Pagar con tarjeta hace tiempo que dejó de ser únicamente una alternativa al efectivo. Para una parte del mercado que despierta un interés creciente, la pregunta ya no es solo si una tarjeta permite comprar ahora y pagar después, sino qué ofrece alrededor del pago: acceso a salas VIP, seguros, programas de fidelización, ventajas en viajes, servicios de asistencia o mejores condiciones cuando se utiliza en el extranjero.
Es el terreno de las llamadas tarjetas premium: productos con cuotas superiores a las de una tarjeta convencional, dirigidos a quienes están dispuestos a pagar más a cambio de servicios que realmente utilizan.
Las estadísticas oficiales españolas no separan las tarjetas premium como categoría independiente, así que no existe un dato público que permita fijar un ranking exacto de crecimiento por gamas. Sí hay, sin embargo, varios indicadores que apuntan en la misma dirección: España tiene cada vez más tarjetas, los segmentos de renta y patrimonio elevados están aumentando con fuerza y las entidades intensifican la competencia por ofrecerles servicios adicionales.
El Banco de España contabilizaba 126 millones de tarjetas de pago al cierre del segundo semestre de 2025, un 10,2% más que un año antes y el equivalente a unas 2,5 tarjetas por habitante. Los pagos con tarjeta representan ya cerca de dos de cada tres operaciones realizadas con instrumentos distintos del efectivo. El negocio ya no consiste solo en conseguir que el consumidor tenga una tarjeta: el reto está en lograr que elija una determinada para concentrar en ella su gasto.
Los viajes, el gran campo de batalla del mercado premium
Pocas categorías permiten diferenciar tanto una tarjeta como los viajes. El Barómetro de Pagos en el Sector Turismo 2026 de Mastercard calcula que los españoles que viajan al extranjero manejan un presupuesto medio de 1.926 euros por viaje, que el 64,3% conoce los servicios de asistencia y seguros asociados a sus tarjetas y que un 22% ya utiliza tarjetas específicas para viajar, sobre todo para obtener mejores condiciones de cambio y reducir comisiones.
Una sala VIP tiene poca importancia para quien toma un avión una vez cada dos años; para quien vuela dos veces al mes, la percepción cambia. Lo mismo sucede con un Fast Track, un seguro de viaje o la ausencia de comisión por cambio de divisa: el beneficio no cambia, lo que cambia es cuántas veces puede utilizarlo cada cliente.
Cuatro fuentes de valor detrás de la cuota de una tarjeta premium
Nuestras tarjetas tienen cuota, y preferimos explicar por qué. En productos como Iberia Zenit, propuesta de mayor nivel del catálogo de Iberia Cards, esa cuota —79 euros mensuales— financia principalmente cuatro tipos de valor:
Programas de fidelización. Una tarjeta premium suele mejorar el ratio al que se generan Avios, puntos o millas, y en el caso de las asociadas a un programa aéreo puede además dar acceso a un nivel superior dentro de ese programa, con los beneficios asociados a volar más veces al año.
Experiencia en el aeropuerto y en el viaje. Salas VIP, Fast Track, servicio concierge o mostradores prioritarios son beneficios que ganan valor cuantas más veces se usan: para quien vuela con frecuencia dejan de ser una ventaja ocasional y pasan a ser un servicio recurrente.
Seguros y protección. Las tarjetas premium suelen incorporar seguros de viaje, accidente o compras vinculados a las operaciones pagadas con la tarjeta. Su valor depende de que sustituyan pólizas que el titular contrataría igualmente, y siempre conviene revisar condiciones y exclusiones antes de dar por hecho una cobertura.
Condiciones para pagar fuera del euro. Para quien paga con frecuencia en otra moneda, la ausencia de comisión por cambio de divisa —con o sin límite anual, según el producto— puede convertirse en uno de los componentes económicos más relevantes de la tarjeta.
En productos con cuota, la pregunta útil no es cuánto cuesta la tarjeta, sino qué parte de esas cuatro fuentes de valor va a usar realmente cada titular. No existe una cifra de equilibrio única: cualquier cálculo honesto tiene que enseñar sus supuestos, es decir, qué gasto, qué producto y qué beneficios se han contado.
Cómo valorar la cuota de una tarjeta premium
Una cuota de 79 euros mensuales equivale a 948 euros durante doce meses. La cifra permite entender por qué este tipo de productos no puede analizarse con los mismos criterios que una tarjeta gratuita. El usuario debe hacer números: ¿cuántos viajes realiza al año? ¿utiliza salas VIP? ¿realiza pagos frecuentes en monedas distintas al euro? ¿contrataría por separado determinadas coberturas? ¿concentra suficiente gasto como para que la acumulación de recompensas tenga relevancia?
Cuantas más respuestas sean negativas, más difícil será justificar una cuota alta. Para un usuario que utiliza varias de esas prestaciones de forma recurrente, la comparación deja de producirse entre una tarjeta de 0 euros y otra de casi 1.000 euros al año, y pasa a producirse entre pagar una cuota integrada o asumir por separado determinados servicios y renunciar a otros.
Menos comisiones y más servicios internacionales
Las tarjetas destinadas a grandes viajeros compiten también en un área menos visible que una sala VIP, pero económicamente relevante: las divisas. Pagar una cena en Nueva York, un hotel en Tokio o una compra en Londres puede incorporar una comisión por cambio de moneda dependiendo de las condiciones de la tarjeta. Para quien viaja de forma ocasional la suma anual puede ser reducida; para quien pasa parte del año fuera de la zona euro, la variable empieza a tener otra dimensión. No sorprende que el estudio de Mastercard sitúe precisamente las mejores condiciones de cambio entre los principales motivos por los que los españoles recurren a tarjetas específicas durante sus viajes.
La experiencia pesa cada vez más
El crecimiento de estos servicios coincide con otro cambio en el consumo: una mayor disposición a gastar en experiencias. Un estudio publicado por Mastercard en julio de 2026 señala que el 46% de los españoles prevé incrementar su presupuesto destinado a experiencias respecto a 2025, con los viajes a la cabeza. Esta evolución ayuda a entender por qué las propuestas premium se alejan del catálogo estrictamente bancario: un servicio de restauración, un acceso aeroportuario o una ventaja hotelera pueden generar para ciertos clientes más diferenciación que una característica puramente financiera.
Premium no significa necesariamente exclusiva
También está cambiando el significado de exclusividad. La tarjeta premium tradicional estaba asociada casi automáticamente a criterios muy elevados de patrimonio o a relaciones de banca privada. El nuevo mercado es más amplio: existen productos con cuotas altas accesibles mediante solicitud y análisis individual, propuestas asociadas a determinadas rentas y tarjetas vinculadas al gasto. El elemento común ya no es tanto “pertenecer a un club cerrado” como estar dispuesto a pagar por una experiencia de mayor nivel y utilizarla lo suficiente. En el caso de Iberia Zenit, por ejemplo, las solicitudes están sujetas al correspondiente análisis y aprobación individual: no se trata de una tarjeta que deba describirse como un producto “por invitación”.
El verdadero negocio está en convertirse en la primera tarjeta de la cartera
España cerró 2025 con más tarjetas y más operaciones electrónicas: en el segundo semestre del año, el número de pagos con instrumentos distintos del efectivo aumentó un 10,8%, mientras el parque de tarjetas alcanzaba los 126 millones. Con una media de 2,5 tarjetas por persona, el reto para una entidad financiera ya no es solo emitir una más, sino conseguir que sea la que el cliente utiliza de verdad.
Ahí es donde entran las cuatro fuentes de valor: puntos, experiencia de viaje, seguros y condiciones de divisa funcionan como elementos de fidelización alrededor de una operación tan cotidiana como acercar una tarjeta —o un móvil— a un terminal. No existe todavía una estadística oficial que permita medir por separado cuánto crece en España la categoría premium frente al resto del mercado, pero el movimiento del sector apunta claramente hacia dónde se desplaza parte de la competencia: menos hacia el plástico y más hacia todo lo que ocurre alrededor de él.