Cuando Univisión Noticias y eldiario.es publicaron el pasado 13 de enero los testimonios anónimos de dos mujeres que aseguraban haber sido víctimas de abusos sexuales por parte de Julio Iglesias, pocos se atrevieron a salir en defensa del cantante español más importante de la historia. Y los que salieron, atacando la perniciosa razón woke o apuntando hacia Irán, le hicieron un flaco favor. Es significativo que el autor del libro más reciente sobre el cantante, Ignacio Peyró, y la editorial que lo ha publicado se apresuraran a emitir ese mismo día un comunicado profiláctico –aunque la publicación conjunta en Instagram ahora haya desaparecido del muro del escritor– donde expresaban su "profunda consternación" y anunciaban una próxima edición "revisada y actualizada" de la obra en cuestión, El español que enamoró al mundo.
No se sabe si la decisión de la fiscalía de la Audiencia Nacional, conocida el viernes, de archivar por "falta de competencia" la denuncia contra Iglesias –presentada de manera sincronizada con la investigación periodística– marca el hito preciso para la actualización de El español que enamoró al mundo. Tampoco cómo se las arreglará Peyró para encajar el escabroso relato de las exempleadas del cantante en un libro marcado por la ligereza y hasta la condescendencia hacia "el español más conocido del siglo XX tras Dalí y Picasso".
"Un señor algo cochino"
Con ligereza y simpatía aborda Peyró las andanzas galantes de Julio Iglesias, un aspecto clave en la construcción del personaje desde sus orígenes: por la temática de sus canciones, por su público objetivo, por la mercadotecnia que en Estados Unidos y en el resto del mundo le lanzó como el amante latino heredero de Rodolfo Valentino. "Julio no solo era un sex symbol. También era un donjuán o –aquí ya entran las apreciaciones–, un señor algo cochino", escribe con remilgo Peyró antes de narrar los usos amorosos de Iglesias, su furor sexual y el desfile de modelos y azafatas por su mansión de Indian Creek basándose, entre otros, en los testimonios del exmanager Alfredo Fraile o del indiscreto exmayordomo que en 1986 publicó un libro viperino y vengativo.
En un momento dado Peyró introduce una aclaración preventiva a pie de página que hoy cobra todo su sentido. "Algunos comportamientos de Julio –besos no deseados, por ejemplo– no han estado bien nunca, y lo que ayer parecía afectar solo a las costumbres, hoy involucra a las leyes. Es importante en todo caso subrayar que el cantante nunca ha sido acusado de conductas que son causa frecuente no ya de cancelación, sino directamente de código penal: por ejemplo, prevalimiento de su posición para conseguir favores sexuales, etcétera". Hasta ahora.
Llorando en el Rolls
Si las acusaciones publicadas hace unos días han resultado verosímiles a la opinión pública es porque la fama de Iglesias le precede desde hace décadas. Y lo mismo que ayer alimentaba el mito hoy sirve para intentar derribarle. En ese sentido, hay en la bibliografía sobre Julio Iglesias un título especialmente elocuente, acerca de la relación del cantante con el sexo y las mujeres –y la utilización que ha hecho de ambos a lo largo de su carrera–, que forma parte de la documentación utilizada por Peyró y que tiene la singularidad definitiva de estar narrado en primera persona. Se trata de un libro hoy prácticamente olvidado publicado por Planeta en 1981 y titulado Entre el cielo y el infierno, una suerte de autobiografía firmada por el propio artista y escrita en colaboración con el periodista Tico Medina en 1981.

"Yo no hice otra cosa que preguntar, remover en el fondo humano de la basura, acariciar la piel de sus recuerdos", escribe en el prólogo Medina, fallecido en 2021, con su proverbial afectación. "Dialogamos al sol, a la luna, llorando en el Rolls [casi cuarenta años que C. Tangana llorando en la limo], riendo en el estudio de grabación, y amasando siempre el barro de esta cerámica humana, por otro lado ni demasiado santa ni demasiado miserable". Insiste en que el libro, las palabras, son de Julio, pero la prosa dramática y efectista de quien fuera redactor jefe y colaborador de la revista ¡Hola! durante más de cuatro décadas se reconoce en cada página de este libro diseñado a mayor gloria del ídolo.
El amor y las mujeres forman parte fundamental del personaje, y por eso se habla mucho de ambos en Entre el cielo y el infierno. "Reconozco públicamente, íntimamente, que soy un hombre cuya vida ha estado dominada siempre por el amor", asegura Julio, y lo repetirá a lo largo del libro de muchas maneras. "He amado mucho. Bueno, amo mucho, intensamente, de una mujer en una mujer".
El amor y la libreta roja
Para Julio, el amor y el sexo son una necesidad perentoria. "Mi cuerpo necesita el amor, hacer el amor, físicamente, todos los días, todas las noches". Es, de hecho, un ingrediente clave de su talento como artista musical. "Gran parte de mi creación está en esa noche de amor", asegura en otro pasaje.
Iglesias cultiva el mito del amante latino que colecciona aventuras. Y el mito se concreta en un preciado objeto. "Por ahí está mi libreta roja: creo que hay dentro de esa agenda más de cuatrocientos nombres de mujer. Con sus teléfonos. Con sus direcciones". Es su tesoro y no va a ningún sitio sin ella. "Es lo primero que viaja conmigo en mi maletín de cuero, si es que llevo maletín", proclama, en una de las muchas afirmaciones desconcertantes del libro. "Y he tomado la precaución de que si alguien lo pierde o lo rompe, esté lista ya una copia que guardo religiosamente, bueno, amorosamente, en algún rincón de mi casa, como una preciada joya, o en un banco suizo".
Dice Julio que cada mañana, nada más levantarse, marca algunos números de la libreta roja. "Llamo por teléfono a algunas amigas de todo el mundo", cuando las conferencias costaban un ojo de la cara. "A Puerto Rico, o a Venezuela, o a Brasil, o a París, o a Costa Rica, donde hay hermosas mujeres. Me gustan las mujeres que tengan mucha personalidad, muchas cosas que contar, me gusta hablar con ella largamente, mirarlas a los ojos, quererlas. Y sobre todo, debo decirlo urgentemente y aparecerá una frase que ya es tópicamente mía, me gusta que me quieran".
"La piel oriental me subyuga"
Los nombres de la libreta roja son de mujeres que han pasado o pasarán por su casa. "Traen aquí sus maletas como si llegaran a un apeadero", dice sin rubor. "También hoy ha pasado por Indian Creek y ha comido un bocado antes de seguir viaje a París una azafata de Air France que me descubre que anoche me escuchó cantar en un bazar de Tel Aviv. Me han llamado de París, y Debbie, que es una modelo bellísima, acaba de enviarme las últimas fotos desde Nueva York, con el paisaje de Long Island al fondo" –el cosmopolitismo es uno de los ingredientes de la novela de amor y lujo que es la vida de Julio Iglesias–.
A Julio le gusta la piel, dice, y no le importa el color. Que es su manera de decir que le gustan todas las mujeres. "Me gustan las muchachas morenas de pelo derramado sobre la almohada, y la dorada piel de las bellas australianas", y "he amado mucho a las tahitianas, y la imagen de una playa ardiente está siempre dentro de mí con esas tímidas muchachas coronadas de flores carnívoras. Me gusta la piel. La siento. La piel oriental, por ejemplo, me subyuga, me marea". Julio habla de las mujeres como si hablara de perfumes. De hecho, presume de no usar colonia alguna. "No he tenido un olor distinto al de la mujer que amo".
"A veces me siento un poco árabe"
¿Y cómo gestiona la afluencia femenina, el trasiego de mujeres por su vida y por su lecho? ¿Alguna le exige compromiso? ¿Cómo lo llevan ellas? ¿Cómo las trata? Entre los arrebatos literarios orquestados por Tico Medina, Julio Iglesias deja algunas respuestas. "A veces me siento un poco árabe, un poco como el jeque que en ocasiones escriben de mí los periódicos, que llevo dentro. Pero no tengo una corte. Lo que me gusta es el juego de amar, superficialmente, a dos, tres mujeres al mismo tiempo". Aunque las hemerotecas dicen que Julio tuvo novias más o menos estables, en Entre el cielo y el infierno proclama: "Jamás tengo una favorita".
Hay muchos jamases en este libro de lectura difícil en 2026. "Jamás besé a una mujer protocolariamente". "Creo que en mi vida jamás puse un billete de nada en la mano de una mujer". "Jamás eché de mi habitación a una mujer después de haber hecho el amor. Nunca". Julio, asegura, respeta a las mujeres. "No soy el hombre que desprecia a la mujer después de hacer el amor (...). No quiero a la mujer para usarla. Me gusta ser respetuoso con la mujer, en todos los sentidos. Pero también adoro ser todo lo erótico que el amor necesita y exige". No entra en detalles, pero advierte que es "una persona terriblemente creativa" en la cama. "Yo creo que no soy un clásico, en este tema. Para mí el amor es un acto absoluto, irremediablemente artístico. La imaginación es fundamental".
"No quiero ser grosero, pero a veces soy brusco"
"Hablarán más de mí como hombre que amó mucho que como cantante", pronosticaba Julio Iglesias en 1981. Cuando había vendido 80 millones de discos, antes de vender 300. Tan interiorizada tenía ya entonces su condición de lo que convencionalmente se ha dado en llamar latin lover. Escribe: "Sin ser un oficio se sabe de mujeres conociéndolas, nunca diría yo usándolas, me pegaría un tiro antes de decir tal cosa, sino sintiéndolas. Las necesito más que a mi vida misma. O de otra forma, no sé si he escrito antes, son mi vida misma. Y quiero que sigan siéndolo. Son uno de los motores de mi existencia".
Pese a las evidencias y las confesiones, Julio rechaza la etiqueta de donjuán. "Me parece un personaje ridículo –a él, que tiene un "sentido terrible del ridículo, que es por otro lado un sentimiento español", como confiesa en otro pasaje del libro– (...) me gusta más doña Inés". Pese a todo, reconoce que a veces las mujeres le reprochan cierta indolencia. Él lo achaca a su timidez. Por eso a veces "parece que las trato, yo diría, mal. No quiero ser grosero, pero a veces soy brusco. No es ningún trauma. Quizá esté dentro de mí aquella vieja frase española que dice que ‘a la señora hay que tratarla como a una puta y a la puta se la debe tratar como a una señora’. No sé. No sé".
No sabe, dice. "Es mi timidez", insiste, "mi a veces cierto complejo de inferioridad, que aquí reconozco, el que en el fondo no sé si esa espléndida mujer que tanto me quiere, que está tan enamorada de mí, no lo está del Julio Iglesias que canta y no del Julito, de treinta y seis-siete años que va por la vida con sus piernas débiles, rostro amasado por él, y una buena chaqueta de seda cortada por el mejor sastre italiano del momento" –Medina, de nuevo, haciendo de las suyas–. "¿Viene conmigo por lo que soy o por lo que represento?".
El miedo a la vejez
En esa inseguridad la que prefigura su gran preocupación ya en 1981, cuando todavía está ascendiendo a la cumbre, preparando la conquista de Estados Unidos que culminará tres años despúes con su disco 1100 Bel Air Place. "Lo que me preocupa de todo esto es la vejez. Ese día, cuando mi pila se agote, cuando yo vea que solo puedo dar un amor de palabras, un amor solo de sentido. Un amor con poco amor". Al cesar el desfile voluntario de azafatas y modelos.
"Todo esto puede acabar de buena o de mala manera", escribía Tico Medina en su prólogo. Él le deseaba un final idílico, "con una toalla a la cintura, como Brando, de la mano de una mujer joven y rubia, y silenciosa y un poco esclava, y a la par con un niño pequeño, desnudo, recogiendo caracolas a pleno sol entre los dos". Fue un poco brujo porque ha habido una mujer rubia y silenciosa, Miranda, y no un niño sino cinco hijos con ella. Pero Julio, siempre entre el cielo y el infierno, no se hacía ilusiones: "Sé que tendré una vejez intranquila, nerviosa, posiblemente fatal. Sé que seré un mito formidable e intolerable. Inaguantable y hermoso".
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