Göbekli Tepe tiene aproximadamente doce mil años. Es uno de los templos conocidos más antiguos del mundo, seis mil años anterior a Stonehenge y más de seis mil quinientos anterior a las pirámides de Giza. Fue descubierto en los años sesenta por arqueólogos de las universidades de Estambul y Chicago, pero su importancia pasó inadvertida. No fue hasta 1994 cuando el arqueólogo alemán Klaus Schmidt comprendió lo que tenía delante y comenzó excavaciones sistemáticas que cambiarían para siempre nuestra comprensión de la prehistoria. Hoy, después de treinta años de trabajo, solo se ha excavado una pequeña parte del yacimiento.

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Lo que ha aparecido desafía cualquier explicación. Sus constructores eran, según la teoría oficial, cazadores-recolectores que no conocían la escritura ni la metalurgia. Y, sin embargo, levantaron pilares de piedra caliza de hasta cinco metros y medio de altura y cincuenta toneladas de peso, decorados con relieves de animales salvajes –leones, buitres, serpientes, escorpiones– de una precisión y una belleza extraordinarias. 

Parece que comunidades en un radio de cientos de kilómetros se desplazaban periódicamente para participar en rituales en torno a estas estructuras. Pero lo más perturbador no es lo que construyeron, sino cuándo: las estructuras más antiguas, las más profundas, son también las más grandes y las más sofisticadas. A medida que avanza el tiempo, las construcciones se vuelven más pequeñas, más simples. Algo se perdió. Alguien dejó de saber.

Ese patrón –conocimiento que aparece, florece y desaparece sin dejar instrucciones– no es una anomalía exclusiva de Göbekli Tepe. Es, si prestamos atención, una constante incómoda de la historia humana. Y hoy, en plena euforia por la inteligencia artificial, corremos el riesgo de que este patrón de desaparición se repita a una escala sin precedentes.

El conocimiento que no dejó manual

En el desierto de Perú, la cultura nazca trazó entre aproximadamente el 100 a. C. y el 800 d. C. cientos de geoglifos gigantescos sobre la tierra árida: un colibrí de noventa metros, una araña de cuarenta y seis, líneas perfectamente rectas que se extienden kilómetros sin desviarse un centímetro. 

Son visibles sobre todo desde el aire o terrenos elevados. Nadie sabe con certeza la finalidad por la que se trazaron, aunque los investigadores han demostrado que podían haberse ejecutado con cuerdas y estacas usando geometría avanzada desde el suelo. 

Hay una hipótesis más fascinante: en 1975, dos investigadores demostraron que era técnicamente posible construir un globo aerostático con materiales disponibles para los Nazca como telas y cuerdas vegetales. La mayoría de los científicos descarta esta teoría por falta de evidencias concluyentes. Pero en esa incertidumbre reside precisamente el problema: no sabemos cómo se diseñaron y construyeron y no conocemos tampoco para qué, porque los nazca desaparecieron y no pudieron transmitir este conocimiento.

Los seres humanos nos acostumbramos fácilmente a la tecnología, sin preocuparnos por entender cómo funciona

En Oriente Próximo, durante las excavaciones realizadas en la década de 1930 cerca de Bagdad, aparecieron unas pequeñas vasijas de barro de unos quince centímetros con un cilindro de cobre y una varilla de hierro en su interior. En 1938, el investigador Wilhelm König planteó una hipótesis sorprendente: podían haber funcionado como una primitiva celda galvánica o pila con cerca de dos mil años de antigüedad. Experimentos posteriores demostraron que réplicas de estos objetos podían generar una pequeña corriente eléctrica al llenarlas con un líquido ácido como vinagre o zumo de uva. Sin embargo, la mayoría de los arqueólogos considera que no existe evidencia suficiente para afirmar que realmente fueran baterías, y su función sigue siendo objeto de debate. Si alguna vez tuvieron un uso relacionado con la electricidad, ese conocimiento no dejó un legado en la historia. Lo único que sabemos con certeza es que la primera pila eléctrica documentada fue la desarrollada por Alessandro Volta en 1800, dos milenios después.

El fuego griego aterrorizó flotas enteras durante siglos. Ardía sobre el agua. De hecho, no se podía apagar con agua. Los bizantinos conservaron la fórmula y la transferían con tanto secretismo que terminó por perderse. El exceso de protección mató al conocimiento que pretendía proteger.

Otro ejemplo es el Mecanismo de Anticitera, rescatado en 1901 del fondo del mar Egeo por unos pescadores de esponjas. Fabricado con complejos engranajes de bronce hace más de dos mil años, era capaz de predecir eclipses, seguir los ciclos astronómicos y calcular posiciones planetarias. Una computadora analógica construida en el siglo II antes de Cristo. No volverían a construirse mecanismos astronómicos de una complejidad comparable hasta más de un milenio después.

Cuando la tecnología parece magia

El escritor y futurista británico Arthur C. Clarke formuló en 1973 la siguiente máxima: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. La frase suele citarse mirando hacia el futuro, como advertencia de que lo que hoy nos parece imposible mañana será cotidiano. Pero tiene una lectura igualmente válida hacia el pasado: para quienes vivieron después de la caída de Roma, los acueductos que seguían funcionando eran magia. Para los arqueólogos del siglo XX, el Mecanismo de Anticitera era magia. Para cualquiera que mire hoy los pilares de Göbekli Tepe o los geoglifos de Nazca, siguen siendo magia.

Y aquí aparece el peligro que Clarke no formuló pero que emana de forma evidente de su premisa: los seres humanos nos acostumbramos fácilmente a la tecnología, sin preocuparnos por entender cómo funciona. Ese es exactamente el mecanismo por el que se pierde el conocimiento. No por catástrofe. No por guerra. Por delegación tranquila y progresiva en alguien –o algo– que lo hace mejor que nosotros.

La oveja y el ovillo

Pensemos en algo tan concreto como la lana. Hoy hay millones de personas que saben tejer. Y apenas un puñado que conocen el proceso completo: esquilar una oveja, limpiar la fibra, cardarla, hilarla, teñirla con tintes naturales y convertirla en ovillo. El eslabón inicial de la cadena se ha roto casi sin que nadie lo notara, porque siempre había alguien más –una máquina, una fábrica, un proveedor– que se encargaba de esa parte. El tejido sobrevivió. El saber el proceso de dónde viene el tejido, no.

Ahora extrapolemos este caso…al mundo que crearemos con la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial ya traduce más rápido que la mayoría de traductores humanos. Diagnostica ciertos tipos de cáncer con mayor precisión que radiólogos experimentados. Escribe código funcional en segundos. Redacta contratos, analiza datos financieros, compone música, diseña estructuras arquitectónicas. Y cada vez que lo hace bien –muy bien, sorprendentemente bien–, una generación decide que aprender a hacerlo ya no es necesario.

Cada vez que la inteligencia artificial hace algo bien, una generación entera decide que aprender a hacerlo ya no es necesario

No es una metáfora. Es una política de Estado. Entre 2021 y 2025, el Gobierno chino eliminó o suspendió 12.200 programas universitarios —más del 30% de toda su oferta académica— especialmente relacionadas con humanidades, lenguas extranjeras y administración, disciplinas que las autoridades clasificaron como saturadas o desconectadas del mercado laboral. En la prestigiosa Universidad de Comunicación de China, carreras como Traducción, Fotografía o Diseño Visual quedaron suprimidas o radicalmente transformadas. En su lugar, el país apuesta por inteligencia artificial, robótica o semiconductores. No hay precedente reciente de una intervención educativa de esta magnitud en ningún país del mundo. 

Pero claro, para qué estudiar idiomas si tenemos dispositivos que traducen en tiempo real, clonando incluso la voz del interlocutor. Para qué aprender a programar si el modelo genera el código. Para qué estudiar filosofía, si puedo solicitar a una IA que compare las obras de Platón con las de Aristóteles.

La pregunta que nadie parece haberse hecho es la misma que debería hacerse cualquier civilización antes de borrar un conocimiento de su mapa educativo: ¿y si la máquina un día no está?

La respuesta lleva doce mil años esperándonos en Göbekli Tepe.

Cuando la magia desaparece

Los constructores de Göbekli Tepe no planearon desaparecer. Levantaron los pilares más grandes en sus primeras generaciones, y cada generación siguiente los hizo un poco más pequeños, un poco más simples, hasta que el complejo se enterró bajo toneladas de tierra y el conocimiento quedó sepultado con él durante miles de años. 

Los ingenieros romanos no decidieron que sus fórmulas murieran con ellos: el hormigón que fabricaban ha soportado miles de años, sus acueductos distribuían agua potable a un millón de personas en una sola ciudad, y su red de calzadas pavimentadas no tuvo equivalente en Europa hasta el siglo XIX. Cuando el Imperio se fragmentó, los maestros de obra dispersaron sus talleres y la cadena se rompió eslabón a eslabón, sin que nadie lo declarara ni lo decretara. 

Los herreros de Damasco no imaginaron que su arte sería irrecuperable: forjaron durante siglos espadas capaces de cortar un pañuelo de seda en el aire, con un acero de bandas visibles que la metalurgia moderna todavía no ha podido replicar con exactitud; cuando se agotaron los yacimientos específicos de hierro con los que trabajaban, el secreto murió con la materia prima. 

El inventor de la batería de Bagdad no dejó instrucciones: solo unas vasijas de barro con un cilindro de cobre y una varilla de hierro que, según algunas teorías, podría generar corriente eléctrica dos mil años antes de que Volta inventara oficialmente la pila.

En todos los casos, el conocimiento se fue diluyendo porque dejó de transmitirse, porque las condiciones que lo habían hecho necesario cambiaron, porque había algo más fácil disponible y nadie mantuvo viva la cadena.

Hoy esa cadena se llama comprensión. Y la estamos cortando con entusiasmo.

No se trata de rechazar la inteligencia artificial, todo lo contrario. El fuego no es malo porque quema; es extraordinario porque permitió cocinar, calentar y proteger. La IA es una de las herramientas más poderosas que la humanidad ha creado, precisamente porque amplifica la capacidad humana de forma exponencial. El problema no es usarla. El problema es usarla sin entenderla, delegarle el pensamiento sin conservar la capacidad de pensar, dejar que haga sin aprender por qué lo hace.

Porque las herramientas se rompen. Los servidores se apagan. Las empresas quiebran. Los modelos quedan obsoletos. Las guerras cortan infraestructuras. Y cuando eso ocurra –no si ocurrirá, sino cuando ocurra– la pregunta que nos haremos no será técnica. Será la misma que se hacen los arqueólogos delante de los pilares de Göbekli Tepe: ¿cómo lo hicieron? ¿por qué se perdió cómo se hacía?

La diferencia es que nosotros todavía estamos a tiempo de conservar este conocimiento ¿o…tal vez no?


María del Acebo Sánchez-Macián es especialista en inteligencia artificial aplicada