"Estoy consternado. Una vez más, se han socavado las negociaciones activas y serias. Esto no beneficia ni a los intereses de Estados Unidos ni a la causa de la paz mundial. Y rezo por los inocentes que sufrirán. Insto a Estados Unidos a que no se vea envuelto aún más en esto. Ésta no es su guerra". Así de contundente se ha expresado el ministro de Exteriores omaní Badr Albusaidi en la red social X.

El cabreo es extensible a otros países del Golfo Pérsico, que han tratado de convencer y persuadir a Donald Trump de lleva a cabo este ataque y que consideran que han perdido la batalla a manos de Israel y que su aspiración de tumbar al régimen teocrático de larga data -una obsesión confesa de Benjamin Netanyahu- ha vencido.

Los países del Golfo se han pronunciado en contra de la respuesta y los contraataques de Irán en su territorio. Se opusieron a esta guerra y apoyaron las gestiones diplomáticas de Omán y Qatar. "Les será imposible mantenerse al margen cuando se viola la soberanía y sus ciudadanos observan los fuegos artificiales. Abrirán paulatinamente su espacio aéreo e inevitablemente se convertirán en aliados en esta guerra entre Estados Unidos e Israel", vaticina la investigadora del Chatham House Sanam Vakil.

Son los que ya están sintiendo los efectos de esta escalada bélica en forma de interrupción del comercio del petróleo y gas por el Estrecho de Ormuz; de ataque directo a instalaciones estadounidenses en sus propios países; y al golpe a su red de nudos de comunicaciones, especialmente, su actividad aérea. Qatar Airways, Ittihad y Emirates son tres de las principales aerolíneas del mundo y tienen su base de operaciones en Doha, Abu Dabi y Dubai.