Es el asesinato más cruel. El que a la muerte suma la desaparición, el que arrebata al ser querido y el consuelo de poderle llorar ante su tumba. A menudo oculta venganzas, discrepancias extremas, errores mortales o extorsiones frustradas de la peor de las maneras. En España la historia de la violencia terrorista de todo signo acumula casos que siguen en ese oscuro limbo de los asesinados desaparecidos. Algunos llevan ahí más de medio siglo y hoy también el calendario sumará un día más sin rastro de donde fueron enterrados.
Al ex miembro de la dirección de ETA en 1980, Eduardo Moreno Bergaretxe, ‘Pertur’, se le perdió el rastro en San Juan de Luz. Al empresario Publio Cordón en Zaragoza la mañana del 27 de junio de 1995. Sobre los tres jóvenes gallegos Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García el rastro se desdibujó en la frontera de Irún el 24 de mayo de 1973. A ‘Naparra’, José Miguel Etxeberria, miembro de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, la última vez que se le vio fue el 11 de junio de 1980, cuando se dirigía a un encuentro para negociar la compra de armas a un narcotraficante.
De todos ellos hoy no hay ni rastro de dónde depositaron sus restos quienes acabaron con su vida. Sobre cómo fue su final, sobre la autoría, en algunos casos ni siquiera existen datos suficientes como para sostener una única hipótesis de lo ocurrido. Cuando el IRA dejó las armas reconoció 16 desaparecidos. Hoy tan sólo quedan cuatro. En nuestro país son seis y sus familias exigen seguir trabajando para encontrarlos y poder cerrar la herida.
Casos resueltos: del búnker a la cal viva
Hay casos de desaparecidos que finalmente tuvieron el consuelo que otros aún reclaman. El 3 de abril de 1976 los policías José Luis Martínez Martínez y José María González Ituero tenían fiesta. Decidieron que era un buen día para cruzar la frontera de Irún e ir al cine a Hendaya. Es lo último que se supo de ellos. Permanecieron desaparecidos un año hasta que sus cuerpos aparecieron por casualidad en una playa de Anglet. Un grupo de jóvenes se introdujo en un búnker y encontró allí los restos de los dos agentes de 30 y 25 años. Estaban maniatados y con mutilaciones en los dedos. La autopsia reveló que habían sido torturados y disparados a quemarropa.
El caso de José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala es otra de las desapariciones provocadas por el terrorismo que sí pudo ser resuelta. En 1983 los dos jóvenes de 18 años, a los que se vinculaba con ETA, fueron secuestrados y torturados hasta la muerte. Su muerte fue la primera de las acciones de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), la principal organización de la llamada ‘guerra sucia’ del Estado contra ETA. Sus restos fueron encontrados en Alicante, bajo un manto de cal, en 1985 pero no fueron identificados y entregados a sus familias hasta 1995.
El Centro Memorial del Terrorismo muestra desde hoy la historia de los desaparecidos que han dejado décadas de violencia terrorista en nuestro país. ‘Ausencias presentes’ es la muestra diseñada por la sobrina de Humberto Fouz, Marta Rodríguez Fouz. Como comisaria de la exposición, destaca que recordar a los desaparecidos es un modo de subrayar que hay heridas “que siguen abiertas” y que merecen ser recordadas y visibilizadas: “De algún modo, estamos ante delitos permanentes”.
La purga de 'Pertur'
Además de relatar la historia de lo sucedido, o de lo que se conoce de lo ocurrido, en ‘Ausencias presentes’ se puede descubrir el lado más personal de la historia de nombres que, de algún modo, se han convertido en sucesos cronificados en el tiempo. La guitarra de Eduardo Moreno Bergaretxe, ‘Pertur’, con la que tocaba en misa, con la que imitaba a los ‘Beatles’ y que su pareja, Lourdes Auzmendi, exmilitante de ETA en los años 70, entregó a los padres de Bergaretxe, Maite y Álvaro, cuando regresó del ‘exilio’ tras la recuperación de la democracia: “Les entregué la guitarra para que la guardaran, era un modo de reconfortarse con la pérdida de su hijo”.
La de ‘Pertur’ fue una desaparición que marcó a ETA. Aquel joven de 25 años había demostrado capacidad de reflexión e intelectual como para liderar los caminos de la lucha antifranquista que la banda encabezó durante el final de la dictadura. Pero ‘Pertur’ creía acabado ese tiempo, llegada la hora de relegar la violencia y apostar por la política en democracia. El sector duro de ETA, los ‘komando bereziak’ (Comandos especiales) no compartían aquellas tesis que reflejó en la ponencia ‘Otsagabia’.
El rastro de ‘Pertur’ se pierde el 23 de julio de 1976 en San Juan de Luz subiéndose en un coche camino a Hendaya junto a Miguel Ángel Apalategi ‘Apala’ y Francisco Múgica Garmendia ‘Pakito’, los miembros más destacados de los ‘bereziak’. Sólo días antes también había sido secuestrado por miembros de los ‘bereziak’ para que no acudiera a una reunión de dirigentes de ETA para abordar el secuestro y asesinato del empresario Ángel Berazadi.
'Naparra' y la psicosis de la frontera
El caso de José Miguel Etxeberria, ‘Naparra’, guarda parecidos. El modo jerárquico en el que operaba ETA a finales de los 70 no le gustaba. Partidario de un modelo más asambleario, lideró la creación de los llamados Comandos Autónomos Anticapitalistas, una suerte de escisión ‘asamblearia’ de ETA. Entre 1978 y 1985 los CAA causaron 32 asesinatos y 22 heridos en sus 104 atentados.
En el inicio de aquella nueva estructura, ‘Naparra’ buscó apoyo en un narcotraficante que en ETA les había suministrado armas. Compartir ‘proveedor’ no fue bien visto por sus excompañeros de banda. El 11 de junio de 1980 acudió en un Simca 1100, junto a otro militante para negociar armas con el narcotraficante que ETA le había ‘vetado’. Tenía 22 años y nunca más se supo de él. Hoy, décadas después, las tesis sobre lo ocurrido pasan por acusar a los ‘bereziak’ de su desaparición o por dar credibilidad a las reivindicaciones del Batallón Vasco Español que llegó a dar hasta dos posibles localizaciones de su cuerpo en San Juan de Luz y en Las Landas francesas, ambas falsas.
En marzo de 1973 quedaban diez meses para que ETA cometiera el asesinato del presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco. La preparación de aquel complejo atentado y las dudas sobre su ejecución habían sumido a ETA en una suerte de psicosis sobre la vigilancia policial que les sobrevolaba. Fue en este contexto en el que el 24 de marzo de aquel año los tres jóvenes gallegos que habían emigrado a Irún en busca de trabajo decidieron cruzar la frontera.
El error fatal de los tres gallegos y Publio Cordón
Humberto Fouz ya había logrado trabajo en una empresa de transportes y Fernando Quiroga en las oficinas de la Aduana. Jorge García acababa de llegar y aún no tenía empleo. La cercanía de Francia les permitía sortear la censura franquista y viajar a Hendaya para ver la película prohibida en España ‘El último tango en París’. Viajarían en el coche Austin 1300 recién comprado de Humberto.
Probablemente fue el acento y su modo de vestir lo que les delató como gallegos, ‘gente venida de fuera’. En aquel País Vasco francés repleto de miembros de ETA y convertido en refugio de etarras, hubo quien los identificó erróneamente como policías. Fue su sentencia de muerte, la que llevó a los terroristas a secuestrarles, torturarlos y asesinarlos. Nunca más se supo de ellos.
A Publio Cordón lo secuestraron una mañana que salía a correr junto a sus perros. A sus 60 años, a este empresario aragonés, propietario del Grupo Hospitalario Quirón y de Previasa, el Grapo decidió secuestrarlo para pedir un rescate. La mañana del 27 de junio de 1995 varios miembros del Grupo de Resistencia Antifascista Primero de Octubre lo capturaron y lo trasladaron hasta Lyon. Poco después reclamaron 1.000 millones de pesetas como rescate para su liberación. La familia accedió a abonar 400 millones. El pago se efectuó pero Publio nunca más apareció.
Los treinta años transcurridos han sido una sucesión de bulos, como el de que huyó a Latinoamérica por deudas, o falsas ubicaciones de su cuerpo dadas por miembros del Grapo. El piso en el que estuvo secuestrado sí se pudo localizar. Allí se descubrió que Cordón había marcado en la puerta de un armario una muesca por cada día que pasó: había 15. Tres personas fueron condenadas a 27 años de cárcel: Fernando Silva Sande, Enrique Cuadra, José Ortín y Concepción González, además de los propietarios de la casa, José Antonio Ramón Teijelo y María Victoria Gómez.
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