La Fórmula 1 vuelve a Madrid, con ruido y plástico, con vértigo y lujo, con dinero y fuego. Claro que precisamente eso es la Fórmula 1, que no sé si esperaban competiciones de canaricultura o justas de poetas. Todo eso, el ruido y el plástico, el lujo y el dinero, tan extranjeros como las suecas, yo creo que era justo lo que nos gustaba cuando empezaron a llegar los primeros circuitos modernos a la España que todavía iba en burro, o en bicicleta, o como mucho en un Seiscientos (o un 850) igual de cervantino que nuestros burros con sombrero y nuestras bicicletas clavileñas. El Jarama fue ese primer gran circuito, un poco paralelo al destape / escape del franquismo (España ya preparaba o soñaba su escapada del franquismo montada en la moto y en el pecado). El autódromo de Terramar es anterior, de los años 20, pero siempre fue, hasta su abandono, una especie de circo de cuádrigas, enganches o aeróstatos de señorito. Y Montjuic seguía siendo un circuito demarcado por árboles, farolas y horchaterías. El Jarama es el que uno recuerda más, como un laberinto mítico y veloz de modernidad o huida. Por allí empezábamos a correr hacia el futuro e incluso a ganar, con Ángel Nieto y una Derbi casi caprina. El caso es que espantarse de la Fórmula 1 es un poco volver a ser tercermundistas de moto con serón. Y maravillarse demasiado de la Fórmula 1, también.

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La Fórmula1 vuelve a Madrid, 45 años después de aquella carrera legendaria en el Jarama con victoria agónica de Gilles Villenueve y Jacqes Laffite teniendo que ser sacado de su monoplaza como en un descendimiento. Claro que ya apenas nadie se fija en el deporte como deporte ni en la mitología como mitología. Vuelve la Fórmula 1 y yo diría que hay viejas de pueblo espantadas de los bólidos y las suecas, y esnobs que de repente se han creído que Valdebebas es Montecarlo. Entre los unos y los otros están los políticos, claro, porque aquí todo es política, la fuente de la plaza, las cervezas de la terraza, la Selección de la diversidad y no digamos un circuito de Fórmula 1 donde el capitalismo ha puesto como muchos huevos cúbicos (algo así como los huevos de los que saldrían los lingotes si los lingotes salieran de huevos), y donde Ayuso se pasea con banderón como una cupletera. La Fórmula 1 como inversión o como pelotazo, como promoción o malgasto, como exhibición de cayetanos con gorra de pizzero (o progres con gorra de pizzero, que ya no se distinguen, igual que en la casita de Bad Bunny) o como exhibición de Ayuso, en plan fallera mayor de la Fórmula 1. Seguramente será una mezcla bastante equilibrada de todo esto, o ya veremos. El entusiasmo o el rechazo corresponderá a la política, para la que todo es eso mismo, pero no corresponde ni a la época ni a la realidad, como si en Madrid la gente se espantara o maravillara al ver un tren (a lo mejor, con Óscar Puente, esto sí pasa).

Vuelve la Fórmula 1 y yo diría que hay viejas de pueblo espantadas de los bólidos y las suecas, y esnobs que de repente se han creído que Valdebebas es Montecarlo"

Me parece bien que haya Fórmula 1 en Madrid, que me pilla más cerca. Me gusta, vamos. Como me gusta que haya un Master 1000 de tenis, y que el Bernabéu esté por Concha Espina en vez de estar, qué se yo, por Santa Pola. Además, me parece bien que haya golf en Sotogrande, aunque yo no juegue. Y que haya un gran torneo de ajedrez en Jaén, que yo nunca entenderé por qué en Jaén, pero ahí está. Y que haya carreras de motos en Jerez, con sus azafatas de Tío Pepe como cantineras de Curro Jiménez, y eso que los moteros me siguen pareciendo un coñazo de gente. Y que haya carreras de caballos en Sanlúcar, aunque den un poco de pena la plebeyez de los pijos y el pijerío de los plebeyos que se juntan a veces por allí, rampantes y relinchantes. Me parece bien que tengamos mundial de fútbol, y hasta olimpiadas si pudiéramos (esas olimpiadas de Gallardón, que yo creo que se las deberían ofrendar a él aunque llegaran en 2080). Uno lo querría todo, hasta una Super Bowl, porque son todas cosas muy queribles.

A uno, sin ser muy aficionado ni del todo indiferente, lo que le parece raro, y hasta sospechoso, es que alguien no quiera tener un Gran Premio de Fórmula 1, o un Gran Slam, o un Bernabéu en su pueblo. O una temporada de ópera, que hasta en Badajoz tuvieron ópera. O de teatro. O un teatro en sí, simplemente, o al menos algo que no fuera una grada de polideportivo o una iglesia descuajada de santos, que es lo que hay en mi pueblo. Pero a lo mejor es por eso, que uno es de pueblo. A uno le ilusionaba ya que llegara un circo pobre y hasta trágico. Y la tómbola de la velada, sorteando jamones de madera, guitarras podridas y bicicletas que nunca tocaban. No digamos que pasara la vuelta ciclista. No digamos que viniera un primera a jugar un amistoso de pretemporada, o la Copa del Rey. Tampoco tenía que ser la cosa maravillosa, ni salvar el pueblo ni el mundo. No pensábamos que el partido del Castilla ni el concierto de La Unión fueran lo más grande, pero tampoco que tuvieran que competir con el Amazonas ni con la sanidad pública, ni siquiera con un amigo poeta que presentaba su poemario con piano, que eso es ya como presentar a un poeta en su ataúd.

¿Quién quiere la Fórmula 1? Quién no, me pregunto yo, que todavía paso por el Bernabéu como por la pirámide de Keops, igual que paso por el Teatro Real recordando a todos mis amigos de banda municipal o de ataúd de piano. El Madring ha jugado desde el principio con las palabras, eso del “circuito loco” ya era toda una declaración de intenciones y de momento las marcas, los pilotos y los especialistas lo ven desafiante y con personalidad. En la Sky decían tantas veces “La Monumental”, con su acento de guiri en Mijas, que parecía que estaban mencionando a Manolete con ese mismo acento. La verdad es que la cosa no es ni para espantarse ni para maravillarse, ni para salvarse ni para condenarse, como casi nada. Y menos para hacerlo a priori, previendo el exitazo, el fracaso, el escandalazo, el mangazo o el ayusazo, que ya nos iremos enterando de todo, incluso de si Ayuso ha buscado ático frente a La Monumental, y se va a plantar allí en las carreras, como esas andaluzas de lata de aceite o de Romero de Torres. Un Gran Premio de Fórmula 1 en Madrid, ya ven. No en mi pueblo, sino en Madrid. Y no en 1960, con el escándalo de la modernidad como el escándalo de una teta, sino ahora. Algunos andan santiguándose, pero sin duda es que se creen en el casino o en la ermita.