Raúl del Pozo se ha muerto sin que lo matara yo, que era con lo que uno soñaba. “Otro que ha venido a Madrid a matarme”, me dijo como rodeado de cabezas cortadas o serpientes de cascabel, un poco pirata de ojos claros, como Sandokán, un poco pistolero de ases y ochos, y un poco dandi con espada de bastón. Seguro que era una frase que les decía a todos, como una frase de profesor alcalaíno, de fantasma de baluarte, de ligón de Pasapoga o de cowboy de Almería, que de todo eso tenía. Pero uno se sintió ya asesino para siempre, o sea se sintió del oficio como del Sindicato del Crimen, su Sindicato del Crimen, como los llamaba el felipismo. Sí, sólo porque Raúl del Pozo me había mirado con un ojo abierto y otro cerrado, guiñándome o apuntándome, quién sabe, allí en la Complutense, como un sicario con estudiantina. Pero nunca lo volví a ver, ahora se ha muerto y yo me he quedado sin bocado, sin venganza y sin maestro, sólo con las cabezas cortadas de la guerra y las serpientes de cascabel de la política en el cajón, y el folio lleno del rápido homenaje como de dedazos.
Raúl del Pozo era el mejor periodista de todos los columnistas y el mejor columnista de todos los periodistas. Un día se fue a la redacción de Pueblo a pedir curro, como un segador de Cuenca, y no tuvieron más remedio que contratarlo después de que les entregara un reportaje maravilloso y espeluznante sobre las cloacas de Madrid, con unas ratas como de pirámide, monstruosas, ancestrales, bíblicas. Otra vez, se fue a hacer la crónica a la isla de Wight y terminó disfrazado de hippie, entre comando y don Mendo hippie, pero tan hippie en todo caso que mereció ser la foto de su propio artículo, en una portada verista y guasona. Raúl del Pozo hizo plantones, cargó con la libretita como con una sombrerera, siguió a estrellas y toreros, husmeó en los cafés de merengue y naftalina y en los hoteles como basílicas, bebió con Hemingway temiendo que le metiera mano (antes preguntó a un entendido si el americano entendía) y lo que no sabe uno es dónde aprendió a escribir periodismo porque parecía que todo lo tenía ya aprendido y sólo se dedicaba a esperar hasta cazar la pieza de color o la pieza humana, que luego le quedaba como un oso despellejado, cocido en tinta y en vino, que así debió de quedarle Hemingway aquella vez.
Umbral era la literatura pura, el escritor puro que entró en el periodismo para comer y siempre estuvo un poco resfriado o convaleciente de calle, con venda de bufanda, hasta que le dieron la columna y los libros como un cuarto con estufa y gato (él mismo reconocía que nunca dio una noticia, que era un aficionado). Pero Raúl del Pozo siempre fue el periodista, la mirada del periodista, buscando la noticia, el hecho, el dato, la fuente, con el teléfono tan usado, humeante e hidráulico como la máquina de escribir. Lo que ocurre es que fue uno de esos periodistas que encuentra la voz poética y se da cuenta de que esa voz poética no es una cursilada, un sauce llorón que se ha colado en el artículo, sino que ayuda al periodismo porque lo salva del tópico, de la repetición y hasta del cansancio del lector, y además aporta exactitud (no hay nada más exacto que la poesía, dijo un periodista tan puro como Félix Bayón). Además, Raúl era un poeta canalla, con mucha calle y muchas amanecidas, que lo mismo terminaba en un tigre que en una cama redonda, pelado por el póquer o por una señorita comida a su vez por las boas, y el poeta canalla es el que más puede enseñar de la vida (siempre me acuerdo de Pessoa, que apenas llegaba al estanco de la esquina).
Raúl del Pozo fue, y todavía es, lo que uno quiere ser. Era el mejor periodista de todos los columnistas y el mejor columnista de todos los periodistas
Al periodista que empieza a hacer literatura, aunque sea con prisas (el periodismo es prisa), lo que pasa es que lo suelen sacar de la calle para ponerle el batín y que mire los cerezos como a los políticos, o a los políticos como a los cerezos. Pero aun con batín y pájaros en las pantuflas, Raúl del Pozo sacó lo de Bárcenas, recuerden. Sus entrecomillados y sus gargantas profundas no venían del otro mundo ni de un oráculo micénico, sino de contactos, agenda, experiencia y todavía hambre de periodismo por la mañana, pillando el teléfono antes que la inspiración y que la magdalena de Proust. No escribió mucha novela, pero la pluma periodística acallada por la paciencia le daba un estilo como de español americanizado, como de conquense de Chicago, pero pasado por una fragua de aquí. No es elegante matar a una mujer descalza tiene más literatura sólo en el título que las estanterías de corcho y colores de las novedades de ahora.
En la columna, sólo él podía competir con Umbral prendiendo fuego poético a las cosas, a la actualidad, a los personajes y hasta a los espejos, más con la imagen que con la metáfora. Yo siempre recuerdo aquello que escribió de la mata de bello púbico de la Pantoja, que le llegaba hasta el ombligo, admirada por gitanos a través de un agujero, que eso es casi un cuadro de Velázquez con faunos y todo. Escribiendo sobre una comida con Gómez de Liaño, decía que hablaba “entre las alcachofas como el Cid entre las lanzas”. Era normal que heredara la columna de Umbral, esa hornacina o mandorla, no ya por afinidades vitales o literarias sino por la intención literaria en sí. Además de ser capaz de hacer poesía con los jueces, con las alcachofas y con el chumino o vellocino de la Pantoja, era cultísimo, te metía a los clásicos más que a los ministros y la historia más que el argumentario. Estaba tan lejos del tópico, de la ortodoxia y de las obediencias y proselitismos políticos (repartía a todos con autoridad de magisterio); tan lejos de los analistas con guion y de los tertulianos con patrocinio en la gorra o en el abanico, que nos parece que ha acabado una época y a lo mejor es verdad.
Raúl del Pozo se ha muerto y yo me estoy acordando de cuando Umbral contaba que se fueron unos cuantos al velatorio de Ruano y Raúl decía: “Y pensar que ya no nos divertiremos tanto hasta que se muera Azorín...”. Siempre parece que se muere el último que queda, que siempre es el último mohicano, el último patriarca, el último poeta, el último canalla de la canalla, y casi siempre es verdad y a la vez mentira. Ya no hay whisky, tabaco ni pistolas en las redacciones, ya no se mata (casi de verdad) por las portadas, ni siquiera por la señorita comida por boas que está casualmente al lado de la noticia como un ángel anunciador putrefacto. Ese romanticismo es un poco arqueológico y un poco roñoso, que parece que, más que vender periodismo, queremos vender en el Rastro las máquinas de escribir y las linotipias como consolas de la abuela o acordeones del abuelo. Lo que uno espera es que no se pierda la mirada periodística ni tampoco la intención poética en el periodista, que además de explicar mucho mejor la realidad la trasciende, justo como hacía Raúl del Pozo.
Tiene guasa la cosa, porque Umbral se me murió sin conocerlo y Raúl del Pozo se me murió dándome sólo una frase como si fuera una moneda, o quizá como si fuera su pipa, que aún pretende uno que humee en este pequeño homenaje con prisas y quizá algo de vanidad, de pistolero a pistolero. Yo no maté a Raúl del Pozo, pero lo seguiré intentando. Raúl del Pozo fue, y todavía es, lo que uno quiere ser. Era el columnista que se levantaba periodista, como si se levantara mecánico, y aún tenía el reflejo de coger las herramientas. Era el periodista que cogía la columna y la podía convertir en un torpedero o en una góndola con los aperos del periodista y los del poeta, ese poeta que se encontró quizá ya la primera vez, por las cloacas babilónicas de Madrid, como otro animal mitológico. Yo creo que aquellas ratas del primer reportaje ya se pusieron a posar, como putas de poeta o de pintor, sabiendo que lo hacían ante la posteridad, ante un artista.