La actriz Valerie Perrine ha muerto este lunes a los 82 años en su casa de Beverly Hills tras más de una década afrontando la enfermedad de Parkinson. La noticia la ha dado a conocer Stacey Souther –cineasta y amigo cercano, autor de un documental sobre ella– a través de una campaña en GoFundMe destinada a cubrir los gastos de su entierro. El objetivo: cumplir “el último deseo de Valerie”, ser enterrada en el cementerio Forest Lawn Memorial Park, en las colinas de Hollywood.
“Valerie Perrine se entregó por completo a su arte, a sus fans y a su vida, con gracia, humor y un espíritu indomable que ni siquiera el Parkinson pudo extinguir del todo”, ha escrito Souther en el texto de despedida. Tras más de una década de enfermedad, su situación económica se había deteriorado hasta el punto de necesitar financiación para su funeral.
La actriz que representó como pocas el brillo hedonista de los años 70 en la gran pantalla depende ahora, tras su muerte, de una campaña pública para ser enterrada como merece. Una situación que refleja la dureza de Hollywood y una trayectoria irregular atravesada por el éxito temprano, el encasillamiento, la enfermedad y la soledad.
De Las Vegas a Hollywood
Valerie Perrine nació en 1943 en Galveston, Texas. Antes del cine fue bailarina en Las Vegas, un origen que marcó su imagen pública: una presencia marcada por su físico y por la naturalidad con la que asumía la desnudez, algo que ella misma vinculaba a su etapa como bailarina.
Su debut llegó con Matadero cinco (1972), adaptación de la novela de Kurt Vonnegut, y consolidó una presencia que combinaba erotismo y cierta fragilidad. Pero el punto de inflexión fue Lenny (1974), de Bob Fosse, donde dio vida a Honey Bruce, esposa del cómico Lenny Bruce –interpretado por Dustin Hoffman–. Por ese papel obtuvo el premio a mejor actriz en Cannes y sendas nominaciones al Oscar y al Globo de Oro.
La crítica y el público percibieron entonces que Perrine era mucho más que una cara bonita, “una Betty Boop sensual”, como la describió el New York Times; capaz, a diferencia de otros símbolos sexiales del pasado como Marilyn Monroe, de ser reconocida por su trabajo interpretativo.
Superman, el éxito popular
Para el gran público, Perrine quedó fijada como Eve Teschmacher en Superman (1978) y su secuela. Secretaria y cómplice de Lex Luthor –Gene Hackman–, introducía una valiosa ambigüedad emocional en su personaje: la seductora capaz de traicionar al villano para salvar a superhéroe. Durante años, según recuerda The Hollywood Reporter, los fans la saludaban con el grito “¡Señorita Teschmacher!”. Era una forma de reconocimiento, pero también una prueba de encasillamiento.
Perrine fue una presencia recurrente en algunas de las mejores películas de aquellos años: El último héroe americano (1973), junto a Jeff Bridges; El jinete eléctrico (1979), con Robert Redford, o La frontera (1982), con Jack Nicholson.
Siempre en papeles auxiliares o a la sombra de un protagonista varón, su primera gran película como protagonista marcó su trayectoria. ¡Que no pare la música! (1980), comedia musical dirigida por Nancy Walker y asociada al grupo Village People, fue un fracaso crítico y comercial. Perrine llegó a afirmar: “arruinó mi carrera; me fui a Europa después, estaba tan avergonzada”.
Aquel episodio marcó un punto de inflexión. La industria, que ya la había situado en un espacio ambiguo entre el estatus de estrella y el de secundaria, dejó de ofrecerle papeles relevantes. Su presencia se desplazó hacia la televisión, cuando aquello significaba una degradación, y participaciones esporádicas en el cine.
La marca del párkinson
Los problemas de salud han ocupado la última etapa de su vida. Los síntomas comenzaron alrededor de 2011 y el diagnóstico de párkinson llegó en 2015. La enfermedad fue progresiva. Perdió movilidad y, con el tiempo, también capacidad para comer y hablar. Se sometió a cirugía cerebral para tratar de controlar los temblores, con resultados limitados. En 2017 tuvo que pasar por una intervención dental después de que la medicación debilitara sus dientes hasta hacerlos caer, un tratamiento financiado por una organización benéfica.
Su amigo Souther la ha cuidado durante años. En su despedida ha escrito: “Se enfrentó al párkinson con una valentía increíble, sin quejarse ni una sola vez”. En los últimos años, su presencia pública fue escasa, reducida a convenciones y apariciones puntuales. La enfermedad y la falta de recursos la fueron apartando del foco.
Perrine acumuló cerca de setenta créditos en cine y televisión, trabajó con algunos de los nombres centrales del Hollywood de su tiempo y transitó con naturalidad entre el cine de autor y el comercial. En lo personal, estuvo vinculada a nombres como Jeff Bridges o Elliott Gould, pero nunca se casó ni tuvo hijos. Su biografía quedó marcada tempranamente en 1969 por la muerte de su prometido, Bill Haarman, un próspero hombre de negocios al que había conocido en Las Vegas, cuando el arma que llevaba en la cintura cayó al suelo y se disparó accidentalmente. Ese mismo año inició una relación con el peluquero Jay Sebring, que sería asesinado meses después por miembros del clan de Charles Manson en la casa de Sharon Tate, a la que Perrine había sido invitada aquel día pero no acudió.
Perrine se salvó de aquella terrible cita con el destino, y logró asomarse al estrellato antes de ser amortizada por los directores de casting y después por una terrible enfermedad. Ahora, tras su muerte, su despedida depende de una colecta para cumplir un deseo sencillo: reposar en el cementerio donde descansan
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