Hay una serie de temas sobre los que llevamos equivocándonos muchos años quienes nos dedicamos a las Ciencias Sociales aplicadas al estudio de América Latina. Aunque la lista es larga, a la ligera se me ocurren tres: el fin de la violencia en Colombia, el fin del castrismo en Cuba y la integración regional con sus derivados, como el acuerdo UE-Mercosur.

Nos equivocamos porque convertimos nuestras preferencias personales en explicaciones aparentemente racionales. Esto nos hace perder objetividad y minusvalorar elementos que vayan en contra de nuestro "deber ser". También puede ocurrir que algún cambio imprevisto trastoque el análisis y nos lleve al error, como ha pasado varias veces al pensar sobre Cuba. Así fue, entre otros factores, con el apoyo incondicional del gobierno de Chávez a los Castro. Su generosidad compartiendo la bonanza petrolera de Venezuela echó abajo los diagnósticos que auguraban cambios políticos debido a la falta del auspicio económico de los soviéticos, que pagaron a precio de oro el valor simbólico de tener un aliado comunista a 90 millas de la península de la Florida. La caída del bloque socialista llevó a Cuba a una profunda crisis que se bautizó como período especial, un eufemismo que está al nivel del invento colombiano de los falsos positivos para designar a los civiles asesinados.

Como bien lo explican Pavel Vidal y Susanne Gratius en un estudio que acaba de publicar el Real Instituto Elcano, Cuba desarrolló fuertes lazos de dependencia económica de Venezuela y, por ello, el aparente fin del chavismo puede tener consecuencias económicas que devengan en políticas. Por otro lado, como me recordaba el politólogo cubano José Manuel González Rubines, el gobierno de Cuba ha quemado muchas naves por incumplir compromisos, perdiendo la credibilidad ante potenciales países que podrían apoyarlo, como China, Rusia o Vietnam. Además, ya se ha visto recientemente en Venezuela que chinos y rusos no han movido ni un dedo, a pesar de que ahí se jugaban mucho más que en Cuba.

Asumiendo que es muy fácil equivocarse haciendo previsiones sobre Cuba, me atreveré a formular unas cuantas a raíz de las declaraciones de los representantes de Cuba y EEUU que abren una tímida vía de negociación. Como describía en un texto que publiqué a finales del año pasado, el país atraviesa una crisis multicausal cuyo síntoma evidente es la emergencia energética. El pésimo estado de las infraestructuras y la falta de recursos para repararlas son factores estructurales a los que se suma la carencia de combustibles fósiles para alimentarlas. Para empeorar las cosas, si aquello era una especie de fiebre alta, la pérdida de su último benefactor petrolero, México, ha llevado a la isla al borde de la encefalitis.

La decisión de este país de acatar la presión de EEUU y suspender el envío de petróleo a Cuba los ha dejado sin proveedores, una vez que habían perdido a Venezuela. Además, Cuba no puede acudir al mercado regular o al operado por países sancionados como Rusia o Irán por falta de liquidez y/o el embargo. Según el Financial Times, a inicios de febrero sólo le quedaba petróleo para un máximo de 20 días, extremo que ha sido negado por las autoridades, a pesar de que sigue habiendo apagones y de que una persona puede tirarse toda la jornada laboral en la fila de la gasolinera.

Lo ocurrido en Venezuela indica que el reemplazo radical de la élite gobernante no siempre es posible ni recomendable si se pretende garantizar la estabilidad"

Como diría un cubano, la situación está de "¡queridos amiguitos!" y, en estas circunstancias, es muy difícil que aparezca algún tipo de Chapulín Colorado, como ocurría en el programa de televisión mexicano cuando las cosas parecían no tener solución y uno de los personajes exclamaba: "¡Oh, y ahora quién podrá defendernos!". El escenario internacional ha cambiado y parece improbable que surja un Chávez como a inicios de la década de 1990 o que los rusos quieran subir la tensión con EEUU y mandar un petrolero a riesgo de provocar un episodio similar a la crisis de los misiles.

Por otro lado, la operación militar en Venezuela evidenció el giro pragmático del gobierno de EEUU. Ahora dejan en segundo plano las demandas sobre derechos políticos y democratización a cambio del control o la influencia sobre un país y sus recursos. Un cambio que sin duda beneficia a las élites cubanas. Trump no viene del republicanismo anticomunista y conservador que subió la vara de las sanciones económicas teñidas de política con la Cuban Liberty and Democratic Solidarity (LIBERTAD) Act de 1996. Mientras los promotores de esa ley, el senador Helms y el congresista Burton, acudían a los servicios religiosos de sus congregaciones, el actual presidente prefería las fiestas de Epstein y los negocios, diferencias en las que pueden estar las claves. Es como si la nueva doctrina Donroe se hubiese tomado en serio la sentencia atribuida de forma apócrifa a Franklin D. Roosevelt: "Este gobernante es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".

Lo ocurrido en Venezuela indica que el reemplazo radical de la élite gobernante no siempre es posible ni recomendable si se pretende garantizar la estabilidad y asegurar el control del país. Por esta razón, es factible que no sea una prioridad exigir la salida de los actuales gobernantes cubanos, siempre y cuando estén dispuestos a colaborar, tal y como está haciendo Diosdado Cabello, quien se ha apresurado a colocar a su hija de ministra, en lugar de sacar a los colectivos a defender a los compañeros Nicolás y Cilia.

Ahora bien, las élites cubanas están más curtidas y son más estratégicas: no en vano llevan resistiendo más de 60 años. En este caso, la negociación puede ser mucho más difícil y será necesario ofrecer una salida digna a ciertos sectores, sobre todo a la llamada generación histórica que sigue mandando y cuya cabeza visible es Raúl. La pregunta es cómo se puede desbloquear la situación sin que ambas partes cedan y, al tiempo, obtengan puntos para sus aficiones.

Una vía podría ser volver al punto inicial del conflicto... EEUU podría recuperar las propiedades de sus ciudadanos y Cuba volver a los mercados financieros internacionales"

No cabe ninguna duda de que el nudo gordiano es el "embargo", según los estadounidenses, o "bloqueo", según los cubanos. Aunque se trata de una medida de fondo político, se justifica en la protección de los derechos de los ciudadanos y empresas norteamericanas cuyos bienes fueron expropiados; razón por la cual, creo que una vía podría ser volver al punto inicial del conflicto. Ahí sería posible la negociación y un acuerdo que contemplase garantías para los dos lados, de modo que ambos mantuviesen la apariencia de salir ganando: EEUU podría recuperar las propiedades de sus ciudadanos y Cuba volver a los mercados financieros internacionales.

Se me dirá que esas propiedades ya no existen o que son simples ruinas, pero eso es lo de menos en comparación con el efecto político que tendría el reconocimiento explícito de la propiedad privada y del derecho de particulares a desarrollar actividades económicas al margen del Estado. No debemos olvidar que una de las bases de la dominación del gobierno está en el control del acceso a bienes y servicios y de los distintos mercados. De hecho, incluso las empresas privadas internacionales que operan en Cuba lo hacen en sociedad con el Estado.

En este análisis, Marco Rubio es como la amada de Machado: presente en la ausencia. La pregunta es si él y la parte más dura del anticastrismo estarían dispuestos a sumarse a ese plan. Mi apuesta es que sí porque tienen la capacidad económica y las ganas de comprarse Cuba y esta puede ser su oportunidad. No sería únicamente participar en la privatización, vía devolución, de los bienes confiscados, sino también intervenir en el negocio de la reconstrucción de Cuba, algo que hará ricos a muchos cuando llegue. La mayoría de las empresas norteamericanas que estuvieron en Cuba a inicios de 1960 ya no existen, sin embargo, se puede crear un mercado de derechos de propiedad en el que ellos salgan ganando. Está por ver si el lobby cubano prefiere la trinchera o la posibilidad de acceder a su país a través de inversiones debidamente garantizadas.

Para finalizar, no olvido el temor de EEUU de que una buena situación económica favorezca al gobierno cubano y fortalezca al socialismo. Pero sinceramente, en este momento no creo que sea el caso, habida cuenta de la debilidad política del proyecto revolucionario, el agotamiento de la sociedad y los problemas de gestión del gobierno actual. Prueba de ello es que, mientras Fidel mandó un MiG para volar dos avionetas que rescataban a los balseros que huían de Cuba a mediados de la década de 1990, ahora el gobierno ha abierto las puertas para que los cubanos salgan y puedan mandar dinero a sus familias y, de paso, generar divisas para el país, evidencia de que en la política cubana actual pesa más evitar la quiebra que los principios revolucionarios.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.