¿Qué nos empuja a buscar una explicación para cada cosa que pasa en nuestra vida? A medio camino entre la angustia de Sábato en El túnel y la lúcida renuncia de Antonio Gala —quien afirmaba que ser feliz exige darse cuenta de que nada es tan importante—, asoma la trampa de la ansiedad, que nace de la obsesión por dar respuesta a todas las preguntas. Y dominarlas. Paradójicamente, cuanto más irracionales y aciagas sean, más nos aferramos a ellas, como si ensayar el desastre nos blindara ante la tragedia.
La ansiedad puede comprenderse a través de la teoría de la intolerancia a la incertidumbre —desarrollada por Michel Dugas, Robert Ladouceur y Mark Freeston—, que define nuestra incapacidad para convivir con lo impredecible. La incomodidad ante la falta de certezas parece empezar a ganar terreno entre los jóvenes, ¿o es que se le está empezando a poner nombre a un malestar históricamente mudo? El reflejo del lastre cobra vida en los datos del Centro Reina Sofía que revelan que el 54,7% de los jóvenes que afirman haber sufrido algún problema de salud mental en el último año. Los trastornos de ansiedad figuran entre los más habituales y, además, son los únicos que continúan creciendo respecto a años anteriores. Unas cifras que permiten tomarle el pulso a una generación cuyo malestar ya no puede despacharse como algo anecdótico.
Una generación que aprende a vivir ansiosa aprende a limitar su vida
Pero ¿qué ocurre realmente en la cabeza de una persona con ansiedad? ¿Qué mecanismos convierten la incertidumbre cotidiana en una amenaza y por qué, a veces, la mente parece empeñada en imaginar precisamente aquello que más teme?
Las personas con ansiedad perciben el mundo como algo peligroso
La ansiedad no es un fenómeno puramente mental, sino una reacción multidimensional que afecta todo el organismo. Vanessa Fernández, doctora en Psicología, explica que esta emoción es una ''respuesta emocional normal y natural, la tenemos todo el mundo y aparece ante situaciones que interpretamos, aunque no lo sean, como amenazantes''. En el plano físico, el cuerpo reacciona con tensión, sudoración y un incremento de las frecuencias cardíaca y respiratoria. Sin embargo, es en el plano cognitivo donde la mente empieza a tejer una red de la que es difícil escapar: cuando esta se ve desbordada, el pensamiento se enfoca de manera obsesiva en la amenaza, magnificando los errores, anticipando catástrofes y minimizando la propia capacidad para afrontar los problemas.
En palabras de la doctora Fernández, ''la persona con ansiedad va a percibir el mundo de una manera peligrosa. Entonces, al percibir una situación como hostil, aparecerá un círculo vicioso en el que el cerebro creerá todo lo que le estás diciendo y liberará más ansiedad''. Esta distorsión no solo altera la percepción de la realidad, sino que paraliza la capacidad de reacción del individuo: el ansioso se bloquea, habla de manera entrecortada y evita de manera sistemática aquellas situaciones que percibe como conflictivas.
Una generación que no tolera el fracaso
Pero la ansiedad –esa que te impide adaptarte a lo que se escapa de tu zona de confort– domina la capacidad de amoldarse a las nuevas realidades; la patología de las nuevas generaciones ya no se circunscribe a hitos vitales concretos y delimitados en el tiempo, como podían ser los exámenes o la emancipación. Marina Díaz Marsá, psiquiatra y presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, señala que nos encontramos ante un malestar mucho más difuso, crónico y anticipatorio, alimentado por la exposición digital permanente, la incertidumbre y la autoexigencia multidimensional.
La doctora Díaz Marsá advierte sobre el impacto de este estado de alerta sostenido en el tiempo y afirma de manera contundente que ''una generación que aprende a vivir ansiosa aprende a limitar su vida''. Este límite se traduce clínicamente en somatizaciones tempranas, una preocupante intolerancia a la frustración y a la incertidumbre. Según la experta, esto es consecuencia directa de un modelo educativo y social que ha reducido las oportunidades para experimentar el fracaso controlado y que, en cambio, refuerza la inmediatez a través de la tecnología.
Tiranía y frivolidad en redes sociales
En este escenario, las redes sociales no actúan como una causa única, pero sí como un amplificador de las inseguridades y de la necesidad de aprobación externa. El cerebro adolescente, biológicamente sensible a la evaluación social, se ve expuesto a un triángulo lesivo para la autoestima: la comparación constante, la búsqueda de validación mediante likes y la exposición a vidas idealizadas; una idea apoyada por Rita, una paciente de salud mental con ansiedad crónica que cuenta a El Independiente lo frustrante que es no poder alcanzar nunca los estándares que se venden en las redes sociales: "No hablo solo de belleza, que al final es algo subjetivo. Hablo del ritmo de vida que parece llevar todo el mundo, de todos los libros que parecen tener tiempo para leer, de los sábados que salen a comer fuera, de las tres carreras y los dos másteres que tienen. De lo normalizado que está ese supuesto éxito que vemos constantemente y que, muchas veces, no es más que una fachada: una imagen de perfección que tiene poco que ver con la realidad y que esconde vidas mucho más complicadas de las que nadie habla".
Por su parte, Alberto Veira Ramos, profesor de Sociología en la UC3M, coincide en el impacto nocivo de esta hiperconexión y en cómo la pérdida de control sobre el propio tiempo libre se convierte en un caldo de cultivo para el malestar. El sociólogo reflexiona sobre las dinámicas de comparación que imperan en la actualidad y destaca que ''nos estamos continuamente comparando con la versión edulcorada que los demás suben de sí mismos a las redes. Eso no pasaba antes''. Esta tiranía de la felicidad obligatoria y del éxito empaquetado se convierte, según el experto, en una auténtica losa para el desarrollo de los jóvenes.
"Más Platón y menos Prozac"
A pesar del incremento en las consultas, los expertos coinciden en que una mayor alfabetización en salud mental ha permitido que los jóvenes identifiquen antes el sufrimiento y dejen de padecerlo en silencio, lo cual representa un avance social significativo.
Sin embargo, la respuesta a este problema no debe limitarse a la vía farmacológica. El consumo de ansiolíticos ha aumentado, y el uso prolongado de benzodiacepinas durante más de 4 semanas genera tolerancia, dependencia e interfiere directamente en el aprendizaje a la hora de elaborar estrategias para afrontar la ansiedad desde el plano mental y no químico.
Lejos de criminalizar la medicación –siempre que haya sido prescrita– faltan herramientas de autorregulación emocional y de autoconocimiento. En su análisis, Veira sugiere volver la mirada, también, hacia disciplinas tradicionales y formativas, señalando que ''en el sistema educativo se está dejando de enseñar herramientas de los filósofos clásicos para controlar el temperamento propio, las propias emociones y gestionar nuestros propios miedos''. Cita, en este sentido, el título de una obra de Lou Marinoff, "Más Plantón y menos Prozac" y alude a corrientes como el estoicismo, que ofrecen recursos valiosos para reducir la vulnerabilidad ante las opiniones ajenas y fortalecer la confianza en uno mismo.
Aprender a gestionar el tiempo, establecer rutinas saludables, asegurar la presencia y el apoyo familiar sin caer en la sobreprotección, y aprender a poner límites en las relaciones personales se perfilan como los pilares fundamentales para desactivar la alerta constante. Solo así se permitirá que los jóvenes se desprendan, de manera saludable, de la asfixiante máscara de la perfección. Quizá la verdadera renuncia de la que hablaba Antonio Gala no sea dejar de aspirar a más, sino dejar de vivir como si nunca fuéramos suficientes.
Te puede interesar