La reciente 'feria de las ideas' organizada por elDiario.es ha dejado tres intervenciones rodeadas de polémica que invitan a reflexionar sobre el estado de la profesión periodística. Por un lado, Silvia Intxaurrondo lanzó un alegato contra la equidistancia entre la verdad y la mentira, aunque se le ha reprochado enfocar su detección de bulos exclusivamente hacia la oposición y obviar los del Gobierno. Por otro lado, Esther López Palomera se erigió como defensora de un bando progresista frente a una derecha que tildó de insolidaria, una postura muy criticada considerando que ascendió profesionalmente trabajando más de dos décadas en medios conservadores como ABC y La Razón.

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Sin embargo, la intervención más comentada fue el escupitajo de Jordi Évole a Iker Jiménez, a quien atacó de forma despectiva cuestionando que alguien que antes hablaba de ovnis ahora haga análisis político. Resulta llamativo que este reproche provenga de Évole, quien también experimentó una enorme evolución profesional: pasó de ser un cómico y showman conocido como el Follonero, haciendo gracias transgresoras y chistes sexistas con Buenafuente, a entrevistar a presidentes del Gobierno. Tanto Jiménez como Évole han cometido errores periodísticos en sus trayectorias y han tenido que pedir disculpas públicas, evidenciando que ambos tienen un pasado criticable.

El ataque a Jiménez pone en evidencia la pérdida de frescura del periodista catalán. Mientras que en sus inicios no dudaba en reírse de su propia productora y cadena de televisión, en la actualidad evita hacer bromas o incomodar a figuras de su propia casa como Ferreras, Roures o Atresmedia. Al optar por lanzar sus dardos únicamente a rivales de la competencia como Iker Jiménez en Mediaset, la actitud de Évole se aleja de la irreverencia para acercarse a lo que se podría denominar como un bufón del régimen, alguien que solo se atreve a criticar a los enemigos de la corte a la que pertenece.