Génova, la ciudad que lo vio crecer y que siempre reclamó como suya, ha despedido este martes a Gino Paoli a los 91 años. El último de los grandes cronistas de la fragilidad italiana se ha marchado con serenidad, rodeado del afecto de los suyos, dejando un vacío inmenso en una cultura que aprendió a poner música a sus desamores a través de su voz. Con él se apaga una forma de entender la canción que mezclaba la elegancia con el abismo.

Paoli no fue solo un cantautor; fue el arquitecto de himnos generacionales como 'Sapore di sale' o 'Senza fine'. Capaz de transformar una anécdota mínima en una catedral del sentimiento, su debut en 1959 marcó el inicio de seis décadas de una carrera tan brillante como atormentada. Antes de los escenarios prefirió los pinceles, pero el destino quiso que cambiara la pintura por partituras que, como 'Il cielo in una stanza', interpretada por la mítica Mina, detuvieron el tiempo en la Italia de los sesenta.

Su vida fue un equilibrio precario sobre el filo de la navaja. En 1963, en la cima del éxito, intentó suicidarse disparándose al pecho; la bala, que se alojó en su pericardio, le acompañó el resto de sus días como un recordatorio metálico de su propia mortalidad. Aquel proyectil hacía saltar los detectores de metales en los aeropuertos, una metáfora perfecta de un hombre que nunca pudo, ni quiso, dejar atrás sus cicatrices, sus adicciones o sus desamores.

Esa agitación vital se trasladó también a su faceta pública y sentimental. Fue diputado del Partido Comunista entre 1987 y 1992, aunque terminó trabajando en comisiones de transporte en lugar de cultura, como él deseaba. En lo personal, su corazón fue un mapa de pasiones cruzadas: desde Ornella Vanoni —con quien puso los cuernos a su primera mujer— hasta Stefania Sandrelli, a quien dedicó su éxito más recordado cuando ella era apenas una adolescente.

Amigo íntimo de Joan Manuel Serrat, con quien compartió el 'Mediterráneo' y el escenario en la televisión italiana, Paoli siempre mantuvo un pie en la nostalgia y otro en la vanguardia. No tuvo reparos en confesar, ya en su vejez, que el dolor por la muerte de su hijo Giovanni a causa de un infarto era una herida que no lograba cerrar. Su autobiografía, publicada al cumplir los noventa, fue el testamento vital de quien sabía que el último acto estaba cerca.

Gino Paoli se marcha con sus dos teorías sobre el más allá: la oscuridad absoluta o un lugar maravilloso lleno de luz y música. Sea cual sea el destino que haya encontrado tras su último suspiro en Génova, deja el eco de su gata siamés y el aroma a sal de unos veranos que ya solo existen en sus canciones.