Miguel de Unamuno describió, en una crónica del desaparecido periódico Ahora de finales de 1933, a los jóvenes que iban a actos de partidos políticos radicales como «chiquillos que juegan a la violencia», como mozalbetes que, al entrar al lugar, preguntaban poco menos que «¿A quién hay que odiar?», para saber qué gritar. «Con tal de gritar, lo mismo les da». Los contemporáneos de ese espíritu ya no necesitan ir a Casas del Pueblo o a sedes con yugos y flechas para saber a quién odiar, porque esa información la encuentran en los medios de comunicación que tratan temas de actualidad.
De un tiempo a esta parte es innegable que el eje central de casi todo programa de opinión y análisis de actualidad se resume en decir qué clase de desgracias ocurren en estos tiempos y quién es el culpable de dichas desgracias, para que los espectadores sepan qué cara odiar, qué cargo ocupa y por qué deben despreciarlo. En este aspecto, tener a una víctima de algún tipo de situación que enseñar al público y, acto seguido, enseñar el rostro del malo al que se culpe de la situación es la estructura más efectiva de cualquier espacio.
En ocasiones son villanos de hoja perenne: Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso o Donald Trump son los tres más recurrentes, habiendo medios que componen escaletas para explicar por qué debemos odiar hoy a Sánchez, a Ayuso o a Trump; aunque, en otras ocasiones, son villanos de hoja caduca, a los que se odia durante unos días y que a la semana vuelven al olvido.
El caso de Mari Carmen Abascal era ideal para esta situación, dado que era la víctima perfecta. Y ofrecía muchas posibilidades para los argumentarios de distintos medios para, a partir de su desgracia, tener a quién odiar.
Odiar a Isabel Díaz Ayuso. La vivienda de la mujer estaba en la Comunidad de Madrid, cuna del fascismo y de Isabel Díaz Ayuso, cuyo equipo de Gobierno tiene dinero para comprar áticos en maniobras opacas que ni sus más afines pelotas han sido capaces de explicar y, en cambio, no lo tiene para ayudar a una pobre anciana desahuciada.
Odiar a Pedro Sánchez. Es el presidente del Gobierno que ahora se preocupa de la vivienda, pero que lleva ocho años en el poder sin haber tomado ninguna medida relevante que evite los desahucios o que permita que haya viviendas asequibles para gran parte de la ciudadanía.
Odiar a Felipe González y a Boyer. También han aparecido argumentarios que han centrado el odio en el Gobierno de Felipe González por ser el padre de la legislación contra la subrogación de la vivienda, algo muy utilizado por ayusistas para tratar de exonerar a su presidenta y al PP. Eso sí, no se ponían de acuerdo sobre cuál de las leyes. Unos lo centraban en la de Miguel Boyer de 1985, pero otros preferían la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994, más útil esta última porque así podían odiar a Ángeles Amador, que era ministra entonces y, de regalo, podían odiar a Bustinduy, que es ministro ahora.
Odiar a Francisco Franco. El comodín de Franco también está presente, ya que gran parte de este embolado viene de la legislación de 1956 sobre subrogación. Así también se puede odiar un poco al dictador por esto, recordando, además, que sus leyes eran muy machistas. Eso sí, tendrán que pasar de puntillas por el molesto hecho de que, en algunos aspectos, aquella tiranía parecía tener más acentuada la ayuda a los inquilinos que sus sucesoras.
Odiar a los propietarios de la vivienda. Los hermanos Alonso, dueños de la vivienda que ganaron el juicio que provocó el desahucio, fueron elevados a la categoría de grandes fondos buitre por sus odiadores, aunque los medios no se ponían de acuerdo sobre lo muy buitre o poco buitre que era aquello o sobre si se trataba de una pyme. Eso sí, todo detalle aquellos medios como El País, que les dedicaban reportajes y artículos de opinión con nombre completo y dos apellidos. Más efectivo hubiera sido si les hubieran añadido fotos de frente y de perfil.
Odiar a los del Sindicato de Inquilinas. Una parte de los medios ha decidido señalar como elemento a odiar al Sindicato de Inquilinas, cuyos miembros serían los verdaderos culpables de que Mari Carmen Abascal hubiera acabado tan mal, al haberla utilizado, instrumentalizado y hundido. Y, según algún tertuliano, «algo le habrán ofrecido». Aunque, con 87 años, no sé qué más puede desear una mujer que un poco de paz.
Odiar a la propia Mari Carmen. Tampoco han faltado emisores de opinión y creadores de contenido que han convertido en el centro del ataque a la propia Mari Carmen, señalada como una aprovechada que quería mantener una situación de privilegio ilegal que ya no le correspondía.
Por tanto, una situación que permite odiar en todas direcciones, a gusto del consumidor, con una facilidad que, a lo mejor, no tenían los mozalbetes de los que hablaba Unamuno. Ahora uno elige a quién quiere odiar y solo tiene que escoger el medio adecuado para que le suministren el pertinente argumentario con el que poder odiar a gusto.
A algunos programas se les iba de las manos su circo del odio. En una tertulia de Mediaset, una señora arremetía contra Mari Carmen para reivindicar a Olga, otra mujer desahuciada antes que ella, pero en Cataluña en lugar de Madrid, que se quitó la vida sin que los medios le dieran demasiada importancia, salvo los de una línea muy determinada. Si en su día vimos el estomagante enfrentamiento entre asociaciones de víctimas del terrorismo de 2005-2007, algunos ahora plantean enfrentamientos entre desahuciados.
Pero lo sorprendente es ver cómo el espectáculo derivaba en una especie de concurso entre los tertulianos para determinar quién tenía más sensibilidad: si la que se preocupaba más por Olga o los que se preocupaban más por Mari Carmen. Impactó escuchar cómo un tertuliano se refería a Olga como «tu amiga», dirigiéndose a la tertuliana que la reivindicaba, u oír a otro tertuliano afearle que estuviera tan pendiente de la de Cataluña que no era capaz de dedicar tiempo a preocuparse por las de Madrid. Hablaban de las víctimas de desahucios con el mismo tono con el que El Chiringuito habla de los arbitrajes de un derbi, y hasta con algún tertuliano común. Le faltaba una palabra al título del programa: Vamos a ver odio. Aunque, en este caso, el odio parecía sentirlo los tertulianos entre sí.
Unas horas después, en el mismo grupo mediático, un exdiputado y exsenador calificaba de «fascista» a un tertuliano rival, también exdiputado y exejecutivo de una importante multinacional, que le respondía con gran nivel: «fascista tu abuela, imbécil rojo de mierda».
Ya sabemos lo que son los medios y a qué se dedican; el show forma parte del mundo mediático. Solo sería deseable que, si se dedican a suministrar argumentarios sobre a quién despreciar, al menos luego no salgan con esas cursiladas de que «el periodismo combate el odio», para que quienes busquen un mínimo de coherencia no sientan arcadas.
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