En Andalucía sólo ha quedado del PSOE el voto fósil, petrificado, el esqueleto calcáreo de aquella mitología socialista, pobretista y folclorista que en el pasado dio tantos grandes saurios y coleópteros a la política y a la sociedad. Lo del suelo del PSOE ha sonado realmente a pico contra piedra o contra cráneo, más en Andalucía, a la que llamaban aquello de “el granero socialista”, como si más que sustento de un partido o de un señorito fuera el sustento de un ogro. De las elecciones en Andalucía podríamos decir lo mismo que de las de Extremadura o Aragón, sólo que con otra hondura histórica, demográfica (casi 7 millones de votantes) y hasta geológica. En aquel granero que aupó a Felipe como a un torero, que impulsó el autonomismo del “café para todos”, han llegado ya al fondo, a lo duro, a lo seco, al final del pozo. Lo que ocurre es que en el PSOE de Sánchez hace mucho que no importan los “territorios”, a los que el presidente envía candidatos a morir como ballenas ya heridas, sangrando por grandes tajos respirantes y barbados. 

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El PSOE de Sánchez no es que pierda, sino que ya es incapaz siquiera de competir. Sus mayores cosmologías mitológicas, como la andaluza, hecha de señoritos de jade, jacas elefantiásicas y pobres con alpargata, dan con sus huesos, conchas y latas en el polvo y en la roca. Sus candidatos, como faquires, se limitan a ir al martirio, al sacrificio por despellejamiento, portando harapos y escapulario sanchistas. Ya dijimos que María Jesús Montero, aya del sanchismo y de los ERE, no era una buena candidata, pero tampoco había mucho más que Sánchez pudiera presentar en un partido purgado, higienizado, sometido a su mando y a su capricho, sin apenas resistencia por cierto. Alfonso Guerra decía que lo que ganaba en Andalucía (y en España) eran “las cuatro letras del PSOE”, no un candidato más o menos pinturero o preparado (piensen en Chaves). Pero de aquellas letras ya sólo queda la P de Pedro, una especie de crismón pagano. El PSOE de Sánchez se ha acostumbrado a perder porque no le importa perder, no hay otra explicación. Y un partido al que no le importa perder (escaños, presencia, puestos, poder, presupuesto, alpiste) no es un partido sino otra cosa, una especie de iglesia personal consagrada a un guapo, a una momia o a un friki, como una iglesia de Elvis o de Maradona

El PSOE de Sánchez se ha acostumbrado a perder porque no le importa perder, no hay otra explicación. Y un partido al que no le importa perder (escaños, presencia, puestos, poder, presupuesto, alpiste) no es un partido, sino otra cosa

El PSOE se hunde en sus graneros y en sus imperios, pero Sánchez todavía respira por encima del naufragio o de la matanza. De todas las esperanzas de Sánchez, sólo se ha cumplido una, la de que Moreno Bonilla no haya alcanzado la mayoría absoluta. Pero eso puede ser suficiente para que Sánchez se convenza de que el sacrificio (otro sacrificio del partido y de sus candidatos de revolcón y hemorragia) ha merecido la pena. En los demás frentes (Sánchez juega más con las otras siglas que con la suya) todo le ha salido mal. Vox, que ha bajado sus expectativas, su tono y su plumaje (están ahora como un gallo mojado), sólo ha subido un escaño, insuficiente para declarar, otra vez, la alerta antifascista y el zafarrancho democrático / antidemocrático. En cuanto a los socios de gobierno de Sánchez, el postpodemismo o el postyolandismo, posibilista o sólo dócil, capitaneado por Maíllo, ha sido vapuleado por el andalucismo lírico y sin mácula de Adelante Andalucía. Y no sólo es que el votante de la izquierda pura no se refugie en el PSOE como voto útil, sino que el votante de esa izquierda a la izquierda de Sánchez, que el PSOE mira como una muleta o una barandillita a su izquierda, se aleja de Sánchez. Sánchez no sólo es tóxico para el PSOE, sino para todos los que se le acercan abejeando, consintiendo y olvidando.

Moreno Bonilla, quizá demasiado relajado en la campaña o en la legislatura (no todo puede ser simpatía, buenrollismo y karaoke, también tienen que funcionar los servicios públicos, también tiene que haber convergencia económica en una Andalucía que sigue en la cola de España); Moreno Bonilla, decía, tendrá que negociar con un Vox ya más suave, bajado a la tierra desde sus gloriosos galeones, pero no tendrá problemas para gobernar. Incluso es posible que Vox prefiera no quemarse con consejerías, siquiera folclóricas o alfareras, para no decepcionar con la realidad al votante populista, y Moreno Bonilla vuelva a tener toda la legislatura para componer canciones. De todas formas, Andalucía no importa. No es que no sirva extrapolar estos resultados a unas generales, es que Andalucía no le importa a Sánchez. No entraba en sus planes ni en su milagro, que seguro que son otros.

En Andalucía, a Sánchez se le ha estropeado todo un poco sin estropeársele la cosa del todo, que es justo lo que me parece que lo espolea más. Todos los partidos, con guapo o con soso, con folclórico o con funcionario, terminan perdiendo el poder, los feudos, los imperios y hasta los papeles. Pero nunca vi nada como este PSOE de Sánchez, tan tranquilo por perder, tan esperanzado por perder, y con tan poco pundonor antes y después de perder, como esas sectas del fin del mundo. Se puede perder, hasta por paliza como ahora, pero eso siempre era una convulsión, un reinicio, una catarsis, porque un partido no está hecho para perder y enseguida se impone a sí mismo cambiar para volver a ganar, o sea para sobrevivir. El PSOE sanchista asume perder, obedece perdiendo y sigue esperando perder la próxima vez, cada vez con más estruendo y menos honor. Han llegado ya al fondo, a lo duro, a lo seco, al final del pozo, al voto fósil, a lo más cerca de la muerte, del olvido o del polvo. Y allí se han encontrado a Sánchez, la máscara de Sánchez, como la pelvis de un mamut. Eso sí, con el imperdonable agravio de que, en la tumba del partido, de la historia y de la mitología, él seguía respirando.