España vive uno de esos escasos momentos de unanimidad que solo el deporte parece hacer posible en este país escindido. La selección española de fútbol ha llegado a la final del Mundial, y la inexplicable pasión que despierta la Copa del Mundo, capaz de enardecer cada cuatro años incluso a quienes no son aficionados, ha obrado el milagro de la unidad, esa virtud que el equipo modélico de Luis de la Fuente representa como pocos.
Por primera vez, la realidad diversa de la España actual se refleja en la selección. Futbolistas como Nico Williams o su estrella incipiente, Lamine Yamal, proyectan en el equipo nacional los cambios en la estructura social y demográfica después de tres décadas de flujo migratorio. En 1994, el año que España cayó en cuartos de final ante Italia en el primer Mundial de Estados Unidos, la cifra de extranjeros con tarjeta de residencia no llegaba al medio millón –461.364 personas, algo más del 1,17 por ciento de la población–. En 2026, por primera vez, España ha superado los 10 millones de residentes nacidos en el extranjero, algo más del 20 por ciento de la población total. Y muchos de sus hijos nacidos aquí –como Williams o Yamal– son españoles de pleno derecho.
"En esta España de colores tan vivos cabemos tod@s. Son los colores de la España plural y progresista que no teme a su propia diversidad", escribía Javier Bardem en su cuenta de Instagram el pasado 6 de julio tras presenciar en Dallas la victoria ante Portugal en octavos de final. El actor no desaprovechó la oportunidad de hacer uno de sus encendidos alegatos políticos a costa del triunfo nacional. "El patriotismo más sólido no consiste en imponer una única forma de entender el país, sino en trabajar para que todas las personas puedan vivir con dignidad, libertad e igualdad de oportunidades. Esa es la España que merece ser defendida: una España abierta, inclusiva, cultural y socialmente fuerte y profundamente democrática".
Las intencionalidad política de las palabras de Bardem es inequívoca en tiempos de prioridad nacional y con una problemática regularización de inmigrantes en marcha. Hasta la fecha, y salvo episodios excepcionales como los de hace un año en Torre-Pacheco, donde la población de origen marroquí se acerca al 30 por ciento, la sociedad española ha asimilado la llegada de inmigrantes con relativa naturalidad. Pero la España de colores que pinta Bardem tiene sus problemas; muchos problemas. Ningún país europeo, ni siquiera Italia, ha experimentado un cambio demográfico equivalente en tan poco tiempo. Y las consecuencias han acabado haciendo mella en el cuerpo electoral. Así, Aliança Catalana se dispara en intención de voto en Cataluña fagocitando a Junts y Vox sigue condicionando la agenda de los gobiernos autonómicos pactados con el PP esgrimiendo la cuestión migratoria.
Pese a todo, España no manifiesta ninguna aversión a su selección "de colores tan vivos", más bien al contrario. Pero también acepta con naturalidad la opinión de Mariano Rajoy, que en su columna deportiva previa a la semifinal escribió que Francia era una selección "sin franceses", en referencia indirecta al color de la piel de la mayoría de jugadores. Muchos defendieron la "ironía" del expresidente, el propio Rajoy se negó a disculparse, pero sus palabras y el tibio rechazo que han merecido en nuestro país demuestran que España no es capaz de reconocer en el crisol racial francés su propia diversidad.
¿Qué es ser español?
El artículo 11.1 de la Constitución dice que "la nacionalidad española se adquiere, se conserva y se pierde de acuerdo con lo establecido por la ley". Y esa ley, básicamente, es el Código Civil, que en sus artículos 17 al 28 estipula las condiciones para adquirir –o perder– la ciudadanía española. La vía de adquisión primera y fundamental es por nacimiento: por haber nacido en España o por ser hijo de españoles en el extranjero. Pueden, además, ser españoles por opción, entre otros, los hijos de padres originalmente españoles que cambiaron de nacionalidad. Y ahora, también, merced a la Ley de Memoria Democrática, los hijos y nietos de españoles que se exiliaron por motivos políticos, ideológicos o religiosos durante la Guerra Civil y la dictadura.
Hay otros supuestos –mediante carta de naturaleza otorgada discrecional y excepcionalmente por el Gobierno, por ejemplo–, pero la otra vía principal de adquisión de ciudadanía es por residencia, y requiere vivir continuada y legalmente en España durante al menos diez años. El plazo se reduce a cinco para refugiados y apátridas y a dos para ciudadanos de Iberoamérica, Portugal, Andorra, Filipinas, Guinea Ecuatorial –el caso de la madre de Lamine Yamal– y de origen sefardí. Pero se reserva un plazo súper reducido de un año para personas casadas con un ciudadano español, viudos, hijos o nietos y personas bajo tutela, guarda o acogimento de un ciudadano español durante dos años consecutivos. Para optar a cualquiera de estos supuestos, el ordenamiento exige que la residencia sea legal y continuada en el periodo previo inmediatamente anterior a la solicitud, así como la superación de los exámenes oficiales de integración: la prueba de conocimientos constitucionales y socioculturales y, para los solicitantes no hispanohablantes, el examen de idioma A2.
En cuanto a los nacidos en España de padres extranjeros, no son automáticamente españoles. Al contrario que en Estados Unidos, donde el Supremo ha salvaguardado recientemente el derecho de ciudadanía por nacimiento, en España prevalece el llamado ius sanguinis frente al ius soli, de tal modo que los recién nacidos son inscritos en el Registro Civil con la nacionalidad de sus progenitores, salvo en casos de menores de filiación desconocida o si los padres son de países cuyas leyes no otorgan la nacionalidad a los hijos nacidos en el extranjero. Aquellos progenitores con residencia legal en España que deseen que su hijo tenga la nacionalidad española pueden solicitarla un año después de que el bebé haya obtenido la tarjeta de residencia. Es decir, los nacidos en España de residentes extranjeros pueden beneficiarse del plazo súper reducido de un año para obtener la ciudadanía.
Un país distinto
Desde el año 2009 hasta finales de 2025, un total de 2.334.713 extranjeros obtuvieron la nacionalidad española tras haber sido residentes legales previamente. Solo en 2025 se nacionalizaron por residencia 221.176 personas, de los cuales 35.197 eran menores o jóvenes nacidos en territorio español de padres extranjeros. Uno de cada tres niños nacidos en suelo español –el año pasado hubo en España 321.164 nacimientos– tiene una madre de origen extranjero, aunque en algunas regiones la proporción supera el 50 por ciento.
Con estos datos, parece claro que la selección española del futuro se parecerá cada vez más a la selección francesa "sin franceses" con la que ironiza Rajoy. Y para entonces, el país deberá haber acomodado su conciencia nacional a su nueva realidad. España se forjó en el empeño de no ser moros tras siete siglos de lucha contra el Islam. Menéndez Pelayo sentenció que ser español era ser católico. Y lo cierto es que esa identificación renovada periódicamente explica buena parte de nuestra historia, de la contrarreforma al nacionalcatolicismo, y hasta el chiste sin gracia de Rajoy. Bajo ese sustrato religioso ha viajado el prejuicio étnico. Los certificados de limpieza de sangre pervivieron hasta bien entrado el XIX. A finales de siglo, los nacionalismos catalán y vasco florecieron señalando su superioridad racial respecto a los "africanos" del resto de la península. Y todavía quedaron ganas a comienzos del XX de llamar Fiesta de la Raza al día nacional.
Hace poco más de 20 años, España era un país aparentemente homogéneo, donde apenas había otros, y que soñaba con una prosperidad indefinida e inevitable. Hoy, ese sueño de prosperidad se ha roto después de sucesivas crisis, y entre tanto han llegado a nuestro país millones de personas de América y África, con una disposición variable a la integración pero con la confianza de que aquí hay un futuro para ellos. Conciliar la frustración de unos y la esperanza de otros, con un Estado desbordado, un Gobierno bloqueado y una sociedad polarizada, es un reto mayúsculo pero necesario.