El 11 de diciembre de 1987, ETA firmó su monstruosidad más salvaje. Eran las seis de la mañana en Zaragoza. Hacía un frío insoportable. De repente, un coche bomba cargado con 250 kilos de amonal reventó la casa cuartel de la Guardia Civil. Henri Parot y su comando sabían perfectamente que a esa hora allí dormían familias enteras. El atentado dejó once muertos. Cinco de ellos eran niños. La imagen de los guardias civiles sacando los cadáveres de sus hijos pequeños de entre los escombros rompió el alma de toda España.

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Parot no era un soldado, era un carnicero. Antes de que lo detuvieran en Sevilla en 1990 con el maletero lleno de explosivos, ya había dejado un reguero de sangre insufrible. Mató a 39 personas con sus propias manos y participó en más de 80 asesinatos. Ametralló al vicealmirante Cristóbal Colón de Carvajal, le pegó un tiro en la cabeza a la fiscal Carmen Tagle en la puerta de su casa y voló un autobús militar en Zaragoza. Le cayeron 4.800 años de cárcel, pero la justicia en este país a veces parece de juguete.

Hoy, a este monstruo le han abierto las puertas de la cárcel. El Gobierno vasco le ha concedido el tercer grado penitenciario. Ya no dormirá continuamente entre rejas. Podrá pasear por la calle en semilibertad. Y esto no es un fallo del sistema, esto es una decisión política con nombres y apellidos. Los ejecutores directos de este insulto son la consejera socialista de Justicia, María Jesús San José, y sus socios del PNV. Son ellos los que han firmado los papeles. Son ellos los que permiten que un tipo que destrozó a cinco niños en Zaragoza se vaya de rositas a su casa.

Al Gobierno de Pedro Sánchez se le llena la boca hablando de memoria histórica, pero esta memoria, la de las víctimas del terrorismo, la quieren enterrar y olvidar"

Pero no nos engañemos, esto no es solo un asunto de Vitoria; esto viene teledirigido desde Madrid. Al Gobierno de Pedro Sánchez se le llena la boca hablando de memoria histórica, pero esta memoria, la de las víctimas del terrorismo, la quieren enterrar y olvidar. Es una hipocresía insoportable. Moncloa reescribe el pasado que le conviene mientras echa un manto de amnesia sobre la sangre fresca de nuestra historia reciente. Pedro Sánchez prefiere mirar hacia otro lado y borrar el recuerdo de los asesinados con tal de mantener contentos a los socios parlamentarios que sostienen su sillón. Han cambiado la dignidad de los muertos por un puñado de votos.

Es una auténtica vergüenza. Nos dicen que Parot ha escrito unas cartas privadas donde dice que lo siente. ¿Alguien se lo cree? Es una humillación para cualquiera que tenga un mínimo de decencia. La consejera de Justicia del Gobierno vasco, María Jesús San José, el PNV y el silencio cómplice de Pedro Sánchez se han arrodillado ante un asesino en serie.

¿Cómo se le explica a una madre que vio morir a su hijo en Zaragoza que el asesino ya está en la calle porque al Gobierno central le incomoda recordar quién era ETA? No hay derecho. Convertir las penas de terroristas en un trámite de oficina para no molestar a sus aliados es un asco. Es escupir sobre la memoria de los que ya no están.

La Fiscalía de la Audiencia Nacional tiene que parar este atropello de inmediato. Tienen que recurrir ya. Si el Estado se rinde ante los verdugos y decide olvidar por conveniencia política, España se queda sin moral. Matar no puede salir gratis. Los muertos de Zaragoza no pueden defenderse, pero nosotros sí. Y no nos vamos a callar ante esta traición.