Cuando Jordi Pujol gobernaba Catalunya con mayorías absolutísimas y, bajo el efectivo argumento de que había que "construir nación", controlaba hegemónicamente toda la comunidad en sus aspectos políticos, administrativos y educativos, con ayuda de aquella tropa en la que despuntaban Prenafeta, Macià Alavedra o Marta Ferrusola, todos ya desaparecidos, había tres importantes instituciones que se le resistían: La Vanguardia, en la etapa en que estaba dirigida por Joan Tapia; el Fútbol Club Barcelona, bajo la presidencia de Josep Lluís Núñez; y La Caixa, bajo el mando de Josep Vilarasau. Este último falleció discretamente el pasado 28 de julio de 2026.

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En el libro-pelota que escribió Pilar Rahola en 2010 se narra una supuesta mega bronca entre Vilarasau y Artur Mas que acabó con un portazo y con uno de los dos abandonando furioso el despacho, aunque ninguno de ellos ratificó el episodio, al menos de manera pública.

Es cierto que Josep Vilarasau no es el forjador de la actual CaixaBank; ese puesto le corresponde por derecho a Isidro Fainé, que formó parte de su equipo. Pero, si Vilarasau hubiera aplicado a La Caixa el modelo de gestión del resto de cajas de ahorro del Estado, quizá el final de esta no hubiera sido muy diferente al de Caixa Catalunya, NovaCaixa, CajaSur, CCM y tantos otros cadáveres. De hecho, hubo una época en la que el volumen de capital de Caja Madrid empataba y, en ocasiones, podía incluso superar al de La Caixa. La principal diferencia es que, mientras las clases políticas nacionales y autonómicas habían infectado hasta el tuétano la gestión de Caja Madrid, Josep Vilarasau se convirtió en un dique de contención frente a esa influencia en La Caixa, la antigua Caja de Pensiones. Llegó como director general cuando todavía era "la Caja de Pensiones" catalana, el 2 de marzo de 1976, y venía de una carrera como alto funcionario en el Ministerio de Hacienda —director general del Tesoro y Presupuestos y de Política Financiera en los últimos años del franquismo—, además de haber ocupado puestos en Telefónica y Campsa. Se definía a sí mismo y a su círculo como "intrínsecamente apolíticos y visceralmente liberales". Tuvo como aliado a Juan Antonio Samaranch, con quien pilotó la gran fusión de 1999.

Vilarasau trataba de mantenerse distante de unos y otros políticos, pero sin convertirse en enemigo de ninguno. Hacía favores puntuales a unos y a otros para no ser identificado ni como amigo ni como enemigo. Hasta el punto de que a casi todos los partidos políticos catalanes y a los medios de comunicación del conjunto del Estado les interesaba llevarse bien con La Caixa, por lo que podía suponer su ayuda crediticia en momentos delicados, aparte de que su influencia se extendía por distintos sectores: el gas —fue el "padre" de Gas Natural—, la telefonía, como accionista de referencia de Telefónica, y el petróleo.

Pujol quiso morir matando

El "buen rollo" acabó cuando Jordi Pujol entendió que su etapa política iba a terminar y que la legislatura 1999-2003 sería la última como presidente de la Generalitat, antes de dar paso a la siguiente generación, liderada por Artur Mas y sus hijos. Entonces, al presidente le entraron ganas de dejarlo todo "atado y bien atado", y eso incluía, para Pujol, "corregir" a La Vanguardia, el Barça y La Caixa. Su mejor aliado para ello iba a ser el PP de José María Aznar.

En marzo de 2000, Aznar y su entonces delegado para asuntos catalanes, Josep Piqué, le echaron el guante que necesitaba para susurrar al conde de Godó lo necesario para que prescindiera de Joan Tapia como director de La Vanguardia y lo sustituyera por Josep Antich, por aquel entonces firme defensor de los pactos PP-CiU y, años después, convertido en un furibundo independentista. Solo unos meses más tarde, en julio de 2000, caía, por errores propios, Josep Lluís Núñez como presidente del Fútbol Club Barcelona.

El caso de Vilarasau era más complicado y CiU recurrió al poder del que disponía un PP con mayoría absoluta. A propuesta de los pujolistas, el PP aprobó una original "Ley Financiera", como quien no quiere la cosa, que impedía que un directivo financiero permaneciera en el cargo más allá de los 70 años. Una peculiar norma que, de aplicarse hoy, impediría a Florentino Pérez ser presidente de ACS y que, en aquel momento, suponía que Luis Valls Taberner debería abandonar la presidencia del Banco Popular. Pero, para evitar problemas, aclararon que ese límite solo se refería a las cajas de ahorro, sin que hubiera ninguna explicación lógica de por qué en las cajas sí y en los bancos no (porque la única explicación lógica habría sido: "porque queremos cargarnos a Vilarasau"). Al final, tras la negociación con los socialistas tanto a nivel autonómico como nacional, aquella Ley Financiera tuvo que incluir un articulado más liberal, en el que ese tope de edad quedaba como una mera sugerencia y sometido a lo que decidiera autónomamente cada caja. Con ello, Vilarasau tenía vía libre para continuar.

Aquello solo convenció aún más a Pujol y a Mas de que Vilarasau era un agente del PSC del que había que librarse. Y, si no podía ser por la limitación de edad, sería por la limitación de mandatos. Para ello aprobaron una normativa por la que ningún presidente de una caja de ahorros podría permanecer más de 20 años en el cargo.

De nuevo tropezaron con la fuerza de los hechos. Vilarasau podía controlar La Caixa desde 1976, pero como presidente apenas llevaba desde 1999, cuando Samaranch le cedió el cargo. Por ello, el equipo de Artur Mas tuvo que redactar la norma de una manera muy particular: el límite afectaría al directivo que hubiera sido primero director general y después presidente, sumando el tiempo desempeñado en ambos cargos hasta superar los 20 años de permanencia. No podía ser más evidente que se trataba de una norma ad personam, pues la única persona que encajaba en ese supuesto era Vilarasau. Y lo hizo CiU, con el PP como su mayordomo.

El momento más turbulento de La Caixa

La siguiente etapa de La Caixa, con Fornesa como presidente, acabó siendo una de las más turbulentas de su historia. Fue entonces cuando, con el apoyo de la Generalitat del Tripartito, La Caixa, que había condonado deudas millonarias al PSC y a ERC, quiso expandirse de forma titánica. Aprovechando que José Montilla era ministro de Industria, tomó el control de Repsol y lanzó su célebre OPA sobre Endesa.

Aquello provocó grandes turbulencias y expuso a La Caixa a muchos más ataques públicos de los que estaba acostumbrada. El equipo de Fornesa había conseguido precisamente lo que durante años Vilarasau se había empeñado en evitar: que la caja de ahorros catalana quedara en medio de las batallas políticas, en este caso tanto del ámbito autonómico como del estatal. Al final tuvo que ser un discípulo de Vilarasau, Isidro Fainé, quien pusiera un poco de orden y calmara las aguas.

En una de sus últimas entrevistas en TV3, coincidiendo con la presentación de sus memorias en plena escalada del procés, la presentadora de Els Matins le preguntó qué opinaba "un banquero del derecho a decidir" —el eufemismo utilizado para referirse al derecho a votar unilateralmente la independencia de una región respecto al resto del Estado—. Vilarasau la corrigió: "No soy un banquero, soy un excajero", para añadir después que no tenía una opinión al respecto, aunque "le agradaría" que Catalunya siguiera en España. Sin entrar en controversias públicas, Vilarasau nunca quiso ganarse el aplauso del independentismo, pero tampoco ponerse de perfil.

Eso sí, Jordi Pujol pudo presumir de que, antes de abandonar el Palau de la Generalitat, logró llevarse por delante a Vilarasau en La Caixa, por lo que este acabó siendo su última víctima política.