Observamos en Occidente un giro político hacia posiciones de ultraderecha, con unos partidos socialdemócratas en clara decadencia. Ahora bien, entre los más jóvenes afloran posiciones de izquierda que se separan de las tradicionales. Es lo que está ocurriendo con la llamada generación Z, nacidos entre 1997 y 2012. Es decir, los que tienen entre 15 y 30 años, también llamados centennials y zoomers.

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La generación Z ha crecido con internet, con los teléfonos móviles inteligentes y con las redes sociales. En su proceso de concienciación política ha influido poco la familia, el colegio y los medios de comunicación tradicionales. Se apoyan más en internet y las redes. Llegan a tener una gran afinidad y sentido de pertenencia con los grupos con los que se relacionan, pero la información que reciben está muy fragmentada, no contrastada, en la que pesa más lo emocional que lo racional. Se apoyan mucho en personas concretas, creadores de contenido e influencers, lo que les inclina hacia liderazgos muy personalizados.

Están viviendo una época con muchos sobresaltos. Han sufrido directa o indirectamente la gran recesión de 2008, la pandemia, la inflación subsiguiente, la crisis de la vivienda y la precariedad laboral, con salarios iniciales percibidos como bajos, y ahora emerge la gran amenaza de la inteligencia artificial (IA). Todo ello les hace ser pesimistas en lo económico: tienen la sensación de ser la primera generación que va a vivir peor que sus padres.

Los que se inclinan a posiciones de izquierda exigen un mayor intervencionismo económico. Pero ya no hay ideas colectivistas o de nacionalizar los medios de producción. Asumen las ideas del llamado wokismo, con el cambio climático, la brecha de género y los problemas raciales, pero ya no las consideran temas urgentes. Son problemas periféricos. Lo que importa es la inflación, el acceso a la vivienda y parar la IA. Estos son sus problemas inmediatos.

Podemos encontrar estas ideas disparatadas, pero hay partidos políticos que las recogen y las incorporan a sus programas

Los centennials, además, consideran que la economía es un juego de suma cero, donde lo que ganan unos lo pierden otros. El crecimiento económico no afecta a la gente corriente; solo beneficia a unos pocos. No creen en el mercado ni en la libre empresa. Es más, achacan la inflación a la avaricia de los empresarios –algo en lo que están de acuerdo con el 60% de los norteamericanos–. Si se habla del aumento del PIB ellos solo ven que el alquiler es imposible, los menús no hacen más que subir y un buen trabajo es muy difícil de obtener. Desde la vivienda hasta los supermercados deben ser públicos.

También muestran un gran rechazo hacia la inteligencia artificial como la gran amenaza para sus perspectivas laborales. Los más concernidos por el tema abogan por una moratoria en la construcción de centros de datos, que solo provocan subidas de la electricidad y amenazan el mercado laboral. Rechazan la IA, pero, eso sí, no paran de utilizarla.

¿Y todo esto como se paga? Nada de subidas generalizadas de impuestos que han caracterizado a la izquierda tradicional. Todo esto lo deben pagar los súper ricos, con subidas en los tramos más altos del IRPF y con impuestos extraordinarios sobre el patrimonio.

Podemos encontrar estas ideas disparatadas y alejadas de la realidad y de la experiencia histórica, pero hay partidos políticos que las recogen y las incorporan a sus programas. Es el caso de muchos líderes del Partido Demócrata de EEUU, como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani (quedémonos con el nombre), que quiere congelar el alquiler de apartamentos en su ciudad, abrir supermercados municipales y jardines de infancia totalmente gratuitos hasta los cinco años, o Tom Steyer, candidato a gobernador de California, que propugna garantías laborales en la tierra de la IA. Un candidato canadiense quiere prohibir el chatbot (atención al ciudadano servido por máquinas con IA) en las administraciones. Otras medidas que propugnan la gratuidad de servicios públicos, como el transporte, están llegando a muchos partidos de izquierda.

Pero la influencia de la Generación Z no se queda solo en la izquierda. Ese difundido manifiesto del economista marxista Kohei Saito, publicado en Japón en 2020, argumentaba que el crecimiento económico medido por el PIB es socialmente destructivo, proponiendo el decrecimiento. Esa idea ha llegado a políticos de derecha como Von der Leyen, quien en su discurso ante el Parlamento Europeo en 2023, denominado “más allá del crecimiento económico”, se llevó una cerrada ovación.