Las protestas en Irán han continuado hasta la medianoche del lunes por octavo día consecutivo, pese al refuerzo de las medidas de seguridad y a una oleada de detenciones que ha alcanzado ya a cerca de un millar de personas, según organizaciones opositoras. Las movilizaciones, iniciadas en Teherán y extendidas rápidamente por todo el país, han combinado desde el inicio reivindicaciones económicas con consignas cada vez más explícitas contra la República Islámica.

Imágenes difundidas por activistas en redes sociales han mostrado concentraciones en distintos puntos de la capital iraní y en ciudades como Shiraz, Mashad, Tabriz, Karaj, Qazvin o Isfahán, entre otras. Además de marchas callejeras, se han registrado huelgas sectoriales y protestas estudiantiles en varios centros urbanos.

En algunos casos, las manifestaciones han derivado en enfrentamientos violentos con las fuerzas de seguridad, que han recurrido al uso de gases lacrimógenos, disparos y detenciones para dispersar a los participantes. De acuerdo con datos de la ONG opositora Hrana, con sede en Estados Unidos, al menos 20 personas han muerto desde el inicio de las protestas, entre ellas un agente de seguridad, y unas 990 han sido detenidas.

"Disturbios cuasi terroristas"

El balance de víctimas se ha agravado durante el fin de semana. En Malekshahi, en el oeste del país, se han producido fuertes enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas antidisturbios que, según la agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, han causado la muerte de tres personas. El medio oficialista ha descrito los incidentes como “disturbios cuasi terroristas” y ha sostenido que algunos manifestantes estaban armados.

Según Hrana, desde el 28 de diciembre se han registrado protestas en al menos 78 ciudades de 26 de las 31 provincias iraníes, una extensión territorial que recuerda a anteriores ciclos de movilización social en el país. Los medios estatales, por su parte, han insistido en caracterizar las protestas como disturbios alentados desde el exterior.

En este contexto, el jefe de la Policía iraní, el general de brigada Ahmad Reza Radan, ha anunciado que “desde hace dos noches han comenzado las detenciones selectivas de líderes que incitaban a la población”. Radan ha afirmado además que algunos detenidos han “confesado haber recibido dólares”, en referencia a una supuesta financiación extranjera de las protestas, una acusación recurrente en el discurso oficial.

El líder supremo iraní, Ali Jameneí, ha acusado igualmente a “enemigos externos” de aprovecharse del malestar económico y ha llamado a “ponerlos en su sitio”, mientras los medios oficiales han reforzado la narrativa de una amenaza orquestada desde fuera del país.

Un estallido marcado por la crisis económica

Las protestas estallaron hace nueve días en Teherán, impulsadas inicialmente por comerciantes y sectores económicos duramente golpeados por el deterioro de la situación económica. El desplome del rial y una inflación desbocada han actuado como detonante inmediato de un descontento más amplio. Irán atraviesa una profunda crisis económica, con una inflación anual superior al 42% y una inflación interanual que en diciembre ha superado el 52% respecto al mismo mes del año anterior.

El contexto económico está marcado por las severas sanciones impuestas por Estados Unidos y la ONU en relación con el programa nuclear iraní, que han restringido el acceso del país a los mercados internacionales y han agravado las tensiones sociales. Con el paso de los días, las movilizaciones han ido adquiriendo un carácter cada vez más político, con consignas dirigidas directamente contra el liderazgo del país y el sistema de la República Islámica.

Mientras las protestas continúan, el escenario sigue abierto. La ausencia de señales de diálogo por parte de las autoridades y el recurso creciente a la represión apuntan, por ahora, a una prolongación de la tensión interna, en un país donde los estallidos sociales se han convertido en un síntoma recurrente de una crisis económica y política sin resolver.