La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ha anunciado este jueves que el organismo va a mantener los tipos de interés en el 2% por sexta reunión consecutiva. La decisión se produce pese a los "riesgos" derivados de la guerra en Irán, cuyo impacto económico en la Unión Europea "dependerá de la intensidad y duración del conflicto y de cómo los precios de la energía afecten al consumo". No obstante, en paralelo, el BCE ya ha empezado a contabilizar estos efectos: han elevado su proyección de inflación para 2026 desde el 1,9% estimado el pasado diciembre hasta el 2,6%, aunque este escenario constituye el más benigno de los tres que maneja el banco central. En el peor, con el barril de petróleo alcanzando los 145 dólares de media en el segundo trimestre de este año y el gas natural en 106 euros por MW/h, el organismo contempla que la inflación podría alcanzar el 4,8% este año.
Se trata de un incremento en las previsiones de siete décimas en el mejor escenario y de 2,9 puntos porcentuales en el peor, el mayor alza desde que la institución intentaba calcular el impacto en los precios de la invasión rusa en Ucrania. En concreto, en diciembre de 2022, el BCE elevó su previsión para 2023 en ocho décimas: desde el 5,5% de septiembre hasta el 6,3%. Entonces, los precios se encontraban ya tensionados previamente por los cuellos de botella generados por los confinamientos de la pandemia y, sobre este escenario, la invasión rusa en Ucrania asentó un nuevo golpe para el bolsillo de los ciudadanos. Con el corte en el suministro del gas ruso y la paralización comercial ucraniana (el 'granero' de Europa), las tasas del IPC (Índice de Precios al Consumo) alcanzaron el doble dígito durante 2022. De hecho, se consolidó como el año en el que la inflación media alcanzó su cota más alta desde 1986.
Guerra energética
En esta ocasión, el escenario es más favorable —aunque hay que tener en cuenta que el bolsillo de las familias se ha ido desgastando en los últimos años—. El último dato disponible (correspondiente a febrero) muestra que la inflación en el promedio de la zona euro se situaba por debajo del objetivo del 2% del BCE, en concreto en el 1,9%. No obstante, el conflicto en Oriente Medio no solo se está librando con ataques en bases militares, sino también en el campo energético.
Primero, con el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transitaba el 20% del petróleo transportado por mar. Ante ello, el Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria advierte que el estrecho representa "una arteria crítica del sistema económico global". "Un encarecimiento abrupto del petróleo se traslada a toda la estructura de costes de la economía", ya que lo primero en encarecerse es el transporte y este alza de precios, en el mundo globalizado, se traslada al resto de productos. Así, "se reduce el poder adquisitivo de los hogares y se contrae el consumo. Es, en esencia, un deterioro de renta real", concluyen desde el Observatorio.
Además, la guerra en Irán también se está librando con ataques en zonas energéticas estratégicas, lo que reduce todavía más el abastecimiento energético. Este mismo jueves, Irán ha atacado Ras Laffan Industrial City en Qatar, el mayor complejo de exportación de gas natural licuado (GNL) del mundo. El ataque, según ha confirmado el consejero delegado de la compañía, Saad al Kaabi, ha destruido el 17% de la capacidad total de producción de GNL del país, y las reparaciones necesarias podrían prolongarse entre tres y cinco años. Se trata de una pérdida sostenida, no de una interrupción temporal, lo que introduce una variable adicional de inestabilidad en los mercados energéticos.
Política monetaria en pausa
En este contexto, el BCE ha optado por seguir una estrategia de cautela, a la espera de comprobar hasta qué punto el shock energético termina trasladándose de forma estructural a la inflación. "Que el BCE pueda ignorar el 'shock de precios energéticos' o tenga que reaccionar ante el aumento de las expectativas de inflación dependerá de la magnitud y la persistencia de dicho shock, así como del riesgo de efectos de segunda ronda", explica Ulrike Kastens, economista sénior de DWS, quien apunta que, por el momento, la mejor opción sigue siendo "esperar y ver".
Una idea que comparten otros analistas. Irene Lauro, economista de Schroders, subraya que el verdadero dilema está en si el encarecimiento de la energía acaba contaminando los salarios y la inflación subyacente o, por el contrario, frena el crecimiento lo suficiente como para contener los precios. "Se trata de una hipótesis arriesgada", advierte, en un entorno en el que el BCE seguirá "dependiendo firmemente de los datos".
Con todo, el giro en las previsiones refleja ya un cambio de tono. Según Felix Feather, de Aberdeen Investments, la revisión al alza "apunta a la preocupación del banco por el resurgimiento de las presiones inflacionistas" y deja abierta la puerta a futuras subidas de tipos de interés si el conflicto se prolonga.
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