Londres, esa ciudad que a veces parece haber inventado la nostalgia para vender el presente, ha decidido rendir pleitesía a la mujer que se atrevió a convertir el armario en un manifiesto surrealista. El museo Victoria & Albert inaugura este 28 de marzo la muestra 'La moda se convierte en arte', una retrospectiva que hasta noviembre diseccionará la psique creativa de Elsa Schiaparelli, la italiana que no solo vistió cuerpos, sino que desafió las convenciones estéticas de la primera mitad del siglo XX.
No era una costurera al uso; de hecho, carecía de formación técnica en el oficio de la aguja, pero le sobraba ese instinto aristocrático y romano que la llevó a conquistar el París de los años veinte. Schiaparelli no se veía a sí misma como una diseñadora, sino como una artista que utilizaba la moda como soporte, una distinción que hoy, bajo la batuta de Daniel Roseberry, sigue resonando en las pasarelas contemporáneas con la misma fuerza disruptiva que en sus inicios.
La exposición, orquestada en más de diez secciones, nos traslada a la era de entreguerras, cuando Elsa sacudió los cimientos de la industria con sus jerseys de punto. Aquellas prendas, que combinaban la artesanía con el trompe-l'œil de lazos y bufandas en blanco y negro, fueron el primer aviso de que para ella la elegancia no era una meta, sino un punto de partida hacia lo desconocido.
El plato fuerte, como no podía ser de otra forma, es su idilio creativo con Salvador Dalí. En las salas del V&A brilla con luz propia el vestido "Esqueleto" de 1938, una pieza de crepe de seda negra que, mediante un audaz acolchado, simula costillas y huesos sobre la piel de quien lo viste. Es la prueba fehaciente de que la moda podía ser, a la vez, una armadura y una radiografía de las obsesiones humanas.
No falta en la cita el célebre vestido langosta, esa pieza de organza que convive en la muestra con un teléfono de disco coronado por el mismo crustáceo, subrayando esa "relación creativa muy fluida" que, según la comisaria Sonnet Stanfill, mantenían Elsa y el genio de Figueras. Para Schiaparelli, el arte no era un adorno, sino una experiencia estimulante que transformaba un simple trozo de seda en un objeto de culto.
En el trasfondo de su éxito siempre ha planeado la sombra de una supuesta enemistad con Coco Chanel. Sin embargo, la exposición prefiere leer esa rivalidad como un duelo de visiones: mientras la francesa buscaba la practicidad, la italiana abrazaba el delirio. Chanel la despachaba con desdén llamándola "esa artista italiana que hace ropa", un dardo que Schiaparelli, lejos de esquivar, recogía como el mejor de los elogios para su práctica creativa.
Ese legado de provocación no ha quedado estancado en las vitrinas de la historia. La muestra conecta el pasado con el presente a través de piezas de Daniel Roseberry, como su impactante diseño de pulmones dorados sobre un vestido negro, demostrando que la casa Schiaparelli sigue respirando bajo el mismo código de surrealismo impactante que su fundadora instauró hace casi un siglo.
La cita londinense concluye recordando que, más allá de los mitos y las rencillas de salón, Schiaparelli poseía una cortesía que su rival a veces olvidaba. Se cuenta que, al mudarse a la Rue de la Paix, Elsa fue quien invitó a cenar a la propia Chanel, un gesto de elegancia suprema que cierra el círculo de una mujer que supo ser, por encima de todo, la dueña de su propio espectáculo.
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