Desde hace años, la Agencia Espacial Europea y la NASA utilizan Lanzarote para entrenar a sus astronautas porque no hay en la Tierra un paisaje más parecido a la Luna o a Marte. Si desembarcaran este fin de semana, pensarían que han tomado por error un avión a Escocia o al norte de España.
Las borrascas que en la España continental están llenando pantanos hasta hace poco agonizantes tras años de sequía han operado en Canarias esa magia que suele verse algunos inviernos en cuanto caen cuatro gotas sobre terrenos volcánicos que parecen yermos. Solo que esta vez ha sucedido a lo grande, en todas las islas y, cuanto más árida o cenicienta, más espectacular.
Desde hace días, corren por las redes sociales fotos una Lanzarote desconocida: donde otras veces mandan el negro de la escoria volcánica, el polvo rojizo de aspecto marciano o, como mucho, el blanco del jable, ahora todo es verde, moteado de amarillo y violeta.
Solo hace falta darse un paseo estos días por los campos del sur de la isla, por el municipio de Yaiza, para retratar instantáneas que parecen sacadas de un campo de flores de Países Bajos en primavera.
O desplazarse hacia el norte, hacia Haría, para frotarse los ojos al ver el volcán de la Corona transformado en una especie de colina escocesa, por el verde brillante de la vegetación y los nubarrones que cubren la zona, con mucho más frecuencia de lo acostumbrado.
El programa Pangaea de la ESA visita cada año los paisajes "más extraterrestes" de la Tierra para entrenar a los candidatos a participar en las futuras misiones a la Luna y al aún más lejano primer viaje a Marte. Lanzarote es uno de sus enclaves favoritos.
Si sus geólogos estuvieran hoy en Canarias, pasado el desconcierto inicial, seguro que programaban en Lanzarote una lección práctica de 'Terraformación': ese concepto nacido de la ciencia ficción que ahora resume las técnicas que algún día habrá que utilizar para convertir un pedazo la Luna o Marte en un lugar habitable. Y todo, gracias al agua.
