El delegado del Gobierno en Ceuta dimite o lo dimiten por hacer o no hacer lo que hizo o no hizo, el delegado del Gobierno en Madrid pasa por la Puerta del Sol como un turista del Museo del Jamón, y lo que uno se pregunta es a qué se dedica en realidad un delegado del Gobierno. Quizá a ir de aguador por los campamentos (ahora sólo nos salen delegados del Gobierno con campamento, como si fueran galos o leñadores, o galos leñadores). Quizá a ir echando guijarros a los guijarros, mondas a las mondas, gente a la gente, palabras a las palabras, hasta que, ante la montonera, te dice que no puede hacer nada con el campamento o con el problema o, peor todavía, que nunca hubo nada que hacer porque es culpa de los ultrafachas. Qué hace un delegado de un Gobierno que no gobierna, se pregunta uno. Seguramente hace la misma nada, pero en más pequeño, un no hacer nada municipal, como el barrendero que no barre, como la paloma que preside el tráfico sobre la gola de un poeta de bronce. Los delegados campistas no van a mover ni la acampada de Sol ni la del Trampolín, de las que sacan leña. El de Ceuta ha desaparecido en la nada, donde ya estaba viéndolas venir, y el de Madrid creo que va a ponerse a pintar la Puerta del Sol como Antonio López, dedicándole un año solar a cada rayo de sol real o heráldico.
Un delegado del Gobierno quizá es como un ministro de glorieta, que por supuesto no tiene competencias en la glorieta, como los ministros de ahora no tienen competencias en su ministerio. Desde el comienzo de la crisis de Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano, que parecía un vigilante de finca, no hizo otra cosa que dormirse vigilando, como todos los vigilantes. Su historia contiene todos los balbuceos y rascamientos del dormido que niega haberse dormido o del político que niega la realidad. O sea, dijo no haber recibido los avisos, luego alegó que no le habían llegado de la manera correcta (en “sobre lacrado”, recuerden, y quizá traído por un jinete en corcel y con corneta de posta), más tarde provocó la dimisión de su jefe de gabinete al negar que éste le transmitiera los avisos, y ahora por fin se va o lo echan, dos meses después. Si se fijan, se podría haber ido ya el primer día y se podría también haber quedado para siempre, que las dos decisiones se podrían justificar desde esta política que no tiene ninguna responsabilidad pero todas las excusas. Yo creo que el delegado del Gobierno es, simplemente, el que pone la cara de guarda de campo en los jaleos de sus señoritos del Consejo de ministros. Por eso tienen todos pinta como de crimen de Los Galindos.
Ahora que el Gobierno administra básicamente campamentos, o ni siquiera los administra sino que los contempla como desde el palanquín, el delegado del Gobierno es como el señor con botijo y radio que está allí bajo un toldo, a esa justa distancia administrativa que señala la jerarquía y a la vez dignifica la pereza. Se supone que las competencias de un delegado del Gobierno incluyen la seguridad ciudadana, pero ya saben que todo eso es muy subjetivo, tanto la sensación de inseguridad como la obligación de velar por la seguridad. Si el Gobierno decide sentirse más humanitario que invadido, y más marroquí que español, y decide además que los ceutíes son ultras racistas y no ciudadanos reclamando la tranquilidad o la misma vida, no hay mucho más que hacer. Menos todavía por parte del señor con botijo que guarda por allí los aperos y el melonar. Si esto es así en Ceuta, que ahora es como un peligroso zoco de Star Wars, imaginen en la Puerta del Sol, donde sólo han montado un juvenil mercadillo de izquierda y de pies, como una feria medieval de quesos.
Yo creo que el delegado del Gobierno es, simplemente, el que pone la cara de guarda de campo en los jaleos de sus señoritos del Consejo de ministros
El delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín Aguirre, que también parece un aparcero, se ha pasado por Sol y ha decidido que aquello está más humanitario que invadido y más festivo que ilegal. No era difícil ni raro que lo dijera, teniendo en cuenta que no están muy lejos de decir que en el Trampolín sólo se hacen, como en Sol, batucadas transversales, festivales menstruales, yoga sin gluten, talleres para chikiokupas, poliamor con anillamiento de aves o una combinación igualmente absurda o intercambiable de todo eso. Es más, Barbie Gaza no distinguiría Sol del Trampolín. Sin duda no son lo mismo, aunque tomar plazas arbitrariamente con asambleas o con calimocho tampoco debe de ser demasiado legal. Salvo que le convenga a Sánchez, claro. Si parece que incluso lo de Ceuta le interesa, por muy dañino que resulte, todavía más lo de Sol, donde hay capillas para Maricarmen y hay nietas de Colau, o quizá al revés, que le están movilizando a la izquierda casi desahuciada. Y, además, pintan a Ayuso con buitres en el pelo, como aquella vez que salió con Frank Cuesta con un loro en la cabeza y cierto rubor de mujer de Tarzán.
Con mucha coherencia, el delegado del Gobierno en Madrid ha estado barzoneando por Sol, como un piernas, y ha decidido que Almeida es poco más que otro ultra que está contra los derechos humanos por señalar que tampoco se puede tener el país hecho un campamento. Sí, por muy viva, pura y festiva que sea esa democracia hecha con los pies, como vino joven de democracia, lo normal sería que la policía desalojara la Puerta del Sol. La responsabilidad de la seguridad ciudadana es del delegado, pero Martín vio mucho más oportuno señalar que Almeida se había “jactado de no hacer absolutamente nada en materia de vivienda” (yo sólo recuerdo un post en el que presumía de no hacer “nada” para regular los precios del alquiler, que es, simplemente, lo que se espera de un liberal). A lo mejor ha sido por eso, por esperar a Almeida, que Sánchez ha tardado tanto en solucionarlo todo con el Decreto Maricarmen, que dicho así parece un salvoconducto para Milady de Winter.
El delegado del Gobierno en Madrid, con sombra de higuera y luz de botijo, ha tomado la decisión / no decisión de seguridad / inseguridad que mejor le viene a Sánchez, como hizo el otro capataz en Ceuta antes de ser degradado a destripaterrones raso. En este caso, y ya que últimamente sólo se encargan de levantar o contemplar campamentos, conseguir que la sentimentalidad y el folclore de Sol resulten más provechosos y manejables que los de Ceuta, que nunca se los creyó nadie. No terminamos de saber para qué sirve un delegado del Gobierno, que uno ve demasiada gente ya para la misma nada, mucha finca para un señorito que no comparece.
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