La práctica de criticar duramente a figuras públicas tras su fallecimiento ha evolucionado desde el ámbito periodístico hasta la primera línea política. Tradicionalmente, columnistas como Federico Jiménez Los Santos o Eduardo Haro Tecglen sufrieron consecuencias profesionales, como despidos o rupturas con sus medios, por romper el tácito "espíritu de nobleza" de no atacar al difunto. Sin embargo, la llegada de las redes sociales ha fomentado un estilo más provocador que prioriza una interpretación extrema de la libertad de expresión sobre el respeto institucional, una tendencia que ahora abrazan destacados líderes mundiales.
En la actualidad, mandatarios como Donald Trump y Javier Milei han eliminado cualquier filtro institucional en sus reacciones ante la muerte de sus adversarios. Mientras Trump llegó a celebrar el deceso de Robert Mueller, Milei calificó recientemente al fallecido exministro Ginés González García como un "ser siniestro", "impresentable" y "repugnante" ante los aplausos de su audiencia. Este comportamiento plantea un debate sobre los límites de la crítica política, ya que, si bien nadie está obligado a elogiar a un mal gestor, existe la opción de no realizar juicios de valor en esos momentos.
Resulta paradójico que este estilo radical supere incluso al de figuras como Hugo Chávez, quien, a pesar de su enemistad con Carlos Andrés Pérez, mostró cierto respeto protocolario al desearle "cristiana sepultura" y asegurar que no "pisaba a perros muertos". El análisis concluye invitando a la reflexión sobre si estos excesos verbales son realmente lo que atrae a los votantes de estos líderes o si, por el contrario, estos mandatarios son respaldados a pesar de tales salidas de tono que rompen con las formas tradicionales de la diplomacia y la política.
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