En Irán, la crisis no se anuncia, se reconoce después. Cuando llega, ya lleva tiempo ocurriendo: en la inflación que erosiona poco a poco, en restricciones que aparecen y desaparecen, en cortes de internet que han dejado de ser inesperados. Nada irrumpe con claridad, y precisamente por eso, todo se vuelve difícil de nombrar como crisis. Lo que emerge no es estabilidad. Es otra cosa: una forma de normalidad construida dentro de la inestabilidad.
En ese contexto, la sorpresa desaparece. No porque la crisis haya terminado, sino porque su repetición la ha integrado en el ritmo cotidiano. La "mala noticia" deja de ser una excepción y pasa a formar parte de la experiencia ordinaria. En gran parte del análisis político, la crisis sigue entendiéndose como un momento excepcional: un punto de quiebre que fractura el orden y conduce al colapso o a la reconstrucción. La experiencia de Irán en las últimas décadas muestra los límites de este marco. Aquí la crisis no interrumpe el tiempo político; se ha ido transformando en un estado persistente, en el que la "excepción" acaba funcionando como "regla".
Basta con atender a algunos episodios recientes: las protestas de noviembre de 2019, acompañadas de un corte total de internet y una represión sangrienta; las interrupciones masivas de la red durante el movimiento Mujer, Vida, Libertad en 2022; el apagón digital generalizado de enero de 2026; los saltos cambiarios recurrentes que erosionan en pocos meses el poder adquisitivo de millones de personas; o las tensiones regionales que proyectan de forma constante la sombra de una nueva guerra. Nada de esto resulta ya inesperado. Ha cambiado la frecuencia de la crisis. Pero, sobre todo, ha cambiado la forma en que se la percibe.
El problema va más allá de la mera existencia de la crisis. Tiene que ver con la capacidad de un sistema político para producir y reproducir una "situación de normalidad" en su interior. No es solo gestión de crisis. Es una forma de ingeniería de la experiencia social: un proceso en el que los umbrales de tolerancia se desplazan y la sociedad aprende a vivir con la inestabilidad sin necesidad de aceptarla.
En Irán la crisis deja de funcionar como señal de debilidad; es una forma de gobierno a través de la inestabilidad"
En este marco, la crisis deja de funcionar como señal de debilidad. Pasa a integrarse en la lógica del sistema. A primera vista, la inestabilidad parece un síntoma de fragilidad. En otro nivel, actúa como un instrumento de regulación, control e incluso de reproducción del poder. Es una forma de gobierno a través de la inestabilidad.
En Irán, este patrón es especialmente visible. La inestabilidad económica no se presenta como un colapso súbito, sino como una erosión continua. La inflación crónica, las caídas periódicas de la moneda y la incertidumbre persistente en el mercado laboral han reducido de forma drástica el horizonte de planificación. Cuando una persona no sabe cómo estará dentro de seis meses, su energía se concentra en la supervivencia, no en la organización ni en la acción colectiva.
Una lógica similar aparece en el ámbito digital. El corte o la restricción de internet ha dejado de ser una medida excepcional. Lo que en noviembre de 2019 se vivió como un shock se convirtió, con el tiempo, en un instrumento recurrente. En abril de 2026, NetBlocks señaló que Irán había alcanzado el período más largo de apagón total registrado a nivel mundial, tras 37 días de desconexión. Pero el vacío que deja una red cerrada no permanece vacío: aplicaciones vinculadas a la red nacional iraní, como Bale, han experimentado un crecimiento acelerado durante estos periodos. Según datos de la propia plataforma, supera los 30 millones de usuarios y concentra cientos de miles de canales activos, integrando servicios de mensajería y funciones financieras ligadas a estructuras bancarias estatales. El desplazamiento no es neutro. A medida que se cierran los canales abiertos, la actividad se concentra en entornos que forman parte de una infraestructura digital más controlada por el Estado.
La sociedad se ha ido adaptando a la posibilidad de la incomunicación: uso masivo de VPN, migración hacia plataformas alternativas y redes informales de información, una adaptación que permite seguir viviendo y que, al mismo tiempo, muestra cómo una situación de emergencia termina integrándose en la vida cotidiana.
Uno de los mecanismos más eficaces en este proceso es la extensión temporal de la crisis. Cuando no hay un punto final claro, la emergencia pierde intensidad. Las sanciones internacionales, concebidas como una presión transitoria, se han convertido para varias generaciones en una condición estructural. Algo similar ocurre con la sensación de conflicto permanente en política exterior.
Las consecuencias son profundas. La sensibilidad social se erosiona: lo que antes conmocionaba se vuelve familiar. Y la capacidad de movilización se debilita. La movilización suele requerir un momento reconocible de ruptura. Cuando la crisis es constante, ese momento se diluye y la energía social se dispersa. A esta continuidad se suma la dispersión. Las presiones no se presentan como un shock único, sino como una sucesión de tensiones fragmentadas. Un día es una crisis cambiaria; otro, una restricción social; otro, una tensión de seguridad. Esta distribución irregular impide que la experiencia de la crisis sea simultánea o compartida.
El trabajador de una fábrica afronta el problema del salario; un estudiante lidia con restricciones culturales; un pequeño negocio intenta sobrevivir a la volatilidad del tipo de cambio. Todos atraviesan la crisis, pero no al mismo tiempo ni en las mismas condiciones. El resultado es una dificultad creciente para articular una respuesta colectiva.
Todos atraviesan la crisis, pero no al mismo tiempo ni en las mismas condiciones. El resultado es una dificultad creciente para articular una respuesta colectiva"
En este contexto, la adaptación social emerge como una respuesta necesaria. No es una elección. Es una forma de continuar. Amirhossein tiene una pequeña tienda de accesorios de móvil en Karaj. Tras uno de los cortes de internet, perdió casi la mitad de sus ventas. Su página de Instagram dejó de funcionar. Durante semanas operó en pérdidas. Después empezó a pedir el número de teléfono a los clientes que acudían en persona. Construyó una lista, y cada vez que recibía mercancía, enviaba un mensaje breve: "Llegó". Primero a diez personas, luego a treinta, luego a cien. Otros comercios hicieron lo mismo. No hubo tecnología sofisticada ni red formal. Solo una solución mínima para sustituir una infraestructura que había dejado de ser fiable.
Estas respuestas no son solo estrategias de supervivencia. A pequeña escala, configuran un entramado social distinto: vínculos directos, confianza localizada, soluciones improvisadas que acaban estabilizándose. En ese proceso, la inestabilidad restringe, pero también reorganiza. Hay, sin embargo, un elemento que suele pasar desapercibido. Y cambia la lectura de todo lo anterior. La normalización no estabiliza, acumula. Cuando Mahsa Amini murió en septiembre de 2022 bajo custodia de la policía moral, la indignación no surgió de la nada. Se apoyaba en años de humillaciones y límites desplazados. Su asesinato a menos de la policía, hizo visible esa acumulación. Algo similar ocurrió en diciembre de 2025: la inflación llevaba tiempo integrada en la vida cotidiana hasta que dejó de ser asumible. El sistema confundió la ausencia de estallido con la desaparición de presión.
El régimen lo sabe, y por eso la presión no desaparece: se mantiene de forma constante, no como un fallo de gestión, sino como una decisión. Mantener a la sociedad en un estado de fatiga constante reduce la posibilidad de acumulación visible. La resignación total libera energía. El agotamiento controlado la disipa.
Desde fuera, este proceso resulta difícil de leer. Un observador puede ver celebraciones del año nuevo iraní Nowruz en medio de tensiones o una aparente normalidad en los mercados de Teherán. Pero esa lectura pierde lo esencial. Las mujeres que cantaban y bailaban en los funerales de jóvenes asesinados por los disparos de los agentes en las protestas de enero no estaban celebrando, ni resignándose. Estaban enviando un mensaje político en un lenguaje que el poder no puede prohibir sin exponerse.
Por eso los modelos externos de transición fallan. Buscan liderazgos visibles, estructuras organizadas, oposiciones claras. Aplican esquemas que funcionaron en otros contextos y no encuentran equivalentes. La amenaza más real no se articula así. Se forma en esa normalidad que no es lo que parece. No es casual que el régimen haya desplegado estructuras de vigilancia digital como Patraman para monitorizar mensajes sms y aplicaciones iraníes. Existen palabras clave que, si las utilizas, hacen que la conversación sea grabada o monitoreada automáticamente. No están pensadas para actores externos. Su función es captar el pulso interno.
En los mismos márgenes donde la vida se adapta, también se acumula. La cuestión no es cuánto resiste el sistema. La cuestión es cuánto tiempo puede sostenerse un poder que teme más a sus propios ciudadanos cantando en un funeral que a cualquier presión exterior.
Ryma Sheermohammadi es analista sociopolítica hispano-iraní especializada en Irán y Oriente Medio. Aquí puede leer artículos suyos publicados en nuestro medio. @rsheermohammadi
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