A Yolanda Díaz, orgullosa y ultrajada como una zarina (la izquierda da falsos campesinos pero falsas zarinas), la va a demandar Julio Iglesias, que nunca se sentirá tan ultrajado como ella, insultada no por cualquier particular sino por la realidad, que es mucho peor. Yolanda Díaz piensa que la realidad es lo que hay dentro de su cabeza de madeja, como cuando oía la voz de ruiseñor del pueblo llamándola y dictándole el programa de Sumar. Tiene algo de santa en este sentido, porque su pensamiento va siempre desde el corazón, la llaga o la alucinación hacia el mundo. O sea, piensa al revés, que es lo que ocurre cuando se piensa fanáticamente. Yolanda Díaz convirtió las acusaciones contra Julio Iglesias en culpabilidad o al menos en prejuicio de culpabilidad, algo de lo que ella creo que nunca se dio cuenta, ahí desde el revés de las cosas. Eso le ha costado la demanda del padre de España, aunque estoy por decir que Yolanda lo va a demandar a él de vuelta por la ofensa, el oprobio y el descoco que supone siempre poner en duda los santos prejuicios de la izquierda.
Julio Iglesias demanda a Yolanda Díaz, que puede parecer normal cuando alguien ha hablado por ahí tan graciosamente de “abusos sexuales” y “esclavitud”, pero estoy seguro de que Yolanda no se lo esperaba. Es posible que ni conciba que pueda venir un señor cualquiera, que ni es mayoría social ni es mayoría de progreso ni es colectivo sensible ni es nada; un abogado casi desnudo con un solo papel, como desnudo con gabardina, y además enviado por un señor españolazo, altivo y picaflor como un torero, a exigirle a ella explicaciones, retractaciones y no sé si una millonada (Julio Iglesias seguro que sólo piensa en órdenes de millón, un poco como Sánchez pero con millones de verdad). Esto debe de provocar algo así como un cataclismo mental en esa cabeza de la presidenta, que uno imagina un poco como una casita de Pin y Pon, y donde ella había colgado esa otra cabeza de macho ibérico de Julio Iglesias, igual que tiene colgadas postales de la mayoría social que no la vota y acuarelas del progreso que ella no genera. Pero así pasa con todo, quiero decir que toda la realidad provoca un shock y un aleteo loco en la vicepresidenta, que por eso tiene siempre ese gesto de sorprendida, enfurruñada, indignada y en el fondo resignada. Lo del ultraje que decía yo al principio.
Yo creo que con estas cosas la izquierda se alimenta mucho más que con los soviets ceñudos de Rufián, que ya no sabemos si lo suyo va de ideología, de aritmética, de hacer bolos por ahí como un mago que te saca impresoras del abrigo o de qué. A veces, simplemente no se puede luchar contra la realidad, que envía un abogado como un trueno, o envía unas elecciones en la que no te votan ni los punkis que no hay, o envía obreros cabreados o engañados, o envía a corruptos y puteros, y todo eso justo cuando estás haciendo mermelada progresista. Yo creo, en fin, que es mucho más rentable para la extrema izquierda la negación de la realidad, la afirmación ciega de sus acuarelas mentales y el olvido de sus contradicciones intrínsecas (de la unidad al pacifismo, de la prosperidad a la democracia, de la justicia a la libertad). Y, luego, cuando llega lo que llega, que siempre llega, optar por ofenderse, escandalizarse, cabrearse un poco, desmayarse otro poco y luego olvidar. Y ya nadie hace esto como Yolanda.
La verdad es que sólo Irene Montero se le asemejaba en esas coreografías, rabietas y pucheros ante la propia realidad que veía o provocaba
Julio Iglesias, que parece que sólo ha presentado una demanda de honor o del cuché, como entre la pandilla de Tamara, en realidad lo niega todo. Niega la victimología, la estética y la infalibilidad de la izquierda, sus dogmas tiernos y a la vez crueles que no admiten más ley ni más verdad que la de su ortodoxia. Y, al negarlos, la izquierda se afirma aún más en ellos. Sobre todo si quien se les enfrenta ya saben que es un facha paradigmático, que hasta ese moreno legendario suyo es ofensivo, como un crujiente de jamón, oro y bandera por encima. O sea que Yolanda se escandalizará, se ofenderá, se cabreará y se desmayará como siempre, de esa manera en la que lo hace ella, como una princesa en el baile. La verdad es que sólo Irene Montero se le asemejaba en esas coreografías, rabietas y pucheros ante la propia realidad que veía o provocaba. Pero Irene Montero está ya desahuciada, por ahí por la Europa entrebohemia y entrepija, como una señorita bien que se muda con todas sus sombrereras al París de las buhardillas. Y, aunque lo parezca, Yolanda no está acabada todavía, ni mucho menos. Julio Iglesias, que es como un fauno de la derecha, carnal y mitológico, puede ser el archienemigo, la némesis, una especie de súper Bertín Osborne contra el que luchar y contra el que afirmarse. Alguien que se ha atrevido a venir con un papelito y un señor gris de pasillo, como de Gila, a negar todo lo que no se puede negar, todo lo que está en la cabeza de Yolanda y de la izquierda, que es como un museo de muñecas, infantil y siniestro. Llega la demanda, o sea llegan la guerra y el enemigo, justo cuando más le hace falta. Porque lo de Rufián parece que no se lo cree nadie, ni sus padrinos con servilletón, y la verdad es que sólo queda Yolanda para escandalizarse, ofenderse, cabrearse, desmayarse y sobre todo olvidar ante Sánchez. No será Julio Iglesias contra Yolanda Díaz, sino al revés, Yolanda Díaz contra Julio Iglesias. La izquierda siempre se sentirá más ultrajada que nadie, que no deja de ofenderla su propio fracaso.
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