Irán opta por la línea hereditaria por primera vez desde el establecimiento de la República Islámica de Irán en 1979. La agencia estatal iraní Fars ha confirmado a última hora de este domingo que Mojtaba Jamenei, hijo del fallecido líder supremo Alí Jamenei, ha sido nombrado nuevo líder supremo del país tras la deliberación de la Asamblea de Expertos, el órgano de 88 clérigos reunido en medio de la continua campaña de ataques aéreos de EEUU e Israel para designar al nuevo rostro del país.
Segundo hijo del difunto líder, Mojtaba, de 56 años, es el nombre que más inquietaba dentro y fuera de Irán. Es descrito a menudo como una figura con ascendencia sobre sectores clave del IRGC y redes consolidadas en la sombra.
Su elección supone un salto cualitativo: la instauración de una sucesión padre-hijo en un sistema fundado tras la caída del sha Mohamed Reza Pahlavi. La paradoja histórica es evidente. Pero en un escenario de guerra existencial, la élite podría considerar que la continuidad familiar garantiza cohesión y disciplina.
Clérigo formado en los seminarios religiosos de Qom, su influencia no procede de un cargo oficial visible sino de su proximidad al círculo más estrecho del poder, particularmente dentro del aparato de seguridad y de la Guardia Revolucionaria. Analistas y diplomáticos lo describen como una figura discreta pero con una red de lealtades tejida durante décadas en las instituciones clave del régimen.
Desde la crisis postelectoral de 2009, cuando millones de iraníes salieron a las calles denunciando fraude en la reelección de Mahmud Ahmadineyad, Mojtaba Jamenei ha sido señalado por opositores y observadores como uno de los estrategas detrás de la respuesta del régimen. Aunque nunca ha reconocido públicamente ese papel, su nombre aparece con frecuencia en informes de think tanks y medios internacionales que lo situaban como intermediario entre la oficina del líder supremo, los clérigos influyentes y los mandos de la Guardia Revolucionaria.
Una semana después del ataque que segó la vida de Ali Jamenei, Mojtaba se enfrenta ahora al reto de mantener el régimen en medio de la intensa campaña de bombardeos de Israel y Estados Unidos. Sus partidarios han sostenido hasta ahora que su formación religiosa y su conocimiento del funcionamiento interno del sistema lo convertían en un candidato natural para garantizar la continuidad del régimen.
Sus detractores, en cambio, advierten de que su eventual ascenso sería interpretado como una transferencia dinástica del poder, algo que chocaría con la narrativa revolucionaria sobre la que se fundó la República Islámica en 1979.
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