El escritor y periodista Rubén Amón salió ileso el pasado lunes de un accidente de motocicleta en la autovía A-2 en Madrid, tal y como cuenta en primera persona en un artículo publicado en El Confidencial.

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"El asfalto de la A-2 no entiende de privilegios ni de biografías. Cuando la gravedad y la velocidad se alían, la vulnerabilidad es absoluta y democrática. En ese instante en que la moto rueda por su lado y el cuerpo por el otro, el tiempo se acelera y se congela al mismo tiempo. Podría haber sido una tragedia definitiva", escribe Amón en el artículo titulado Vivo para contarlo: elogio de la custodia humana.

El periodista hace de su escrito una muestra del inmenso agradecimiento hacia todas las personas que le atendieron tras el accidente.

En su relato detalla en primer lugar a "unas mujeres que, sin dudarlo un segundo, frenaron su marcha para socorrer a un desconocido tendido en la mediana. Ese primer gesto instintivo de solidaridad cívica fue la antesala de un engranaje institucional perfecto". Seguidamente, "llegó la Policía Municipal, no con la marcialidad fría de quien redacta un atestado, sino con una sensibilidad y una templanza capaces de calmar el temblor de quien aún no sabe muy bien qué parte de su cuerpo sigue entera. Su presencia no solo ordenó el tráfico; ordenó el caos mental del accidentado".

En esta ciudad, cuando caes al abismo, hay un sistema impecable preparado para recogerte en el aire"

Tras la atención del Samur ("los enfermeros no solo aplicaron la técnica y el protocolo con la celeridad que exige el trauma; añadieron una capa de cariño y humanidad que actúa como el mejor de los analgésicos") Amón fue trasladado al Hospital de la Princesa, "donde el protocolo de urgencias se convirtió en un ballet de precisión técnica".

En el centro hospitalario, ejecutando todas las pruebas médicas, "había una abrumadora masa de profesionales trabajando al unísono, no para salvar a una figura pública, sino para responder a un código estricto de deber y humanidad que se aplica exactamente igual a cualquier ciudadano que cruce esa puerta".

Todo quedó por suerte en "una colección convencional de quemaduras, abrasiones y puntos de sutura".

Amón quiere resaltar al final del artículo: "Mi accidente no ha sido más que una anécdota afortunada dentro de la estadística viaria, pero ha sido también la constatación de una certeza reconfortante: en esta ciudad, cuando caes al abismo, hay un sistema impecable preparado para recogerte en el aire".