Que una guerra esté militarmente ganada no implica necesariamente que no haya resistencia ni que pervivan rescoldos durante un tiempo ni que el gobierno derrotado se deshaga. Eso ocurre a veces, pero no siempre, y menos en un país con una maquinaria estatal impregnada de fanatismo religioso, con aparatos policiales y de inteligencia entrenados y con presupuestos para impulsar las guerras asimétricas y el terrorismo como instrumentos de la política exterior del régimen nodriza, como demuestran Hizbullah en Líbano, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen. Y esa es la situación actual de la teocracia iraní. Tras algo más de un mes de guerra, sus capacidades están muy mermadas, pero no aniquiladas y sigue atacando, con mucho menos daño de lo que anuncia, a sus vecinos y a su demonio particular: Israel.
Y, lo que no es menos importante, y que el régimen iraní y sus terminales explotan: crecen en las sociedades occidentales las caricaturas sobre EEUU e Israel, estimuladas por un Trump esperpéntico que ofende en su estética a finos analistas europeos que desde cómodos despachos universitarios pontifican sobre la guerra. Como con Ucrania, quieren alejar de sus mentes la posibilidad de una guerra más cercana y desean sobre todo que las malas noticias acaben y que, como por arte de magia, se resuelvan los conflictos
En realidad, toda paz nace de la fuerza, de condiciones impuestas o pactadas desde la posición de los vencedores en el último conflicto. Ignorar esto es alimentar la ingenuidad y sembrar falsas esperanzas que los adversarios explotan.
La guerra que pierda Israel puede ser la última de su Estado
Todo esto está en el fondo del escenario al que se enfrentan los ya vencedores en esta guerra, EEUU e Israel, que tratan de encauzar el final del conflicto imponiendo unas condiciones de seguridad y garantías lo más rápido posible. Y en esa necesidad de garantías y seguridad, apremiada por unas opiniones públicas que temen las incomodidades del presente más que las amenazas del futuro, basa Irán sus esperanzas, alargando su agonía y creando perturbaciones económicas.
Esa doctrina la expresó con claridad el exlíder de la milicia terrorista Hizbullah, brazo libanés de los ayatollah de Irán, Hasan Nasrallah (eliminado por Israel) cuando en uno de sus últimos discursos afirmó: “Estados Unidos nunca lucha hasta el final. Abandona a sus aliados cuando el costo es demasiado alto… Ya no está dispuesto a luchar por los demás, y todos los actores de la región deben aprender de este suceso”. Principio que, por otra parte, explica mejor las posiciones europeas que las norteamericanas.
Pero EEUU e Israel no se enfrentan de la misma manera a esa necesidad de cerrar el broche de su victoria militar. Para EEUU, una vez disminuida drásticamente la capacidad de dañar de la maquinaria militar iraní se trata de lograr un acuerdo que consolide esa situación sin más costes propios y que ofrezca garantías a sus aliados en la región. Todo eso es razonable pero no necesariamente aceptable, según cada detalle del acuerdo, para Israel.
Para EEUU una salida precipitada del conflicto, incluso una derrota, podría ser asumible, como demostró Vietnam. Pero para Israel, como se ha repetido tantas veces, en cada guerra a la que se ha enfrentado no ha estado en juego solamente la supervivencia de un gobierno sino del Estado mismo, de Israel y de la población judía en el territorio. Ese objetivo ha sido siempre públicamente expresado por el régimen iraní y por los manifestantes pro palestinos en cada ocasión. La guerra que pierda Israel puede ser la última de su Estado.
Qué acuerdo de paz
Y de ahí nace la necesidad de un acuerdo de paz que impida en las próximas décadas que Irán intervenga en la reordenación geopolítica de la región, que facilite un acuerdo de Israel con los países árabes (que probablemente nunca serán amigos de Israel pero pueden ser socios con intereses compartidos como demuestran los Acuerdos de Abraham) y que acabe con la nave nodriza de movimientos como Hizbullah y Hamás, terminales del terrorismo iraní. Es un dato no despreciable que esa misma posición la estén sosteniendo hoy Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos cuando advierten a EEUU que no debe enredarse en un acuerdo precipitado sino destruir de manera “irreversible” la amenaza iraní.
Porque Israel está combatiendo en cinco frentes respondiendo a cinco amenazas muy graves que proceden de Irán, Líbano, Gaza, Yemen y Cisjordania. Los cuatro primeros tienen apoyo directo de Irán y Cisjordania tiene una dinámica propia con diversos factores en la que no es ajena en estos momentos la violencia de algunos habitantes israelíes de la zona que Israel no puede contener. Hace unos días el Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel suspendió la actividad en Cisjordania del batallón de reservistas Netzah Yehuda por la complicidad de un grupo de soldados en actos de violencia contra palestinos en los que se resultó implicado un equipo de la CNN de Estados Unidos.
Derrotar la capacidad iraní de atacar a Israel es el principal objetivo estratégico seguido de Hizbullah y la urgencia por evitar que la milicia terrorista tenga cualquier posición al sur del río Litani desde la que atacan las poblaciones del norte de Israel. Además tiene que gestionar la inestable situación en Gaza tras la guerra, la proliferación de armas y grupos terroristas en Cisjordania con un gobierno palestino débil, corrupto e ineficaz y estar atento a los zarpazos de los hutíes desde Yemen
Pero Israel tiene límites ante esas amenazas. El país tiene poco más de diez millones de habitantes y ha sostenido una decena de guerras desde su independencia en 1948. Por eso, su doctrina de defensa está asentada en la necesidad de superioridad tecnológica, penetración profunda de inteligencia y unas fuerzas armadas muy móviles y eficaces que garanticen capacidad de actuar en cualquier escenario, que obtengan éxitos rápidos y que eviten en lo posible conflictos terrestres prolongados. Y esto condiciona toda la política israelí y sus relaciones con un entorno que es oficialmente hostil.
El frente interno
Finalmente no hay que olvidar el frente interno. Antes del ataque terrorista de Hamás y aliados desde Gaza el 7 de octubre de 2023, Netanyahu y su gobierno estaban inmersos en un proyecto, en sintonía con las aspiraciones del anterior gobierno polaco, de Viktor Orban en Hungría y de Sánchez y Podemos en España, de controlar el poder judicial, limitar sus funciones y sortear algunas investigaciones sobre corrupción en el entorno familiar del propio Netanyahu. Esto provocó la mayor movilización antigubernamental desde la independencia.
En ese escenario irrumpió la más grave matanza de judíos desde la guerra mundial y, aunque opacado hasta ahora por las sucesivas guerras, se ha trasladado al análisis de los fallos de seguridad y de inteligencia que hicieron posible el 7-O.
La extraordinaria y eficaz maquinaria de Inteligencia de Israel es brillante pero no está exenta, como en otros países, de problemas internos. La superposición de competencias de la Seguridad interior, Shin Bet, la Inteligencia militar, Aman, y el Mossad, el servicio de inteligencia en el exterior, ha producido roces en Gaza y discrepancia en los análisis sobre Siria y, ahora, sobre el fin de la guerra con Irán.
El director del Mossad, David Barnea, está siendo protagonista en estos momentos de un debate sobre si él trasladó a Netanyahu un excesivo optimismo sobre una rápida caída del régimen iraní. Su entorno señala que Barnea sólo hizo un equilibrado análisis de posibilidades del que el gobierno extrajo conclusiones propias. Esto no está impidiendo las actividades del Mossad y Aman en toda la región, especialmente en Irán y Líbano, pero deben tenerse en cuaenta porque tras la guerra, las democracias como Israel suelen hacer balance de errores y aciertos.
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