Seguramente fue hace un buen tiempo cuando David Uclés descubrió que España se encuentra cerca del peak-write, punto que se alcanzará cuando haya más escritores que lectores en activo. Hay indicios de que ya se ha sobrepasado esa barrera, pero no se puede afirmar con rotundidad. Tampoco es importante el dato exacto, dado que no alteraría en nada el paisaje, habitado por miles de personas con un libro publicado que se esfuerzan porque se hable de su obra, sin ningún éxito en la mayoría de los casos.
La diferencia entre un autor popular y otro anónimo depende generalmente de su capacidad para diferenciarse por sus cualidades extra-literarias. En esto, Uclés es muy hábil. Digamos que sabe significarse. Es consciente de que a toda dosis burda de polémica le debe seguir un arrebato de dignidad y otro de victimismo; y de que el personaje tiene más importancia que la obra desde el punto de vista comercial.
Es cierto que eso obliga a aparcar el sentido del ridículo, pero, ¿a quién le da de comer eso? Lo que 'renta' en estos tiempos es la viralidad, no lo razonable.
Por eso se ha acostumbrado este escritor a prender la mecha para recibir atención. Le va bien: vende muchos libros, le premian, le citan e incluso ha firmado un gran contrato editorial. Es verdad que el enésimo recorrido turístico por Comala no tiene el mismo valor que concebir ese lugar, casa por casa, a partir de imágenes, calles y vivencias, pero eso no es relevante. Lo importante es el ruido y las ventas, dos factores que Uclés saben que, en su caso, están íntimamente relacionados.
El intelectual
Eso es, de hecho, lo que explica su fama y lo que merece la pena analizar, porque es su gran fuerte: el marketing. La puerta fría, la maniobra capitalista más descarnada, la que busca que un ciudadano gaste 20 euros para adquirir el libro del tipo del guardapolvo, lo lea o no. Una vez expuesta esta cuestión, podrían abordarse elementos secundarios, como la calidad de su obra o su figura de intelectual sanchista en ciernes. Pero que nadie pase por alto que la clave es la mercadotecnia; o sea, llamar la atención del personal para que abra la web de Amazon y encargue alguno de sus libros, tanto por ganas de leerlo como por afinidad con sus presuntos principios.
El modus operandi de Uclés tampoco lo ha inventado él, como Comala. Se le da muy bien a personas que han adquirido relevancia y patrimonio con su aplicación, tanto en cultura como en política. Se basa en la siguiente ley fundamental: "Todo ejercicio de piromanía provoca una reacción que puede ser utilizada como catalizador para ganar dinero a partir de una actitud victimista que será siempre mayor a la respuesta recibida". Eso explica a Uclés.
Con esto en mente, es más sencillo adivinar el porqué ha convertido el antifascismo en su bandera, el porqué rescata por enésima vez la Guerra Civil o el porqué hace todo lo posible porque se inicien airados debates sobre sus decisiones personales, como, por ejemplo, la que le ha llevado a retirarse de unas jornadas sobre la guerra civil porque entre sus ponentes se encontraban José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros.
Oportunismo rentable
No deja de resultar llamativo que su anuncio haya derivado en un debate sobre la polarización de la sociedad española, cuando la clave aquí es, sin duda, el que alguien sea capaz de aplicar el oportunismo de una forma tan virtuosa y a la vez inesperada. Hay que reconocer que lo ha bordado: primero prendió la mecha con el vídeo en el que advertía de su retirada y, de paso, culpaba a Aznar de haber hecho "daño físico al pueblo español".
Eso generó una polémica a la que se sumó la tropa de Podemos, que expresó su intención de boicotear el acto. A la vista de esta cuestión, los organizadores de las jornadas decidieron aplazarlas.
¿El resultado? Uclés se ha reivindicado como uno de los referentes de la izquierda dominante. Incluso pater Juliana le ha definido como un "autor interesante". La bendición del poder siempre ayuda a que en las librerías los libros de un autor se sitúen cerca de la puerta, además de ser clave para recibir premios, invitaciones y prebendas.
Parecía un pardillo a simple vista el chico de la boina y quizás, desde el punto de vista intelectual, lo más significativo sea su actitud, que le impulsa a querer ser el centro de atención -- money, money -- a partir de agitación y berridos adolescentes (¿y qué es entonces el sanchismo, se preguntará alguien?; ¿y cuál es la clave del ascenso de Sarah Santaolalla?). Esto quizás no hable muy bien del autor, pero, ¿y qué hay del comerciante? Eso es otra cosa. Su método de venta del producto podría estudiarse en las escuelas de inversión: ha ganado mucho dinero, con apariciones justificadas por sus escritos y/o pese a ellos, que no son los peores, ni los mejores. Eso tiene mucho mérito, en lo general y en este particular.
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