Me enteré de la existencia de la ciudad paraguaya de Itauguá gracias a la novedosa oferta de campaña de Horacio Hernández, candidato a intendente (alcalde) por el Partido Colorado, esa organización que lleva gobernando el país desde el siglo pasado, dictadura de Alfredo Stroessner incluida. En un acalorado mitin, el candidato anunció: "Si ganamos por más de 10.000 votos de diferencia –ya está hablado con mi mamá y con mi papá– vamos a liberar por 24 horas los cuatro moteles de Pasión Class para que el pueblo itaugüeño vaya a festejar como corresponde".
Como politólogo interesado en procesos electorales, seguí los comicios y supe que el Sr. Hernández ganó, pero sin la diferencia que él mismo había puesto como condición, pues apenas 4.469 votos lo separaron del segundo aspirante. En estricto sentido, no estaba obligado a llamar "a mamá y a papá" para que pusieran sus establecimientos al servicio del pueblo itaugüeño. Sin embargo, queriendo demostrar que no es como los demás políticos y que sus ofertas de campaña no son simples mentiras –como las de alguno en el Gobierno de España que todos sabemos–, se empeñó en cumplir. En sus redes escribió: "LO PROMETIDO ES DEUDA. Hoy, después de recibir 24.553 votos de confianza, toca cumplir la palabra. Así que, como les había prometido, Pasión Class estará liberado durante 12 horas para celebrar este triunfo con todos ustedes". Es decir, cumplió, pero a medias; solo la mitad de las horas por menos de la mitad de los votos. Pocas veces se ha visto una rendición de cuentas tan proporcional.
Para quienes creen que los moteles de los que hablamos son esos sitios donde se esconden los prófugos en las películas norteamericanas, conviene aclarar que los de la familia Hernández son establecimientos cuyas habitaciones se alquilan por horas a quienes necesitan intimidad. Son muy comunes en América Latina y ofrecen un espacio seguro a parejas que no lo tienen en casa, entre otras cosas por el hacinamiento de muchos hogares.
Quien desee profundizar en el tema puede leer El telo de papá, de Florencia Werchowsky, una novela ambientada en uno de estos establecimientos que habla de amores clandestinos y de los prejuicios sufridos por la familia propietaria. "Telo" es el nombre que reciben en el Cono Sur, donde también se recurre al eufemismo "hoteles del amor" y, en México, "hoteles de paso". Su presencia es tal que incluso el Estado se ha encargado de buscarles un nombre burocrático. Así, en Argentina son "albergues transitorios" y en Uruguay tienen el bonito nombre de "hoteles de alta rotatividad".
Volviendo al caso de Paraguay, mis colegas han visto en lo ocurrido un claro caso de "polarización afectiva", además de una forma extrema de clientelismo que ofrece sexo como incentivo para el voto. A mí, la verdad, lo que me hizo gracia fue lo de "ya está hablado con mi mamá y con mi papá" porque dejaba al candidato como un niño al que sus padres permiten traer amiguitos a jugar a casa. Además, en contra de lo que suele pasar en estas ocasiones, aquel discurso en el que se mezclaban castellano y guaraní tenía un punto de ingenuidad y no recurría a la sexualización de las mujeres ni a la exhibición de la virilidad como requisito para ejercer el poder, a pesar de que se ofrecían "telos" por votos.
Si queremos ver manifestaciones de ese tipo de apelaciones, tenemos demasiados sucesos en América Latina. Uno de los más conocidos lo protagonizó Jair Bolsonaro en pleno acto por el Bicentenario de la Independencia de Brasil. Subido a un camión en la Explanada de los Ministerios y con su esposa al lado, se proclamó varias veces "imbrochável". Como en Brasil "brochar" es perder la erección, el presidente estaba informando a la nación de que nunca falla como amante y, por lo tanto, no fallará como gobernante.
Lamentablemente, Bolsonaro no es una excepción. Es una actitud que atraviesa generaciones e ideologías y normaliza que los hombres midan su capacidad de gobierno con la entrepierna. Daniel Noboa usó como argumento político el tamaño de sus testículos ("se requiere huevos grandes de avestruz, no huevos de cartón") y su virilidad, calibrada en el número de coitos que puede encadenar, como muestra de su capacidad para gobernar: "Tenemos el vigor de carpintero, por lo menos tres palos pegamos", proclamó en un acto público en Esmeraldas en noviembre de 2024.
En la otra orilla ideológica, Gustavo Petro nos contaba un día sí y otro también lo que pensaba sobre el sexo. Como buen progre, creía empoderar a las mujeres con frases como "una mujer libre hace lo que se le dé la gana con su clítoris y con su cerebro, y si sabe acompasarlo, será una gran mujer", a la vez que no podía evitar presumir de hombría. En un discurso de enero de 2026 aseguró que era muy bueno en la cama y que quienes se acostaban con él no podían olvidarlo. Poco después escribió: "Puede que en la cama sea inolvidable, ya veremos, pero sí en la historia", como si ambas cosas formasen parte de la misma hoja de servicios.
La cosificación de las mujeres en un mitin no es una anécdota de mal gusto o una galantería demodé, sino un asunto político"
No obstante, el premio mayor a la cosificación y la hipersexualización de las mujeres se lo lleva Abelardo de la Espriella. En plena campaña presidencial colombiana mostró a una periodista una foto suya "marcando paquete" que, según él, le había granjeado "unos votos bien bacanos del electorado femenino". Sus vídeos promocionales abundan en lo mismo bajo el disfraz de galantería y seducción. Mi favorito es la cata de su propia marca de ron, en la que compara una botella de 12 años de añejamiento con una de 18 diciendo: "La de 12 encierra una mujer indómita, rebelde, apasionada, que quiere ganar experiencia. La de 18, una mujer culta, distinguida, elegante, experta en las artes amatorias. ¿Con cuál me quedo? Con las dos".
Si la libido es la energía de la pulsión sexual y está presente en buena parte de lo que hacemos, no debería extrañarnos que se cuele en la vida pública. Imagino que Sigmund Freud habrá dicho algo al respecto. Lo que cuestiono es si hay que hacerlo de la manera arriba descrita. No se debe perder de vista que el gobernante que presume de sus proezas lo hace desde una tribuna que no admite réplica, obligando a la ciudadanía a entrar en una intimidad que no le interesa. De este modo, la fanfarronada se convierte en algo bastante parecido a una agresión. Con Michel Foucault aprendimos que el cuerpo es político y que el poder también se ejerce sobre él. La cosificación de las mujeres en un mitin no es, por tanto, una anécdota de mal gusto o una galantería demodé, sino un asunto político. Por qué en América Latina está tan presente este comportamiento, es una pregunta para la que, sinceramente, no tengo respuesta. Pero parece claro que detrás hay una forma de entender la política que se compendia en el poder como conquista, el mando como atributo masculino y el electorado como objeto de seducción y sometimiento.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com
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