Una sociedad entontecida, un lugar yermo para la ciencia, un páramo para los saberes y el pensamiento abstracto. Un pueblo que se ríe de Barbacid, de Yolanda Díaz, de la estirpe de Sergio Ramos y del CIS. El chiringuito orgulloso de Europa.

Qué va. Si alguien se quejaba amargamente de que España era un país de camareros, si aquel desalmado de Machado dejó escrito que, en nuestro país, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa, sabed, conciudadanos, que nuestra patria luce hoy como un renovado Ateneo de expertos, como un emporio de listos opinando, como un vivero inagotable de enemigos declarados de toda generalización, dispuestos a recordarnos que el mundo es demasiado complejo como para dejarlo en manos de quienes todavía conservan la imprudencia de querer comprenderlo en su conjunto.

En esta edad de oro del conocimiento fragmentario, en esta Isla de las Tentaciones arrogante y ordinaria del Sur de Europa han arraigado los peritos de las cosas pequeñas, ha progresado esa constelación de especialistas pugnaces, de opinadores sofisticados, sapientísimos, que se abren paso a empujones entre nosotros, parcelando los saberes generales y cercando, con admirable eficacia, los confines de nuestra ignorancia.

Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro, lucen, desleídos, los frisos de las bibliotecas que pocos ya frecuentan, ahora que hemos cambiado a los sabios y a los maestros por sujetos vociferantes que nos enseñan a ser traders, líderes municipaleso filósofos estoicos en LinkedIn, mientras paseamos por un centro comercial, planchamos los pijamas de los niños o acarreamos -sin que nadie nos amenace con un látigo- unos bidones en el CrossFit de aquí al lado. Sin embargo, esa Universidad sin aulas de lo singular, la Academia que nos empuja a dominar y someter a la IA, a cocinar a baja temperatura o a desplegar nuestros talentos digitales en la mercería del abuelo en Miguelturra no es algo nuevo entre nosotros, aunque sí lo sea su abrumadora fenomenología.

Es verdad que el abandono de la cueva y el florecimiento de las ciudades no suprimió la función de los intermediarios del saber, sino que la perfeccionó, revistiéndola de fórmulas regladas, protocolos y mecanismos de acreditación que sustituyeron el misterio arcano por el membrete y la espectacularidad del conjuro por la certificación compulsada, por el like y el recuento de seguidores. Si otros tiempos tuvieron sus chamanes y nigromantes capaces de interpretar los signos oscuros del mundo, nosotros hemos ungido con este nuevo sacerdocio a los especialistas contemporáneos, criaturas menos aparatosas y mejor remuneradas, que ya no hablan con los muertos ni examinan las vísceras de los animales, pero que conservan intacto el privilegio de pronunciarse con fina autoridad y oportunidad desde aquellas minúsculas islas del saber sobre las que proyectan su sabiduría hacia el mundo sensible.

Sin embargo, el advenimiento de esta República de los Saberes Pequeñitos, el apogeo de esta Babel sofisticada de expertos vociferantes que sentencian con frases cortas, abuso de puntuación y que exhiben usos épicos con los que figurar en los cantares de gesta que están por escribirse, ha tenido un efecto catastrófico sobre nosotros, pues ha achicado el espacio personal de nuestra relación con el saber, que no es la opinión leída en la web o el texto convenientemente descargable en PDF, sino el constructo moral de un individuo, el resultado de una decisión vital íntima, la dedicación esforzada y perpetua y un trabajo tan humano como costoso cuyo valor no residía solo en el ensanchamiento de la parcela de nuestras entendederas sino en el proceso que nos llevaba a intentarlo.

El conocimiento actuaría entonces como una coreografía ensayada, como un sistema de referencias cruzadas donde lo decisivo no es la verdad ni la profundidad (…) sino la correcta ubicación de uno mismo

Desalojados los mentores de sus pedestales, franqueada la aduana de esa federación de saberes enanos en la que el experto despliega su soberanía, poco importa ya que uno pueda lucir como un ignorante contumaz ante los hijos o los papás del cole en una barbacoa, que presuma de ser un ágrafo vocacional o se revele como un zote de habla atropellada o como un obstinado retorcedor de gramáticas, siempre y cuando ese magisterio de las cosas menores que desplegamos responda al canon de pragmatismo y utilidad que todo lo ilumina, sin ceder al empeño actual por impactar, por incomodar, por “hacernos estallar la cabeza” cuando toca, ahora que todos sospechamos de lo que no puede facturarse, de lo que no es certificable ni puede aplicarse inmediatamente.

Fiat lux, suele leerse en sus rutilantes tarjetas de visita. Sígueme para más consejos, reza su negrísima bandera pirata. El prestigio de este especialista español, del perito en incendios forestales de estío, del catedrático de bitcoins o del exégeta charlatán que descubre ahora nuevos horizontes para el lenguaje no verbal en la mímica descansa en su condición de árbitro de inteligencias novísimas, en su competencia como comisionista interesado de una forma nueva y organizada de desposesión del saber, perfectamente adaptada a un mundo donde el conocimiento se refugia en nichos estancos y desconectados, actuando más como una propiedad distribuida del sistema que como el patrimonio incremental e incompleto del individuo, ahora que nadie presume ya de querer saberlo todo. En este contexto, el especialista se ha convertido en una figura esencial para el funcionamiento y la inteligibilidad de las estructuras enmarañadas que nos gobiernan, cuya complejidad excede ya cualquier comprensión individual, en lo que va de la disciplina de voto en el Congreso al sueldo de los médicos, las letras de Bad Bunny o el quinquenio de silencio de los sindicatos.

Así, los especialistas están en todas partes -nos quejamos con amargura-, como los móviles, las certezas ajenas o el cableado eléctrico, y cumplen una función similar: hacer posible la vida actual bajo el señuelo de una eficacia que, en compensación por sus servicios discretos, nos dispensa de la obligación de entenderla. Y he aquí que, en este proceso, el consultor de hornacina irrumpe con solvencia y parece saber cada vez más sobre cada vez menos cosas, hasta dominar territorios tan estrechos que solo él puede habitarlos con soberana autoridad, mientras que el resto de los antaño pensantes aprendemos a vivir con la convicción tranquila de que no es necesario saber, porque el sistema garantiza que alguien sepa por nosotros.

Cien años atrás Juan de Mairena dejó dicho, casi sin levantar la voz, que “en un mundo de especialistas nadie sabe ya lo que se sabe, aunque sepamos todos que de todo hay quien sepa”. Y en esa observación formulada con el martillo de la genialidad por el discutible orador sevillano –el mismo que afirmaba que el alcohol formaba parte de su leyenda, y que sin leyenda no se pasa a la historia- se explicita el drama contemporáneo del desplazamiento de nuestra relación con el conocimiento, pues ya no importa saber, basta con poder señalar al que sabe (y con paladear el privilegio de ser señalado, a veces, entre los que saben).

En una época de sobreabundancia de todo, en este momento en el que mantenemos una relación fiduciaria con el saber fragmentado, diríamos que el conocimiento luce intacto en su sima esperando su demolición colectiva, el episodio final de ese proceso de delegación en otros de la tarea de conocer a la que nos hemos entregado sin rechistar. Asumimos que la sabiduría descansa en algún lado, afirmamos su utilidad, pero conscientes de su inabarcable enormidad nuestra relación con ella se parece cada vez más a la que mantenemos con la red eléctrica, la política o la algoritmia: conocemos su existencia y nos empequeñecemos ante su despliegue, pero no sentimos la menor obligación de comprenderla.

El especialista, por supuesto, es una figura admirable, y no pocas veces él mismo se encarga de recordárnoslo. Sin expertos engolosinados en sus minucias no habría -claro- vacunas, ni satélites, ni existirían los diagnósticos precoces, el agujero de los donuts o el Cocido de Lalín. Sin embargo, hemos escuchado a alguien defender que su éxito ha tenido una consecuencia paradójica: cuanto más saben ellos, cuanto mejor se legitima este sistema de baldosas minúsculas del conocimiento colonizadas por la tribu de los peritos de lo pequeño, menos sabemos los demás, y lo que es más cuestionable, menos sentimos la necesidad de saber.

Los sociólogos en la sala dirían, además, que esta mutación ha producido un fenómeno curioso, que revela la progresiva sustitución del conocimiento por su representación social, de modo que hoy resulta más importante identificar correctamente al que sabe que saber propiamente algo, más útil citar que comprender, más rentable alinearse con el experto que emprender el fatigoso y arriesgado camino de pensar por cuenta propia, no vaya a ser que se nos pegue algo al meternos en ese pelotón sospechoso de los que dudan y vuelven a dudar. En este punto, el conocimiento actuaría entonces como una coreografía ensayada, como un sistema de referencias cruzadas donde lo decisivo no es la verdad ni la profundidad ni la solvencia de la sabiduría alcanzada, sino la correcta ubicación de uno mismo y de sus especialistas de cabecera dentro del mapa de las autoridades reconocidas.

“Pensad lo que queráis -dijo también el de Mairena-, pero pensadlo por vuestra cuenta”. Sin embargo, hemos llegado a esta situación delicada y cómica en la que el individuo contemporáneo vive rodeado de explicaciones que no podría reproducir, de certezas que no osaría defender en público y de principios que se ve incapaz de motivar, mientras los acepta con la misma naturalidad con la que admite la existencia de Teruel o la de la Fosa de las Marianas o reconoce la benéfica influencia del lactobacillus, aunque nadie haya estado nunca allá ni tenga intención de poner el yogur bajo la lupa del microscopio al volver del supermercado. En el fondo, todo se justifica por el beneficio de liberar al individuo de la carga incómoda de tener que comprender el mundo en el que vive, de sentirse pequeño por el tamaño de la empresa de aprender, pues basta con confiar en que alguien, en alguna parte, sepa lo suficiente como para que todo siga funcionando.

Hoy resulta más importante identificar correctamente al que sabe que saber propiamente algo

El resultado -ay- no es una sociedad más sabia, sino una comunidad más dócil, solidaria en su ignorancia y en la aceptación del conocimiento como función delegada y mediata. En esta sociedad de especialistas y sus públicos funcionaríamos sin comprender, opinaríamos sin saber y, lo que es más notable, asumiendo este cómodo viaje sin alforjas habríamos aprendido a no echar nada de menos, a conformarnos con conservar sin mengua lo que dominamos, como señal definitiva de una derrota cultural que terminará de consumarse cuando todos hayamos pasado al otro lado de esa línea que separa a los verdaderos estudiosos de los impostores que deslumbran con el magisterio de sus fogonazos perecederos.

Este proceso de decadente exhibición de los saberes troceados nos enseñaría que, además, hemos democratizado como cualidad social la pedantería, ese vicio contemporáneo que no es el exceso de conocimiento, sino su pura simulación. Pedante no es el que sabe demasiado, sino el que necesita parecer que sabe. Y en una sociedad donde el conocimiento es inabarcable, todos estamos, en mayor o menor medida, condenados a cursar esa asignatura exuberante de la pedantería, incapaces de evitarla cuando los demás nos miran y nos escuchan con atención, esperando conocer qué vamos sabiendo, en qué estamos especializándonos. En este punto cualquiera puede posar hoy de leído sin el trabajo de estarlo realmente; fungir de experto en fisión nuclear, en hidroponía lunar o en los frisos del Altar de Pérgamo en un podcast autoproducido en el garaje, o de exhibir las credenciales del maestro bajo una luz propicia y dos prompts bien trabajados en el portátil, integrándose sin fricción en la conversación de los que saben, o al menos de los que parecen saber, que a efectos prácticos hoy ya viene a ser lo mismo.

Porque la especialización -creemos haberle escuchado a Loreto Valverde, JD Vance o a Pablo Motos- no solo ha fragmentado el conocimiento; ha fracturado también el coraje de pensar y lo ha desmovilizado, convencidos de que fuera de nuestro ámbito de sabiduría parcelada siempre hay alguien que sabe de lo suyo, y esa hipótesis, que en otro tiempo habría encendido la curiosidad, hoy basta para apagarla. Y he aquí que otra vez volvemos sobre la sospecha que puso Machado en boca de Mairena: que el pensamiento, cuando se profesionaliza en exceso, corre el riesgo de dejar de ser pensamiento para convertirse en oficio, y que el oficio, cuando se ejerce con demasiada seguridad, tiende a olvidar el temblor original de la duda que lo hizo necesario.

Por esta razón, tal vez, la llamada incómoda a desconfiar de la sociedad de los especialistas, aun cuando venga escrita en letras capitales, suena hoy como la letanía de los inadaptados, como la protesta tardía de los desplazados en una sociedad que no calla ni descansa. Pero ya se sabe, pensar tiene sus consecuencias, y algunos llevamos la melancolía dentro y la derramamos sin remedio sobre los objetos que nos rodean.

No aprendemos. Y quizá, en el fondo, porque ya no lo necesitamos.