En el VII Congreso Internacional de Inteligencia Artificial de Alicante, organizado por El Independiente, discutíamos sobre algo que ya no es ciencia ficción: la revolución de la defensa y la seguridad. La inteligencia artificial (IA) ha pasado en pocos años de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en el próximo gran factor de poder, comparable a lo que supuso en su día la máquina de vapor o la electrificación. Quien domine esta ola no solo innovará más: fijará las reglas del juego.
La competencia es evidente. Estados Unidos y China han situado la IA en el centro de sus estrategias nacionales, la tratan como un vector de supremacía militar, económica y tecnológica. Alrededor se agrupan otros actores —Europa, Japón, India, potencias medias— que pugnan por no quedar atrapados en la periferia de esa carrera. La elección no es solo técnica: detrás hay modelos políticos, concepciones distintas sobre la privacidad, la vigilancia o el uso de la fuerza letal autónoma.
En el terreno de los conflictos armados, la IA ya está cambiando las reglas. Permite integrar en segundos flujos masivos de información —sensores, comunicaciones, redes sociales— y acelerar el ciclo de decisión: observar, orientarse, decidir y actuar antes que el adversario. Aplicada a la inteligencia, ayuda a anticipar crisis, a entender mejor los movimientos de actores estatales y no estatales y a planear operaciones complejas con mayor precisión. Quien logre un ciclo de decisión más rápido y fiable tendrá una ventaja real en el campo de batalla… y también en la prevención de la guerra.
Pero la IA no solo afecta a los ejércitos. Está transformando las campañas de influencia, la desinformación y la propia percepción de la realidad. Deepfakes, bots, sistemas capaces de modular mensajes a medida de cada segmento social convierten la opinión pública en un terreno de disputa continua. La frontera entre paz, crisis y conflicto se difumina, y los ataques pueden dirigirse tanto contra infraestructuras críticas como contra la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Todo esto descansa, además, sobre una nueva economía de infraestructuras: semiconductores avanzados, grandes centros de datos, energía abundante y barata, talento altamente cualificado. La geopolítica de la IA es también la geopolítica de los chips, de los minerales críticos y de las redes eléctricas. Quien controle esos nodos tendrá capacidad de condicionar el desarrollo tecnológico de otros.
¿Y España? Nuestro país pertenece al club de las democracias avanzadas y dispone de activos relevantes: integración plena en la UE y la OTAN, industria tecnológica emergente, centros de excelencia en defensa e inteligencia. Pero los retos son serios. Necesitamos una red eléctrica modernizada que soporte el crecimiento de centros de datos y supercomputadores; formar y atraer talento en ciencia de datos, ciberseguridad y robótica; y un marco normativo que proteja derechos sin condenarnos a la irrelevancia tecnológica.
En Defensa, la prioridad es clara: integrar la IA en la planificación, la inteligencia y el mando y control, reforzando al mismo tiempo las garantías éticas y jurídicas. Si queremos defender nuestra democracia, debemos hacerlo con medios democráticos. Eso implica transparencia, control parlamentario, respeto estricto al Derecho Internacional Humanitario y una inversión sostenida que garantice que España no solo consume tecnologías ajenas, sino que contribuye a desarrollarlas. En la geopolítica de la inteligencia artificial, la neutralidad no existe: o se está en la vanguardia o se acepta que otros decidan por nosotros.
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