Yolanda Díaz, a trompetazos de latón, a latigazos fláccidos de trenza, como una valquiria desinflada, ha vuelto a dar la alerta antifascista en su versión lánguida. Yo creo que ella aún se ve como una heroína con cuernos y coletas a la vez, pero su alerta suena más bien al timbre de su puerta, con dindón de casa de la Preysler. Quiero decir que es lo de siempre, lo de cada día. En Yolanda suena a que ha llegado la vecina con tarta de arándanos y en el resto de la izquierda suena a que llaman al rancho, ese rancho del cuartel o del Oeste con granero, sotabarba, hacha y sermón que es la izquierda. Cada día, a la misma hora, con la misma urgencia, la misma costumbre, la misma campanita y el mismo sombrerito, la ultraderecha y tal. Con la alerta, germanoide y orientaloide como una fiesta de la Preysler, ha venido por supuesto el populoso rebato para la unidad de la izquierda, que lleva uniéndose para volverse a desunir toda la historia. O sea que tampoco hay novedad ni susto, y yo diría que tampoco prisa, que al fin y al cabo ha pasado ya más de un siglo y no llegan ni al acuerdo ni a la fórmula para que lo suyo funcione. Es como cualquier día de la izquierda, con maitines de botellín revolucionario. O, al menos, como un domingo consagrado. Lo que pasa es que, además de eso, la alerta antifascista se ha demostrado más inútil que nunca.
La izquierda ha explicado mal el fascismo, o se ha explicado mal ella, o las dos cosas a la vez. El caso es que en Aragón la izquierda “verdadera” nacional casi desaparece, sólo ha quedado el regionalismo con zurrón que ya no sabe uno si es ideología, morriña con flauta o moda trapera de pijos. Sea como sea, su subida también se puede leer como otra reacción de cabreo, hartazgo o huida ante esa izquierda teórica, simbólica y contradictoria (estar con Sánchez es aceptar la contradicción o el absurdo), una izquierda que se percibe como inútil por allí por los montes o por la realidad en general, como si fueran harekrishnas por la España vaciada. Podemos ya sólo tiene el refugio de Madrid, que es una ironía amarguísima, o incluso el refugio aún más pequeño y amargo de una taberna con vino calentorro y tirititrán, como si fuera el Joselito de Kiko Veneno. En IU-Sumar ya no sabemos si queda algo de Sumar, algo así como un guante de baile que se dejó olvidado Yolanda, o queda algo de IU, y si queda algo de IU no sabemos si es de cuando fue PC o de cuando fue eurocomunismo, de cuando fue Anguita con escritorio de madera de barco, de cuando fue de Alberto Garzón con ministerio de cartón, o de cuando fue también Podemos, agarrados a la coleta de falso samurái de Pablo Iglesias.
Yolanda llama a la alerta antifascista en su versión desmayada y llama a la unidad de la izquierda como si llamara para la paella o para el lobo del cuento del lobo
A la izquierda de progreso del Gobierno de progreso, de la mayoría social, de la clase con conciencia de clase (sustituida más bien ya por las identidades con conciencia de identidad, una cosa también como germanoide, brutalista y herderiana); a la izquierda de los curritos arquetípicos o caricaturescos como curris de los Fraguel, a la izquierda de toda la vida con batallitas de toda la vida, a la izquierda sólo mitológica o sólo estética, que ya digo que lleva un siglo de buenas intenciones y de catástrofes políticas, económicas y humanas, resulta que ya no la votan. No la votan, cree uno, porque, salvo las tribus identitarias, apenas nadie se ve representado en sus categorías escolásticas y puramente utilitarias, sus ejércitos teóricos a los que, en la práctica, abandonan. No la votan porque la hemos visto en el Gobierno y han gobernado sin saber o sin querer gobernar, y han ido decepcionando, traicionado y desengañando a todos, a los suyos de siempre y a los cabreados pescados en el momento. No la votan, además, porque estos revolucionarios librescos, estos intelectuales de los sueños y estos gestores sólo de la miseria se han puesto del lado de un sanchismo que no tiene moral, ideología ni vergüenza. O sea, que no sé a quién llama ahora Yolanda, con su cazo de ama de casa de la pradera, de la izquierda de pícnic, o con su pandereta folk de la izquierda folk, cuando ya no quedan ni los de siempre.
La izquierda ha explicado mal el fascismo, que no es ser de derechas, ni ser liberal, ni siquiera ultraliberal, sino una estética y una política de la violencia consagradas a una ortodoxia nacionalista totalitaria sin contestación ni contrapesos. Curiosamente, algo más parecido a sus socios de progreso, o a ellos mismos, o a su jefe Sánchez, que a los hombrecillos grises que suelen ser los del PP, sean Feijóo, Rajoy o Aznar, y hasta a la comadre zarzuelera o hembra taurina que es Ayuso. De Vox ya he dicho muchas veces que no sabemos con seguridad qué hay detrás, puede terminar en una derecha más rancia, conservadora y santera pero institucional y constitucional (como Meloni) o puede terminar como un Podemos del otro lado, en esa destrucción casi mecánica de los populismos contra la realidad. Pero, aunque sin duda haya detrás franquistas de pulserita, como había franquistas de Snoopy en el gran PP de Aznar, dudo mucho que triunfen descubriéndose como neofascismo hispánico o trumpista. Tendrían que encontrarse, como se encontró nuestra extrema izquierda, con otro radicalismo, el de Sánchez. Y este PP, aunque contrate a Vito Quiles de DJ, está mucho más cerca de ser torpe o conformista que de ser radical.
La izquierda ha explicado el fascismo mal y torpemente, hasta banalizarlo, pero no creo que se haya explicado mal a sí misma. Ha sido al contrario, se ha explicado tan bien, se ha descubierto tan desacomplejadamente, gobernando literaria o teológicamente para sus ideólogos o popes, gobernando aciagamente para el resto, sin atender al pueblo y a los menesterosos de los que se reclamaban heraldos y paladines, y acompañando al sanchismo en su desguace de la democracia, del Estado y de la propia realidad, que su caída no tiene ningún misterio. Y, en todo caso, el votante tiene menos miedo de ese fascismo retórico e hiperbólico del que advierten con sus sirenas mitológicas y sus sirenas fabriles que de la vívida realidad de ese espacio a la izquierda del PSOE o del abismo. Yolanda, que es como una valquiria con daiquiri, como una marquesa con poncho o simplemente como una comunista con dacha a punto de quedarse sin dacha, llama a la alerta antifascista en su versión desmayada y llama a la unidad de la izquierda como si llamara para la paella o para el lobo del cuento del lobo, otra vez. Pero no es ninguna alerta, es sólo otro domingo de la izquierda dominguera que ya no atrae, que ya no vende, que ya no engaña.
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