El episodio final de Cristal fue seguido por el 85 % de las personas que estaban conectadas a la televisión en España. La cifra da cuenta de la dimensión del fenómeno social generado por la telenovela producida por Radio Caracas Televisión (RCTV), una empresa de medios que, junto a su competencia directa, Venevisión, era de las pocas que se atrevían a disputar espectadores a la mexicana Televisa, que tuvo durante décadas la hegemonía de la realización y exportación de productos televisivos en nuestro idioma.
El éxito internacional de RCTV finalizó el 27 de mayo de 2007, cuando el entonces presidente venezolano Hugo Chávez se negó a renovar las licencias de emisión aduciendo que habían apoyado el golpe de Estado que lideró el presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona, cuyo gobierno se apresuró a reconocer como legítimo el presidente español José María Aznar. La entidad se resistió y apostó a que, en última instancia, el gobierno cambiaría de opinión, porque era "too big to fail", pero más bien esa misma percepción de que su poder e influencia servirían para evitar la sanción fue errada, pues la convirtió en la pieza de caza mayor con la que se abrió la veda de la persecución a los medios críticos y a la oposición.
A partir de este momento, con un gobierno ya instalado en la vía autoritaria, las empresas de comunicación que no acabaron cerrando por el hostigamiento "se adaptaron" a los nuevos tiempos, como hizo Venevisión, propiedad de Gustavo Cisneros, un viejo conocido por haber servido de cabeza de puente de la relación entre el PSOE y los empresarios venezolanos, un vínculo que se mantiene hasta la actualidad, como se ha visto en los titulares de esta semana.
La salida del aire de RCTV fue la ruptura simbólica del pacto tácito de respeto a la independencia de los medios de comunicación que se dio en la región como parte de la ola democratizadora que arrancó hacia finales de la década de 1970 y terminó a inicios de la década de 1990, cuando en todos los países —con la excepción de Cuba— se habían celebrado elecciones. Además de por la tendencia autoritaria de los gobiernos, esta ruptura se facilitó por la crisis de credibilidad de estos. Las críticas de los ciudadanos se centraron en que solo publicaban información de parte y en que se habían politizado —como si eso fuera malo— hasta convertirse en la oposición de facto, reproches que no tomaban en cuenta que en la mayoría de los países de la región la esfera mediática era plural o que los propios gobiernos que se decían perseguidos tenían a su servicio poderosos grupos de medios estatales.
El ejemplo del comandante del chándal amarillo fue seguido por otros gobiernos, siendo el expresidente ecuatoriano Rafael Correa su discípulo más aventajado en lo de acosar y perseguir a los medios de comunicación críticos. Así, es icónica la imagen de Correa rompiendo un ejemplar del periódico El Universo durante la emisión de un Enlace Ciudadano, la versión ecuatoriana del Aló presidente de Chávez. En ese programa de variedades, entre números musicales en los que participaba el propio presidente, se atacaba a la oposición y a los medios, especialmente en la sección "la libertad de expresión ya es de todos". Ahí se hicieron públicos los datos personales de periodistas y se alentaron ataques en su contra. El guion incluía críticas a artículos de opinión y la descalificación de sus autores bajo el argumento de que carecían de objetividad: sin comentarios.
Pero las cosas no se quedaron ahí. Correa, como cualquier otro gobierno autoritario, no soportaba que se señalara el abuso de poder, los errores de gestión o los casos de corrupción; por ello, además, se valió de otros medios de presión, como el retiro de la publicidad institucional, inspecciones fiscales o laborales, así como juicios que no ofrecían garantías debido a la "metida de mano en la justicia" que se realizó durante su gobierno. Cuando eso no era suficiente, siempre había un servicial hombre de negocios dispuesto a comprar el medio y cambiar su línea editorial. Así ocurrió cuando el empresario guatemalteco Remigio Ángel González, El Fantasma (sic), compró El Comercio, el periódico más grande de Quito.
Ese gobierno promulgó una ley de medios y creó una Superintendencia de la Información y Comunicación que velaba porque la información publicada fuera "veraz y de interés general". Un buen ejemplo del proceder de la "superintendencia de la verdad" es la sanción impuesta a cuatro periódicos por haber violado la prohibición de "censura previa" al no informar o dar un despliegue "suficiente" a la visita de Rafael Correa a Chile, donde recibió un doctorado Honoris Causa por parte de una universidad de ese país.
Otros gobiernos del giro a la izquierda también aprobaron leyes de medios con la intención de contener a los medios críticos. El caso más conocido es el argentino, debido al enfrentamiento de la presidenta Cristina Fernández con el grupo empresarial que edita el periódico “Clarín”. Pero no se trata de un proceder exclusivo de los gobiernos de izquierda. El salvadoreño Nayib Bukele eliminó posibles testigos nada más llegar al poder, un proceso que arrancó con la suspensión del visado del director del premiado y prestigioso medio digital El Faro y continuó con la persecución de periodistas que acabaron en la cárcel o en el exilio. La misma suerte habían corrido sus colegas del otro lado de la frontera, en Nicaragua, donde está establecida la dictadura de los Ortega-Murillo, la versión tropical de Nicolae y Elena Ceaușescu.
Estremece escuchar los valientes testimonios de los periodistas perseguidos en el programa Exiliados, encarcelados y espiados: el costo de informar en Centroamérica del pódcast El Hilo; sobre todo, resulta impactante que se viesen forzados a tomar la decisión de no volver a El Salvador para evitar las jaulas de Bukele en los días en que se grababa ese programa, lo que hace más sentido su relato.
Cuando la pregunta recurrente es cómo mueren las democracias, la respuesta puede hallarse en la asfixia sistemática de los medios de comunicación"
El ecuatoriano Daniel Noboa —poco sospechoso de izquierdista— ha seguido ese camino. Sin duda, no quiere testigos que den fe de la corrupción de su gobierno o de la ineficiencia de sus políticas públicas. Comenzó comprando medios que tenían una línea editorial confrontativa por intermedio de un diputado alterno de su partido que aún no ha explicado de dónde sacó el dinero para dicha operación y también ha usado a los organismos de control para perseguir a los medios. Tal es el caso de GRANASA, editora de los periódicos El Expreso y Diario Extra, que está intervenida por la Superintendencia de Compañías. Si durante el gobierno de Correa apareció un Fantasma que adquirió el mayor periódico de Quito, ahora es un exministro peronista el que ha comprado El Universo, "el mayor diario nacional", que venía editándose desde hace más de cien años, durante los cuales resistió las presiones de distintos gobiernos (entre ellos, el del propio Rafael Correa).
El nuevo dueño de El Universo es José Luis Manzano, un empresario que en menos de 30 años se ha convertido en uno de los hombres más ricos de su país. Es el mismo que lideró la compra de la quebrada Telefónica Perú y que acá suena como potencial comprador del periódico Cinco Días, a la vez que crearía el canal de televisión que el grupo PRISA no montó.
Hoy, cuando la pregunta recurrente es cómo mueren las democracias, la respuesta puede hallarse en la asfixia sistemática de los medios de comunicación. La agonía comienza cuando el poder —ya sea desde la pretendida superioridad moral del socialismo del siglo XXI de Correa o desde el pragmatismo empresarial de Daniel Noboa— busca neutralizar el escrutinio público. No olvidemos que, en la poliarquía de Robert Dahl, la libertad de expresión y la existencia de fuentes alternativas de información no son un complemento, sino un requisito esencial. Sin testigos independientes que alerten de la concentración del poder, la democracia deja de serlo.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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