Comienza el juicio de las mascarillas con un desfile de personajes berlanguianos. El hijo (de Ábalos); el hermano (de Koldo), la querida del ministro (Jésica),... En el banquillo, Víctor de Aldama, el conseguidor; el ex ministro y ex secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, y su asistente, el omnipresente Koldo García.
En la trama no hay sofisticación, sólo intereses contantes y sonantes y poder. Ábalos era entre 2018 y 2021 el "hombre fuerte" del Gobierno, mucho más que un ministro de Fomento, más que un secretario de Organización del partido... la mano derecha del presidente. Todos lo sabían. Por eso, cuando hablaba su asistente todos se cuadraban, incluso los presidentes de comunidades autónomas (Armengol y Torres declararon como testigos por escrito).
Fue relativamente fácil montar el negocio de las mascarillas porque Aldama –quien conoció al ministro a través de su hermano, escolta– se presentó con la solución. Él tenía el remedio y Ábalos vio el cielo abierto. Aunque no era cosa de su negociado –¿dónde estaba el ministro Illa, titular de Sanidad en la etapa del Covid?–, él hizo de señor Lobo. Hacían falta mascarillas y él conocía a alguien que conocía a alguien que... Al precio que fuera. Me imagino que Pedro Sánchez, asustado por la cifra creciente de víctimas y hospitalizados, le dio carta blanca para que su ministro estrella acaparase las mascarillas que fueran necesarias.
Aldama, un hombre espabilado donde los haya, hizo un gran negocio; pero, como hombre de la calle, sabía que tenía que dar participación a los que lo habían hecho posible. Llegaremos a eso en su momento. Porque en la primera sesión del juicio los dos momentos estelares nada tuvieron que ver con las mascarillas.
El primero de ellos fue cuando la abogada de Koldo y su hermano Joseba, Patricia de la Hoz, le preguntó a éste si había ido alguna vez a la sede del PSOE de la calle Ferraz a recoger dinero en efectivo. La pregunta se las trae, porque índica hasta qué punto el asistente de Ábalos está dispuesto a llegar para cumplir aquello de que si cae él caerán todos los demás. Joseba –que no puede negar que es hermano de Koldo– respondió sin dudar. Dijo que había ido dos veces a Ferraz y que recibió sendos sobres con dinero en efectivo. Recordemos que la supuesta financiación irregular del PSOE se investiga en la Audiencia Nacional –en otra pieza distinta–, no en el Supremo. Pero esa afirmación, rotunda, creíble, avala que en el PSOE se movía efectivo a discreción.
Desfilan ante el Supremo los personajes secundarios de la trama de las mascarillas dibujando un paisaje berlanguiano
El segundo momento cumbre llegó con la declaración de Jésica Rodríguez, con la que Ábalos mantuvo un lío –ahora se dice 'relación sentimental'– durante años. Jésica, que rechazó ser prostituta ("soy dentista colegiada", se reivindicó) no tuvo inconveniente en reconocer que durante el tiempo en que fue empleada de las empresas Ineco y Tragsatec nunca fue a trabajar. Tampoco sabía que fueran empresas públicas, ella creía que eran de un amigo de Ábalos. Ella vivió durante una época en un piso alquilado, que pagaba Ábalos a través de terceros, en el edificio de la Plaza de España conocido como Torre de Madrid, a 2.500 euros la mensualidad. No está mal. Ella lo llamaba "nido de amor". Si creemos su versión, el ministro le dio esperanzas de que la relación iría a más, que era algo más que un desahogo sexual (se veían tres o cuatro veces por semana, confesó, lo que da idea de la energía de un ministro que, además, llevaba las riendas del PSOE). Claro, que luego vino la desilusión. Él le dijo que no dejaría a su mujer mientras fuera ministro. Cuestión de imagen. Choca esa preocupación por la propia imagen con la liberalidad de Ábalos a la hora de exhibir a su querida en viajes oficiales pagados con los impuestos de todos nosotros (incluido usted, querido lector).
En fin, que la historia terminó mal. Ella tuvo que salir del piso porque su protector dejó de pagar la cuenta y el drama fue mayúsculo porque ella había comprado un gato, y si ya es difícil encontrar piso en Madrid para cualquiera, ¡imagínense con un gato a cuestas! Cuando alguien dice eso ante un tribunal, nada menos que ante el Supremo, es que está diciendo la verdad. Otra cosa es que la verdad nos parezca chabacana y ridícula.
Estos personajes dibujan con precisión lo que ha sido la corrupción del PSOE desde que Sánchez llegó al poder (incluido el testimonio del hijo de Ábalos, el que le prestaba dinero a su padre y traía café desde Colombia, porque aquí es que no hay café de Colombia).
Comisiones, enchufes, queridas... Nada que no conozcamos ya, nada que no pasara en la España del siglo XIX y que se ha repetido sin solución de continuidad cuando el poder lo han ejercido desalmados. Lo peor es que la credibilidad de esta trama se la da la cutrez.
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