Como ambos dijeron en la entrevista que concedieron después de hacer público su compromiso matrimonial, tenían grandes planes de futuro: básicamente querían convertirse en filántropos internacionales, los nuevos salvadores del mundo, abrazar causas nobles, luchar por los más desfavorecidos.

Vista ahora, pasados cuatro años, aquella entrevista ya ofrece todas las pistas de lo que iba a pasar tan sólo unos meses después de la boda. Los dos pensaban que se iban a convertir en la pareja más admirada del mundo, Brad Pitt y Angelina Jolie con testas coronadas, George y Amal Clooney con tiara. Ella iba a interpretar el papel de su vida; él iba a cumplir el sueño de continuar el legado de su madre. Todo eran buenas intenciones, pero demasiado megalómanas y, en el fondo, irrealizables.

Una pesadilla

En el momento en que salieron de la iglesia ya convertidos en marido y mujer, además de duques de Sussex, condes de Dumbarton y barones de Kilkeel, ambos creyeron que aquello era el inicio de una carrera meteórica. Pero pronto se dieron de bruces con la realidad: palacio los trataba como lo que eran (los sextos en la sucesión) y no lograban la fama estratosférica que ambos pensaban que les llegaría tras su boda. Los actos a los que les enviaba Buckingham los aburrían, no lograban dar con un tema a su gusto y las envidias dentro de la institución –que no deben ser pocas, ni mucho menos– acabó por desanimarlos.

Ella reconocería en una famosa entrevista a Oprah Winfrey que había sufrido comentarios racistas desde el principio y, a pesar de la alegría por la llegada de Archie (luego nacería Lilibet), la situación llegó a ser tan asfixiante que tuvo pensamientos suicidas. Harry, desesperado porque la historia de su madre no se volviera a repetir, la metió en un avión y la sacó a toda prisa de Inglaterra rumbo a Canadá. Allí estuvieron unos meses hasta que se instalaron en California. Como tampoco la asignación económica que recibían era tan suculenta como ella habría pensado, enseguida decidieron dejar la familia real para poder firmar contratos comerciales. La prensa lo bautizó como el Megxit.

Harry y Meghan pensaban que triunfarían y, por lo que se sabe, aún lo piensan. Pero todo parece indicar que, cuatro años después de su espectacular boda, su estela se ha apagado.

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