El 8M cada vez me parece menos feminista, con esa concepción un poco decorativa de la mujer, la mujer coreográfica o floral reducida a formar figuritas geométricas o ramos de lilas que, en realidad, trasladan el mensaje que ha escrito un varón todavía como con sombrero de copa desde la Moncloa o desde donde sea. Por ejemplo, Sánchez sale el otro día con el ‘no a la guerra’ y el 8M enseguida termina siendo un ‘no a la guerra’ pero como llevado por azafatas o reinas de la vendimia. No lo veo yo muy diferente al cartelito con el número de asalto que pasean las señoritas en las veladas de boxeo, en un ambiente de forúnculo y testosterona, como el ambiente del Peugeot de Sánchez, o sea del PSOE de Sánchez. Se diría que la mujer vuelve a ser ese jarrón de la casa o de la política en el que se colocan las flores y los eslóganes frescos para que perfumen mejor las oscuras e industriosas horas de escritorio del señor. Un simple receptáculo de obediencia y frufrús en el que se meten la agenda y el argumentario políticos como antes se metía una grácil voz de soprano o incluso toda la honra de la familia.
El 8M ha vuelto a celebrarse o a rebosarse por las calles, como un río hindú de colores y brazos, lo que pasa es que ya no sabemos, ni saben ellas tampoco, qué parte es feminismo y qué parte es sólo la cabalgata femenina de la obediencia partidista. El propio feminismo está dividido, salen incluso en dos manifestaciones, separadas como dos trenzas, porque ni siquiera se ponen de acuerdo en qué es una mujer. El feminismo se ha vuelto tan teológico o tan carca que la mujer ya es algo así como el ángel de nuestro tiempo, algo que requiere de sínodos egregios y discusiones bizantinas para saber si es carne o espíritu (la mujer incluso es otra vez el ángel de la casa, de la oficina o de la acera, siempre desvalida y musical, que ya digo que parece que vamos hacia atrás). Como los teólogos nunca se ponen de acuerdo, lo que ocurre es que surgen nuevas sectas y herejías que no se preocupan tanto de la realidad de la mujer sino de su mitología fundacional, de sus cuitas escolásticas y de sus peleas sectarias. La mujer, como esencia o como sustancia, puede ser algo complicado de definir o identificar, sobre todo si se vive de estas categorizaciones. Lo que siempre es más fácil de identificar es el partido patrocinador.
El 8M parece cada vez menos feminista porque el feminismo es cada vez menos feminista y es más partidista, electoralista, agiotista y hasta funambulista.
Hay varios o muchos feminismos, pero todos tienen lemas, recursos y realidad suficiente para lo suyo sin que haga falta meter el espantajo semanal de Sánchez, o de quien sea, en su manifestación o en su revolución. Puede ser ese feminismo que parece victoriano, con polisón ideológico, pelos de colores como cofias, puritanismo tobillero y patriarcado satánico. Puede ser ese feminismo más guerrillero, con sus guillotinas de huevera, sus vaginas dentadas, sus besos de tungsteno y sus tetas como ojivas. Puede ser el feminismo que vira a lo queer o el feminismo de escalón de la facu, que siempre pensó más en la carrera que en clasificar o relacionar los sentimientos y los genitales en diagramas de Venn. Podría ser incluso el feminismo de Ayuso, que dicen que no lo es aunque no tenga ella mucha pinta de ser una mujer sometida o sostenida por ningún varón. Y muchas mezclas, variaciones y gradaciones de estos feminismos, que se han separado en dos manifestaciones pero podrían haberlo hecho en cien. Yo creo que lo que simplifica todo este lío es el feminismo utilitarista, vehicular, el feminismo que sirve a lo que el partido patrocinador diga, que es el mayoritario.
El 8M parece cada vez menos feminista porque el feminismo es cada vez menos feminista y es más partidista, electoralista, agiotista y hasta funambulista. El feminismo puede volver a la mujer flor, puede defender el ‘no a la guerra’ y a la vez el ‘desde el río hasta el mar’, puede reducir las penas a los violadores, puede empeorar las estadísticas de violencia machista y hasta puede hundir la reputación del propio feminismo. Y puede hacer todo esto y más sin contradicción porque el feminismo también se ha convertido en otro “significante vacío” para la izquierda. Un movilizador, un aglutinante, un polarizador, un contenedor, el jarrón rosa o lila en el que poner la flor hermosa o carnívora que interesa exponer, la cabalgata de valquirias o sirenas que canten la partitura ya escrita por otros, incluso por señores o señoros que dimitirán a causa de la bragueta floja y las manos largas con las mujeres y con lo público. Este podría haber sido el año en el que se exigieran mecanismos efectivos contra el acoso y el abuso en los partidos, en la administración y hasta en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Pero estaba la guerra, no la de Irán sino la de Sánchez, que si no hubiera sido esa ya habría buscado otra.
El feminismo ya no sabemos muy bien qué es, igual que el sindicalismo, no desde que hay diferencias entre feministas o sindicalistas sino desde que el feminismo o el sindicalismo (o todos los ismos ya) son franquicias de los partidos. El gobierno más feminista de la historia tuvo a Ábalos de Papá Pitufo putero, y a Koldo por los ministerios y los clubs como cazando con garrota, y a Salazar en el mismo sotanillo de la Moncloa, con bandurria de bragueta, y al DAO limpiándosela como en la bandera, y a Miss Gobierno Progresista, o sea Yolanda, hablando de la paz en el mundo aún rodeada de babas y chistorras y ayatolas, y a Sánchez de jefe de todos. Y la izquierda del coño insumiso y de los aliades tuvo a Errejón y a Monedero cuanto menos baboseando, igual que tuvo al azotador Pablo Iglesias y a la musa Irene Montero, que prefería relato a condenas como ser zarina a ser cajera. El poder femenino era más bien gineceo o serrallo, la igualdad era sólo negocio con retórica de victimización y odio, la revolución feminista era sacar a los agresores a la calle, y las reivindicaciones históricas y aún vigentes de verdadera igualdad eran sepultadas entre propaganda y ambientador.
Claro que el 8M es cada vez menos feminista. Cada vez hay menos verdad y más jarroncitos, menos feministas y más majorettes. Igual que hay cada vez menos ciudadanía y más hinchada, menos política y más tribu. En realidad el feminismo nos confunde, nos decepciona o nos derrota más o menos igual que todo lo demás. Si la combativa mujer feminista ha terminado por ser decorativa y hasta conventual, por salir para llevar la pancarta como una banda de miss o para cantar eslóganes ajenos como gregoriano, imaginen los españolitos sin guerra, sin fuerzas y sin patrocinio.
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