La final entre España y Argentina llega cargada de simbolismo por tratarse de un partido de enorme impacto deportivo y político. La mirada está puesta también en el Mundial 2030 y en el peso institucional que rodea a FIFA y a los gobiernos implicados. Por ello, la expectativa sobre la presencia de líderes como el presidente argentino había crecido porque una foto en el palco podía unir deporte, diplomacia y proyección internacional en una misma escena.

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La cábala de Milei

Javier Milei ha cortado de raíz la posibilidad de estar en EE.UU para ver la final junto a Pedro Sánchez, Donald Trump y Gianni Infantino. Él mismo ha confirmando que seguirá el partido desde la Quinta de Olivos, la residencia presidencial, acompañado por su hermana. Según explicó en una entrevista radiofónica, no piensa alterar la costumbre que ha mantenido durante todo el torneo y no renunciará a lo que considera una cábala que le ha dado suerte a la selección.

El argumento principal es, literalmente, supersticioso. Milei ha asegurado que ve los partidos desde Olivos "como el primer día" y que no tiene intención de modificar ese ritual en la final. Según afirma, entiende que hacerlo podría romper una dinámica positiva para Argentina. En sus palabras, se trata de una "cábala", un término muy arraigado en la cultura futbolera argentina para describir hábitos, objetos o rutinas que se asocian a la buena suerte.

El presidente también contó una anécdota que reforzó esa idea. Dijo que durante el partido contra Suiza llevaba una chaqueta de la petrolera YPF, que pasó a formar parte de su ritual tras un momento en el que, según su relato, el equipo recibió un gol cuando se la quitó. Desde entonces, sostiene que no se la ha vuelto a sacar y que no piensa hacerlo ahora, precisamente en el encuentro más importante del torneo.

Ese detalle puede parecer extraño, pero en Argentina las cábalas forman parte del folclore futbolero y tienen mucho peso emocional. En un país donde el fútbol suele vivirse como una extensión de la identidad nacional, la insistencia de Javier Milei en preservar su ritual ayuda a explicar por qué prefiere quedarse en casa antes que viajar a Nueva Jersey.

Política y tradición

Más allá de la superstición, su decisión también tiene lectura política. El Gobierno no ofreció una explicación oficial más allá de la supuesta superstición, pero la ausencia encaja con una línea histórica de prudencia por parte de presidentes argentinos en finales mundialistas. Otras presidencias como las de Alberto Fernández y Cristina Fernández también evitaron viajar a las finales de Brasil 2014 y Qatar 2022, respectivamente.

A eso se suma que Milei ha querido dejar claro que no quiere que una posible victoria de Argentina quede asociada a la presencia de figuras políticas. Incluso ha puesto a disposición la Casa Rosada en caso de triunfo, pero con la idea de que el festejo no quede "apropiado" por la política. Esa postura le permite, por un lado, apoyar al equipo y, por otro, esquivar una fotografía de alto contenido simbólico junto a líderes internacionales.

El contexto, además, no es neutro. Javier Milei ha respaldado públicamente el gesto de los jugadores argentinos en semifinales respecto a las Malvinas. Este asunto, muy sensible en la política argentina, ha añadido una capa de tensión diplomática al entorno del partido. En ese marco, quedarse en Olivos también reduce el riesgo de que su presencia en Estados Unidos se convierta en un foco de polémica añadido.

Qué implica su ausencia

La no asistencia de Milei no cambia el papel de Argentina en la final, pero sí modifica el relato institucional alrededor del partido. En una cita donde sí se espera la presencia de otros actores relevantes, como Pedro Sánchez, la ausencia del presidente argentino evita una imagen bilateral o multilateral que podría haber dado mucho juego mediático. También deja todo el protagonismo a la selección y minimiza la posibilidad de que la política opaque la dimensión deportiva del encuentro.

Además, su decisión refleja una continuidad con la forma en que varios presidentes argentinos han gestionado este tipo de partidos. En lugar de convertir la final en una foto de Estado, eligen dejar que el resultado deportivo hable por sí mismo. Por ello, prefiere reservar la celebración para un entorno más controlado, como la Casa Rosada o la residencia presidencial.