Gregorio Morán se consolidó a lo largo de su carrera como un periodista que siempre remó "a contracorriente", enfrentándose a figuras de poder en momentos en que gozaban de gran prestigio social o político. Desde sus ataques al comisario Conesa en 1977, cuando este era considerado un héroe nacional, hasta su denuncia en portada vinculando al general Galindo con el GAL en una época en la que era alabado por su lucha contra ETA, Morán demostró una independencia feroz. Sus críticas no se detuvieron ante cargos electos, como quedó patente en su libro más famoso, Historia de una ambición, publicado contra Adolfo Suárez mientras este aún ocupaba la presidencia del Gobierno.
Durante décadas, sus columnas sabatinas en La Vanguardia fueron un referente del antifascismo, lanzando duras críticas contra la derecha de Aznar y los sectores conservadores. Sin embargo, su compromiso con la crítica mordaz y su rechazo a los consensos establecidos lo llevaron a cuestionar incluso a figuras elogiadas por la clase política catalana, como el exalcalde Porcioles, a quien recordó su pasado franquista pese a los elogios de figuras como Pasqual Maragall. Esta integridad periodística, que le valió incluso detenciones policiales en la Transición, lo definió como un profesional difícil de encasillar y, en ocasiones, de tratar.
El último gran conflicto de su trayectoria se produjo con el auge del procés en Cataluña, donde su postura radicalmente antinacionalista chocó con el entorno independentista. Morán denunció con dureza los intentos de suprimir la cooficialidad del castellano, lo que finalmente provocó su despido de La Vanguardia bajo la dirección de Màrius Carol. Hasta el final de sus días, mantuvo la convicción de que la exaltación patriótica del independentismo guardaba similitudes con el fascismo que tanto combatió, falleciendo como un periodista fiel a su esencia de "antifascista y antiindependentista".
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