“Usted es agua. Nosotros somos agua. Vivimos nueve meses en el agua, en el vientre de nuestra madre. Nacimos con agua y nos lavaron con agua. Todos somos agua”, explica Héctor Fuentes. Es noche cerrada en la selva de Matavén, en el extremo oriental de Colombia, en la frontera con Venezuela. Para llegar hasta Héctor y su hogar hay que hacerlo en barca, en un paisaje anegado cada año por la crecida del río Matavén, afluente directo del inmenso Orinoco. En el último tramo del periplo, la capa de agua resulta tan fina que el único modo de avanzar es a pie. Descalzo. En contacto con el torrente.

Los miembros de la extensa familia de Héctor, representantes de la tribu de los Piaroa, se mueven como peces en el agua por La Urbana, la comunidad que fundaron su padre Pancho, ya fallecido, y sus dos esposas. Es un páramo apacible plantado en un claro en medio de la floresta. Un lugar recóndito y aislado al que se accede desde Puerto Inírida, la capital del departamento de Guainía, en plena Amazonía–Orinoquía. Para llegar hasta el poblado, con sus cazas de madera desperdigadas alrededor de un espacio central que sirve de campo de fútbol y lugar de reunión se necesitan cinco horas de viaje en lancha rápida, surcando el entramado de cañones y ríos que llevan hasta el Orinoco.

En La Urbana y las aldeas cercanas -que conforman el Resguardo Gran Selva de Matavén (Vichada) y donde alrededor de un millar de piaroas conviven con otros pueblos indígenas como los Sikuani, los Curripaco o los Puinave-, el agua no es exclusivamente un recurso ni un problema ambiental: es el principio que ordena la vida, el territorio y su visión del mundo. En su lengua, el agua se nombra como “ñä”, una palabra breve que no designa sólo una sustancia, sino una red de relaciones donde humanos, animales, plantas y espíritus comparten un mismo espacio.

Barcas a unos metros de La Urbana, la comunidad piaroa. | Francisco Carrión

Un mundo de ríos y caños amenazado

Y ese mundo —construido durante generaciones sobre la esencia del agua— ha comenzado a resquebrajarse. Matavén es un territorio donde la geografía no se entiende sin la hidrología. Ríos, caños y lagunas no delimitan el paisaje: lo estructuran. Las sabanas se inundan durante meses -engullendo temporalmente la vegetación-; los bosques se adaptan a ese pulso; y las comunidades han aprendido a vivir en función de un calendario marcado por las crecidas y los descensos. No es un territorio que sufra las inundaciones. Es un territorio que existe gracias a ellas.

Vista aérea de las inundaciones en La Urbana. | Cedida

Pero ese equilibrio, siempre frágil, se ha vuelto inestable. El régimen del agua —ese sistema aparentemente predecible— ha empezado a fallar. A comportarse de un modo extraño, empujado por los espasmos del cambio climático. “Los cambios que impactan con el cambio climático son las inundaciones, que en el pasado nunca se presenciaban. Y también cambia el calendario ecológico de las actividades y el sistema de reproducción de los peces y animales”, explica a este diario Eneido Fuentes, líder comunitario, mientras recorre su aldea. Habla sin dramatismo, como quien constata una evidencia padecida durante los últimos años. “Ya las fechas de las actividades agrícolas no son las mismas. A veces el invierno es más fuerte y hay veces que el verano se adelanta o se atrasa”.

Informes del colombiano Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales lo denominan  “variabilidad climática” o “alteración del régimen hidrológico”. Entre los Piaroa, el fenómeno es más complejo: el conocimiento transmitido durante generaciones —ese calendario invisible que organizaba su existencia y que había sido heredado de las generaciones previas— ha dejado de ser fiable.

Para la tribu indígena de Héctor y Eneido, el agua no es un objeto que se utiliza, sino un elemento central. Un espacio habitado. En el sistema de caños y ríos de Matavén —al que describen como “el corazón de la salud”— residen los dueños espirituales de los animales y de las plantas. El mundo no se divide entre naturaleza y cultura. Se organiza en una red de relaciones vivas en la que el agua conecta todo. “Nosotros entendemos que son cosas de la naturaleza. Ella también tiene sus espíritus y esos son como reclamos por el mal uso que se le ha dado”, arguye Eneido a propósito del cambio climático al que tampoco ellos son ajenos. “Es un llamado para que prestemos atención”, apostilla.

Nosotros entendemos que son cosas de la naturaleza. Ella también tiene sus espíritus y esos son como reclamos por el mal uso que se le ha dado

Esa relación, ahora malherida en una de las fronteras más sensibles del planeta, no resulta solo simbólica. Es práctica, cotidiana y también espiritual. En la cosmología piaroa, el agua transporta conocimiento. Los chamanes la utilizan para “guardar” cantos y palabras, convirtiéndola en un vehículo de protección frente a enfermedades o desequilibrios. El agua no solo limpia: contiene, transmite y actúa. Puede curar, pero también puede dañar si el equilibrio se rompe.

Imagen de la Selva de Matavén, en una de las crecidas anuales. | Cedida

Inundación cada vez más frecuentes

Ese equilibrio es precisamente lo que está en juego. Durante décadas, la comunidad de La Urbana nunca había experimentado una inundación. Hasta 2018. “Fue muy raro para nosotros porque nunca habíamos vivido esa experiencia”, recuerda Eneido. “Se perdieron muchos cultivos, la mayoría perdió semillas, y eso puso en riesgo la alimentación y la soberanía alimentaria”.

No fue un episodio aislado. Fue el inicio de una secuencia. Desde entonces, las inundaciones se repiten con mayor frecuencia y con una intensidad creciente. El último de los desbordamientos acaeció hace unos meses, poco después de la visita y estancia de este periodista.  “El año pasado también sufrimos la misma inundación, pero ya somos un poco más adaptables”, explica el líder. Adaptarse, en este contexto, no es una abstracción técnica. Es cuestión de supervivencia.

“En la primera no sabíamos para dónde ir. No teníamos identificados los sitios de tierra alta y fue muy difícil porque había cosas para mover: los animales y los cultivos”. La escena de huida se volvió a repetir: agua subiendo sin aviso, familias improvisando refugios, semillas perdiéndose bajo el barro. “En la segunda ya era más fácil. Ya sabíamos cómo movernos”, responde.

Hoy, cada familia ha trazado su propio mapa del riesgo. Han identificado puntos elevados en el bosque donde trasladar los conucos -espacio de cultivo familiar en la selva donde plantar yuca,  maíz o ñame, un tubérculo rico en carbohidratos- y reconstruir sus cultivos. “Para evitar las pérdidas, ya no se está cultivando alrededor de la comunidad. Todo se está llevando a la parte alta”, comenta Eneido, que ha impulsado en la comunidad una apuesta por el turismo sostenible respaldado por el Gobierno colombiano para diversificar los ingresos y evitar que los jóvenes se marchen hacia la ciudad o la minería ilegal de oro y coltán que florece en territorio venezolano.

La última inundación de La Urbana, hace unos meses

Para evitar las pérdidas, ya no se está cultivando alrededor de la comunidad. Todo se está llevando a la parte alta

El cambio climático que alimenta inundaciones y sequías cada vez más habituales está redefiniendo el hábitat tradicional de los Piaroa, ese del que conocen cada palmo. El hogar deja de ser un lugar fijo y se convierte en una red de espacios adaptativos. El desorden del agua no se limita a las crecidas. También se expresa en su escasez. “Inundaciones y sequías son dos temas que impactan”, resume Eneido. “El invierno porque se inunda la comunidad y los cultivos. El verano porque hay sequías, temperaturas altas y falta de lluvias”.

La paradoja es evidente: el mismo sistema que durante siglos funcionó por equilibrio ahora oscila entre extremos. “Con el agua nos hace falta en sus épocas… y cuando llega, llega en abundancia”. En ese vaivén, la selva —tradicionalmente garante de la subsistencia— deja de ser un refugio seguro. “La inundación del 2018 nos llevó con todo”, recuerda Richard Fuentes, el ex maestro local enrolado ahora en la aventura del ecoturismo.

“Las frutas silvestres también murieron. Sufrimos dos años para recuperar la yuca para el cazabe [torta delgada y crujiente hecha a partir de yuca amarga] y el mañoco [un granulado fino, seco, parecido a una harina gruesa o sémola que procede también de la yuca amarga]”, admite. Ambos platos son la estrella de la dieta piaroa. El golpe no es solo económico. Es estructural. “Si no teníamos eso, económicamente nos tocaba sufrir. Cuando no hay plata, la selva es la que nos defiende. Pero en ese momento no, porque el agua se lo había llevado todo”.

Según Camilo Ortega, coordinador de Turismo de la Fundación Etnollano, el mayor riesgo de las recientes inundaciones es precisamente que pusieron en riesgo "la seguridad alimentaria de todas las comunidades de Matavén". "Muchísimas comunidades indígenas perdieron cultivos y tuvieron que trasladarse tras una temporada de lluvias que realmente fue catastrófica". "Son comunidades que se mueven fácil porque a diferencia de nosotros, que estamos llenos de cosas, propiedades y vainas, ellos no tienen tantas cosas materiales".

Cuando no hay plata, la selva es la que nos defiende. Pero en ese momento no, porque el agua se lo había llevado todo

Vulnerables y adaptativos

La vulnerabilidad se hace aún más evidente con los estragos del calentamiento global sobre uno de los pulmones del mundo. Para sobrevivir, la comunidad también ha trabajado en su condiciones de vida. Hoy cuentan con un pozo alimentado por energía solar que distribuye agua a las viviendas. “Cada tanque tiene capacidad de 5.000 litros y abastece a toda la comunidad”, explica Eneido. Antes, el acceso implicaba recorrer largas distancias hasta el río o la laguna. “Iban 500 o 600 metros para traer agua”.

El progreso ha llegado en forma de tuberías, pero no resuelve la inestabilidad del entorno. El agua que sale del grifo convive con la incertidumbre de un clima cada vez más imprevisible. En el centro de la cultura piaroa existe un principio ético que ordena esa relación: ukuo. Un sistema basado en cuatro respetos —a uno mismo, al otro, a la naturaleza y a los seres espirituales— que define el uso del territorio y, especialmente, del agua. No se trata de explotarla, sino de convivir con ella. Cuando ese equilibrio se rompe, no es solo un problema ambiental. Es una ruptura del orden del mundo. de su cosmos.

En la selva debemos prestarle atención al llamado de la naturaleza

Matavén, el hogar de los Piaroa, aparece en los diagnósticos climáticos como una región de alta vulnerabilidad. "A la hora de adaptarse, se pensaron en diferentes posibilidades. La que se le ocurre a todo el mundo es mover la comunidad, pero eso implica un desgaste y un riesgo muy grande de desarraigo", admite Ortega. La solución definitiva es "ubicar los cultivos en zonas más altas, hacer casas de invierno y apostar por la agricultura sintópica [un sistema de cultivo regenerativo que imita los procesos naturales de los bosques tropicales para producir alimentos mientras restaura la fertilidad del suelo y la biodiversidad]". "La próxima vez que ocurra, tal vez en cuatro o cinco años, tendrán su conuco junto a una vivienda, que no será un cambuche de plástico y lona".

Una alternativa que trata de evitar el éxodo de un entorno natural que es parte de su ADN. Un terruño donde el cambio climático se mide en días de navegación imposibles, cultivos perdidos y calendarios que ya no funcionan. En unas certezas que han dejado de serlo. Y los Piaroa asumen que deben navegar a contracorriente, en busca de asideros. “Nosotros que vivimos acá en el territorio, en la selva debemos prestarle atención al llamado de la naturaleza. Hay que cuidarla, hay que saber usarla y aprovecharla de una manera sostenible. Queremos escucharla y entenderla para pensar en cómo adaptarnos”, concluye Eneido.