En estos días tan complicados en los que la alegría nos permite respirar con una sonrisa que cada vez se va ampliando un poco más, pero la preocupación impide que esa alegría sea plena, me he puesto a pensar en la infinita paciencia que hay que tener para, además de batallar con nuestras propias angustias durante casi tres décadas, tener que aguantar la hipocresía y la pretendida superioridad moral de quienes con cualquier pretexto han ninguneado el sufrimiento de nuestro país porque para su propia ceguera o cuenta bancaria siempre ha sido muchísimo más rentable defender una dictadura que ha cercenado millones de vidas.

He visto con atención incontables publicaciones y manifestaciones de todo tipo, desde las más falsas con gente que dice ser venezolana sin saber especificar de dónde, las de cobardes que desaparecen de pantalla para no debatir en igualdad de condiciones, hasta las de miserables que se permiten llamar fascistas a quienes no pensamos como ellos. En prácticamente todos los casos nos quieren dar lecciones de democracia, institucionalidad, derechos humanos, renta petrolera, imperialismo, antiimperialismo, economía, derecho internacional y hasta de cómo ser venezolano. Todas clases magistrales que para ellos los venezolanos necesitamos porque estamos muy equivocados. Somos demasiado ingenuos, demasiado ignorantes, demasiado de derechas… En resumen, demasiado diferente a ellos.

Pensé en un niño de siete años que ya lleva un tiempo sabiendo sumar o restar, pero que para llegar hasta allí primero tuvo que aprender los números, sus formas y cómo contarlos. Así tiene claro que el 14 va justo después del 13 y antes del 15. Los números llevan un orden porque lo contrario es una lotería, una ruleta. Y como todo tiene un orden, hay que pasar por algunas cosas primero para poder luego, si es que quedan agallas, dar lecciones a un pueblo oprimido por una banda criminal. Aquí les muestro algunas de las asignaturas en las que cualquier venezolano lastimosamente se ha visto forzado a sacar la máxima nota porque, a diferencia de los exámenes en la escuela, reprobar equivale a la muerte.

¿Qué nos puede enseñar alguien que no ha sido marcado en el brazo como si se tratara de un prisionero de un campo de concentración?"

¿Qué nos puede enseñar alguien que jamás ha pasado días en una cola para comprar comida o gasolina? Alguien que no ha sido marcado con un número en el brazo como si se tratara de un prisionero de un campo de concentración. No ha tenido que pagar el llenado del tanque de su coche con un kilo de pasta que valía mucho más que la moneda local, no ha tenido que salir de casa con un frasco de vinagre y un pañuelo en la cartera para aguantar cualquier lacrimógena que pudiera encontrarse en el camino. Alguien que no ha tenido que arrastrar los colchones al patio o al porche para poder dormir cuando por falta de agua y luz el calor no se podía combatir con una ducha o un ventilador. Alguien que no ha tenido que dormir con el oído alerta para saltar como un resorte al reconocer que las primeras gotas de agua comienzan a correr por tuberías que llevaban tiempo vacías y que por un rato darán para lavar un baño, rellenar depósitos, con suerte, hasta regar las matas, qué nos va a enseñar.

Esa gente que no ha tenido que rendir un kilo de carne con calabacín o berenjenas para que pudiera alimentar varias veces a una familia completa, no ha pasado días alimentándose a base mangos, aguacates o cuanto fruto tuviera la fortuna de tumbar de su propio patio o del de sus vecinos. No ha tenido que echarle más agua a la sopa o al café (cuando hay), manchar un biberón con un soplo de leche y algo de papelón para acallar el llanto de un niño, no ha pasado de comerse un filete entero a picarlo en dos, cuatro o mil pedazos para compartir con el resto en la casa. No ha visto su nevera a oscuras y con sólo una jarra de agua dentro, no ha engañado a su estómago durante semanas comiendo pasta/arroz en blanco, papas hervidas, arepas sin relleno. No se ha ido a dormir a las seis de la tarde sin más compañía que la orquesta de unas tripas hambrientas y con la esperanza de poder llegar vivo al día siguiente, qué va a contarnos.

¿Qué lecciones podría darnos quien no ha cortado en pedacitos una servilleta, nunca se ha bañado con agua de lluvia o con un perolito que permanece pegado al barril que forma parte del mobiliario del baño? Quién no ha tenido que lavar a mano, no ha dividido una panela de jabón en tantas partes como miembros tiene la familia, quien no se ha visto forzado a cocinar con leña porque lleva meses esperando que le devuelvan la bombona de gas que se llevaron hace meses con pago y todo. Aquellos que no le han echado agua al bote de champú, no se han tenido que lavar el pelo con jabón azul o se han cepillado los dientes con hierbabuena en rama a falta de pasta dental. Que no usan la lavadora como depósito de agua porque los constantes apagones hace tiempo dejaron la mitad de los electrodomésticos de adorno. Quién no sabe lo que es quedarse en casa mientras está menstruando porque no tiene medios para asearse adecuadamente, quién no ha tenido que usar una camiseta vieja o picar trozos de papel absorbente para convertirlos en toallas sanitarias.

¿Cómo saben ellos lo que se siente al tener una pensión que no da ni para medio kilo de queso?"

¿Qué va a saber esa gente lo que es comprar dinero en efectivo, comprobar si un billete es falso, viejo o está un poquito arrugado, estirar al máximo una remesa, calcular cuánto puede comprar en función de los diferentes precios para el mismo producto dependiendo de la forma de pago o a qué hora del día va al mercado? ¿Cómo saben ellos lo que se siente al tener una pensión que no da ni para medio kilo de queso? O al ir a trabajar con los zapatos rotos, al comprar ropa usada o venderla en la puerta de casa, o al subirse a un carro con un barril de gasolina a bordo para asegurarse la llegada a destino, o no ha tenido que ir a clases, al trabajo o atravesado el continente a pie. ¿Qué sabe esa gente lo que es llevar al pediatra a un niño envuelto en un trapo?

¿Cuántos cajeros automáticos ha recorrido esa gente en una noche cualquiera para pagar el rescate de un secuestro? ¿Cuántas veces esa gente ha tenido que recolectar dinero entre amigos o acudir a la caridad de desconocidos para pagar la extorsión por una detención, cubrir gastos médicos o los gastos funerarios cuando los médicos se quedaron cortos? ¿Cuál es su récord de farmacias recorridas en un día para encontrar una dosis de insulina o un simple antibiótico? ¿De qué tamaño es el bolso de medicinas que lleva al hospital cuando tiene un familiar enfermo? ¿Cuántas sábanas tiene para pasar la noche esperando a la pata de una cama? ¿Qué saben ellos lo que es rogarle a una empresa de envío de dinero que gestione de inmediato el importe que servirá para enterrar a una madre que llevan años sin ver?

¿Cuántas veces han tenido que desnudarse para poder visitar o llevarle comida a un familiar preso?"

¿Cuántas veces han tenido que desnudarse para poder visitar o llevarle comida a un familiar preso? Si no ha sido a ellos mismos, a cuántos de sus familiares o amigos han perseguido, acosado, desaparecido… ¿Qué tuvieron que vender para poder irse y comenzar de cero en un lugar lejano sin más apoyo que las ganas de salir adelante?

¿Cuánto pagaron la última vez que se sacaron un pasaporte? ¿Y para retirarlo? ¿Y cuánto pagaron de nuevo cuando les anularon el anterior? ¿Cuánto tardaron en entregárselo? ¿Cuántas veces han sido rodeados por funcionarios en el aeropuerto para revisarlos una y otra vez, robarles el dinero que llevaban encima u olerles la ropa interior? ¿Qué sintieron cuando se vieron obligados a salir del país sin despedirse? Si no han caminado con temor sabiendo que la bala del milico recorre América Latina, no han sufrido ataques de xenofobia ni los han discriminado por su postura política, no se han quedado sin asistencia consular, sin documentación, sin derecho a votar, ¿qué exactamente es lo que nos van a enseñar?

¿Cuál fue la última vez que vieron juntos a todos los miembros de su familia o abrazaron a sus mejores amigos? Si no coordinan su vida en base a dos o más husos horarios, no hablan bajito en casa para que algún vecino no los delate, no han pagado vacuna, no les han invadido su casa, no les han expropiado su empresa, no han viajado con la maleta llena de comida, pañales o medicinas en lugar de souvenirs para familiares y amigos, de qué nos van a hablar.

De pronto desean que abramos los ojos, porque al parecer tenerlos entrenados para detectar milicos, malandros, alcabalas, movimientos raros y balazos nos ha servido para sobrevivir, pero no para entender a los tertulianos que conocen el país "mejor que nosotros".

Si no han sufrido la impotencia de tragar en silencio abusos a cambio de mantener vivo a un ser querido, qué creen que nos pueden enseñar"

Si no han tenido que estudiar o trabajar con un servicio de internet tan deficiente que necesitas dedicar una mañana completa para enviar un correo sin archivos adjuntos, no han tenido que aprender a hablar en clave, asegurar sus comunicaciones para no ponérselo tan fácil a la compañía telefónica que le pasa información al régimen. Si para informarse no dependen de lo que les llegue desde el extranjero, si no tienen que autocensurarse en el grupo de mensajería de los vecinos, del gas, de la junta comunal para evitar desaparecer sin dejar rastro. Si no han tenido que buscarle un mejor futuro a su mascota porque ya no podían darle de comer, no han tenido que mandar a diario pruebas de vida a la gente de confianza mientras han tenido que esconderse por defender sus derechos o los de otros, si no han sufrido la impotencia de tragar en silencio abusos a cambio de mantener vivo a un ser querido, qué creen que nos pueden enseñar.

Si no se han vuelto locos intentando conseguir dinero y pasaje para asistir a un funeral, o han llorado amargamente por no poder estar allí, no han tenido que gestionar una repatriación de restos mortales, no han pasado noches en vela esperando buenas noticias, no se han ido a dormir hasta recibir el mensaje confirmando que todos están en casa, no han visto a los padres de un amigo agachar la cabeza y devolver el pote de mantequilla a la estantería porque no se lo podían permitir, no se han separado de los suyos voluntariamente o no llevan años soñando con un reencuentro, qué podrían opinar.

Aunque la lista parece larguísima, realmente es un resumen de lo que hemos padecido los venezolanos durante todos estos años de dictadura. De modo que esos cursitos acelerados que una cuerda de tiralevitas pretende darnos desde la comodidad de sus casas, con todas sus necesidades básicas cubiertas, gozando plenamente de la libertad que democracias incluso imperfectas garantizan y también de las dádivas que han recibido de los perpetradores de crímenes de lesa humanidad que han estado en el poder saqueando mi país desde febrero de 1999 no son más que humo. El mismo humo del que apoya la revolución mientras sean otros quienes la padezcan. Algo así como hablar de las bondades de vivir en Cuba sin haber puesto pie fuera del hotel con pulserita en Varadero. Estoy convencida de que ninguno de ellos aguantaría una ducha de agua fría, un día sin electricidad y mucho menos media hora haciendo cola. La realidad la hemos vivido nosotros y sus cicatrices nos habitan en cuerpo, mente y alma.

Los venezolanos encontraremos la forma de poner esto en un lugar donde ya no nos haga daño"

No recuerdo que nos haya salpicado ni una sola gota de petróleo desde que Chávez asumió la Presidencia, tampoco recuerdo haber visto preocupados por nosotros y nuestras riquezas a uno solo de estos intelectuales o tertulianos expertos tanto en derecho internacional como en vulcanología y el ciclo de vida de los pangolines. Pero sí recuerdo todos los eventos que me he perdido, todos los abrazos ahogados, a todos los que se han quedado en el camino, cada uno de los rostros que no volveré a ver, cómo la mesa de mi casa se fue quedando vacía, cómo algunos puestos jamás volverán a ocuparse.

Y como también recuerdo a qué huele mi tierra cuando llueve, cómo cantan los loros, de qué tamaño son los aguacates, el sabor de los mangos, el estridular de las chicharras, el calor de la arena entre mis pies y qué se siente estar rodeada de amigos, no necesito que me digan cómo tomarme la caída de una dictadura que lleva tanto tiempo haciéndonos daño. Los venezolanos encontraremos la forma de poner esto en un lugar donde ya no nos haga daño. Casi diez mil días de sufrimiento han sido una terrible desmesura que a estas alturas nadie nos puede explicar ni enseñar tardíamente a sobrevivir sólo para que otros satisfagan su ego y hagan gala de su mohosa e interesada condescendencia.


Yedzenia Gaíza es venezolana e internacionalista.