El cuarto año de la guerra a gran escala de Rusia contra Ucrania no es simplemente otro año de enfrentamiento. Es una etapa de madurez estratégica. La guerra no terminará con consignas políticas ni con declaraciones diplomáticas, sino cuando el agresor pierda la capacidad real de continuarla.
Tras el shock de 2022, la movilización de 2023 y la complejidad de 2024, Ucrania entra en una fase de desgaste prolongado del adversario y de fortalecimiento sistemático del Estado. Pese a los ataques constantes con misiles y drones y a la presión en el frente, el país ha mantenido su funcionalidad institucional. Las Fuerzas Armadas, con apoyo internacional, se han transformado en una fuerza tecnológica flexible, centrada en sistemas no tripulados, artillería de precisión, gestión digital y operaciones en red. La producción nacional de drones y los ciclos rápidos de innovación han reducido drásticamente el tiempo entre desarrollo y despliegue. Lo que antes llevaba años, hoy se adapta en meses.
Una paz sostenible solo es posible sobre la base del derecho internacional y la restauración de la integridad territorial de Ucrania. Cualquier congelación del conflicto sin un cambio en la naturaleza agresiva del régimen ruso sería simplemente una pausa antes de una nueva fase de guerra. Moscú no ha renunciado a sus objetivos y sus exigencias son incompatibles con la soberanía ucraniana. Esperar un proceso de paz rápido es, por tanto, estratégicamente ingenuo. El escenario realista pasa por la disuasión a largo plazo, el desgaste económico del agresor y el desplazamiento progresivo del equilibrio de fuerzas. Ucrania no rechaza la diplomacia, pero la diplomacia solo funciona cuando está respaldada por poder y capacidad de resistencia.
La guerra actual es una guerra industrial y de adaptación acelerada. Los drones dominan el campo de batalla y han convertido amplias zonas del frente en espacios de riesgo permanente. El coste de interceptar ataques suele superar el coste del propio ataque, mientras que la reposición de sistemas de alta tecnología requiere años. La aritmética de los arsenales se ha convertido en una limitación estratégica global. La cuestión ya no es solo quién tiene más armas, sino quién puede permitirse sostener la guerra durante más tiempo.
Rusia aumenta su producción y se adapta. Ucrania no puede competir de forma simétrica en todas las categorías, por lo que su estrategia combina escala y transformación tecnológica. Se trata de producir masivamente sistemas asequibles hoy, mientras se invierte en soluciones que alteren la relación de costes en el campo de batalla. La producción en masa de drones FPV y sistemas de ataque de bajo coste debe consolidarse como programa industrial estable con apoyo financiero internacional. La ventaja clave reside en explotar la asimetría de costes: drones relativamente baratos pueden obligar al adversario a emplear medios defensivos mucho más caros.
En los próximos años, el conflicto seguirá siendo intenso y tecnológicamente exigente. La capacidad industrial y la rapidez de adaptación determinarán quién puede mantener el ritmo operativo mes tras mes. La economía ucraniana se está ajustando a la lógica de guerra y el sector de defensa se consolida como motor de modernización. Paralelamente, la integración irreversible en la Unión Europea refuerza el anclaje estratégico del país incluso en condiciones de ley marcial.
Cuatro años de guerra han demostrado que la paz no surge de declaraciones, sino de realidades estratégicas"
Esta guerra es, ante todo, una competición de resistencia. La victoria no dependerá de episodios aislados ni de declaraciones políticas, sino de la capacidad estructural para soportar presión prolongada. Por eso el factor decisivo no es la expectativa de una paz inmediata, sino la preparación para una confrontación larga en la que la resiliencia estratégica, la movilización industrial y la superioridad tecnológica inclinen gradualmente el equilibrio.
Cuatro años de guerra han demostrado que la paz no surge de declaraciones, sino de realidades estratégicas. Solo será posible cuando continuar la agresión deje de ser viable para Rusia. Por ello, Ucrania apuesta por el fortalecimiento sistemático de su ejército, su industria de defensa, su base tecnológica, su resiliencia económica y su integración internacional.
No se trata de rechazar la paz, sino de entender cómo se construye. Una paz justa y duradera será el resultado de la resistencia sostenida y de la capacidad de hacer que la guerra resulte insostenible para el agresor. Ucrania ya ha demostrado que puede resistir. El reto ahora es convertir esa resistencia en una ventaja estructural a largo plazo. Esa es la lógica que guía su apuesta por la fuerza como condición para la paz.
Oleksandr Slyvchuk es coordinador del Programa de cooperación para España e Iberoamérica del Transatlantic Dialogue Center.
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